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Coixet: Rob Reiner, un genio inclasificable

Rob Reiner — Freedom From Religion Foundation

 

Se murió Rob Reiner y nadie supo muy bien en qué cajón guardarlo. Los obituarios vacilaron: ¿director de comedias?, ¿autor de dramas generacionales?, ¿artífice del terror doméstico?, ¿el boss de las comedias románticas? La verdad es que Reiner pertenece a esa estirpe rara de cineastas que no temían saltar sin red entre géneros, como si el cine fuera un idioma y no una especialización.

 

Reiner sabía que para el verdadero horror bastan una habitación cerrada, una obsesión y la certeza de que nadie vendrá a salvarte

 

Me temo que las trágicas circunstancias de su muerte junto con su esposa a manos de un hijo de ambos harán que la apreciación hacia su carrera quede opacada. Y no me parece justo. 

This is spinal tap sigue siendo una de las películas más divertidas que se han hecho jamás. No porque tenga chistes brillantes –que los tiene–, sino porque Reiner entendió algo fundamental: la parodia más feroz nace del afecto. Aquellos músicos patéticos, con sus amplificadores que llegan hasta el once y sus escenografías que se pierden en la niebla, son ridículos precisamente porque los conocemos. Porque hemos estado en conciertos así; hemos creído en poses así. Y hemos sido tan pomposos como ellos (aunque nuestros mullets nunca fueron tan radicales). Reiner no se burla de ellos; los filma como quien documenta una especie en extinción que merece respeto y una carcajada por igual. Y con esa película, al lado de Christopher Guest (otro genio incomparable), creó un nuevo género, el mockumentary, del que luego se han nutrido un buen puñado de cineastas. 

Luego hizo Stand by me, con un preadolescente River Phoenix, y demostró que sabía mirar a los niños sin condescendencia. Aquella película sobre cuatro chavales buscando un cadáver en el verano de 1959 tenía la temperatura exacta: ni nostalgia empalagosa ni cinismo posmoderno. Solo la tristeza nítida de saber que crecer es, sobre todo, perder cosas. Reiner filmó la amistad infantil como lo que es: un territorio frágil donde todavía no ha entrado la mentira, aunque todo apunte a que no tardará.

Y Misery. Quién iba a pensar que el mismo tipo que había filmado a guitarristas inanes podía crear una de las experiencias más claustrofóbicas del cine. Kathy Bates rompiendo los tobillos de James Caan con un mazo sigue siendo más aterradora que cualquier monstruo digital. Porque Reiner sabía que el verdadero horror no necesita efectos especiales: basta con una habitación cerrada, una obsesión y la certeza de que nadie va a venir a salvarte. 

Reiner hacía películas que no gritaban su importancia ni su ingenio. Humanas. Aparentemente simples, pero tremendamente complejas. 

Donald Trump ha escrito algo sobre su muerte en esa red social suya. Algo mezquino, sucio y patético. Algo demencial (y demenciado). No importa demasiado qué ha dicho exactamente.

Lo importante es esto: Rob Reiner seguramente se hubiera reído y le hubiera dicho una de las frases más memorables de A few good men: «Mister president, you can’t handle the truth».

 

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