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Crónica de una traición anunciada

No se dejen engañar, la relación entre Iglesias y Sánchez ni es buena ni lo va a ser nunca

Dicen los estudiosos de la ciencia política y tiene pinta de ser verdad, que cuando un gobierno de coalición está formado por dos partidos que compiten por el mismo electorado, tiene menos posibilidades de terminar la legislatura que uno formado por partidos que se complementan ideológicamente.

Es una cuestión de incentivos, a medida que va pasando la legislatura y acercándose las elecciones, para el partido más pequeño, las utilidades de mantenerse en el gobierno van descendiendomientras aumentan las de romper la coalición para presentarse a las siguientes elecciones con mejores posibilidades.

Y si eso sucede en circunstancias normales, imaginen como será en medio de una crisis mundial que con toda probabilidad va a venir acompañada de un rescate terrorífico, un paro colosal y un malestar social digno de la república de Weimar, sin duda el ecosistema perfecto para buscar ventaja ejecutando una de las más bellas artes en política. La traición.

La historia de las relaciones entre comunistas y socialdemócratas no ha sido nunca un relato de colaboración y objetivos compartidos, sino más bien la historia de cientos de traiciones grandes y pequeñas

Las formas en la traición son diferentes en cada partido, cada uno tiene su propia ars coniurationis, una forma propia de apuñalar que forma parte de su cultura orgánica, política y estética y que ha pasado de generación en generación impregnando cuadros y militancia. Poco tiene que ver la bella traición florentina y alambicada del divo Giulio Andreotti, un verdadero artista de esta disciplina, con la casquería del tito Iosif Visarionovich Stalin, un torpe matarife que lo dejaba todo perdido de vísceras y sangre.

Y vamos al turrón. Miren, la historia de las relaciones entre comunistas y socialdemócratas no ha sido nunca un relato de colaboración y objetivos compartidos, sino más bien la historia de cientos de traiciones grandes y pequeñas entre quienes optaron por colaborar con las democracias burguesas para transformarlas desde dentro y los que prefirieron la vía revolucionaria y someterse al patronazgo de la URSS.

¿Ejemplos? Los hay a cientos. Lejanos como Rosa Luxemburgo contra Friedrich Ebert, Lenin contra Kerensky, Carrillo padre contra Carrillo hijo, Pasionaria apoyando a Largo Caballero contra Indalecio Prieto… y otros mucho más cercanos como el de Julio Anguita apoyando al PP de Aznar contra Felipe González. Y me he saltado a propósito el pacto Molotov – Ribbentrop que unió a nazis y soviéticos contra las democracias europeas en el preludio de la segunda guerra mundial porque no quiero abusar.

Un virus que ha cambiado nuestra sociedad y consecuentemente también la propia esencia de un Gobierno pensado como un escaparate marketiniano y que ahora se tiene que enfrentar a una crisis terrible

Y así llegamos hasta el actual pacto de gobierno entre PSOE y Podemos, una alianza que se produjo entre dos organizaciones que venían de retroceder electoralmente y que necesitaban encontrar algún elemento que permitiera sobrevivir a sus líderes. No se dejen engañar, la relación entre Iglesias y Sánchez ni es buena ni lo va a ser nunca, su pacto fue la creación de dos espacios estancos en el gobierno que les permitieran sobrevivir mientras la tormenta escampaba.

Y lo cierto es que podría haber funcionado, pero claro, nadie contaba con el maldito virus. Un virus que ha cambiado nuestra sociedad y consecuentemente también la propia esencia de un Gobierno pensado como un escaparate marketiniano y que ahora se tiene que enfrentar a una crisis terrible. Algo así como si la selección española de ajedrez tuviera que enfrentarse a los all blacks neozelandeses en un partido de rugby, un desastre.

Y precisamente ahí es donde nos encontramos ahora, con un gobierno formado y concebido para otro momento histórico, con reglas escritas para una sociedad que ya no va a volver y en el que las dos partes que lo componen, comienzan a adivinar que su propia supervivencia va a depender no ya de su pericia en el ejercicio del poder, sino de acertar con el momento propicio para traicionar con éxito a su socio de gobierno.

Carrera de miserias

Y así las cosas, creo que a nadie extrañará que el recuento de estas traiciones comience a ser reseñable. Las primeras noticias de esta pequeña carrera de miserias políticas la tuvimos con la alineación de ministros seleccionados para ocuparse de la gestión de la crisis, todos socialistas, orillando de forma demasiado evidente como para no ser humillante a la parte del gobierno que correspondía a Podemos.

Podemos respondió a este ninguneo poniéndose de perfil en todo lo relativo al virus, y lo hizo de forma tan evidente que incluso sus bien aceitados ejércitos de activistas en redes se pusieron a hablar del mar y de las flores durante varias semanas.

Moncloa reaccionó con presteza multiplicando la presencia mediática de sus ministros, que llegaron incluso a contraprogramar un par de ruedas de prensa de la parte podemita del gobierno. Finalmente Podemos, sabiendo que con Sánchez solo valen hechos consumados, comenzó una vibrante carrera mediática para ponerse medallas en detrimento del PSOE, competición que ha tenido momentos dignos de una película de Monty Python y que ha dado como resultado el apuntarse en su marcador temas como el salario mínimo, el llamado escudo social, la nonata renta mínima y el confuso episodio de la salida de los niños de la cuarentena.

Así las cosas, si bien aún no sabemos cuándo se producirá la traición definitiva ni desde qué lado vendrá, lo que queda claro es que ese escenario de ruptura traidora ya aparece en el horizonte y que ambos partidos se están armando de excusas para poder ejecutarla el momento que más convenga a sus intereses.

 

 

 

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