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Cuando ellas escriben cartas de amor

Simone de Beauvoir, George Sand, Pardo Bazán, y Virginia Woolf, entre muchas otras mujeres... Ángeles Caso ha reunido las confesiones de 15 escritoras que abarcan ocho siglos con historias felices y desgarradoras, enfermedades, con sexo, sin él... La vida misma

Sobre las cartas de amor escribió un poema Pessoa -que citaba en su ópera prima Jonás Trueba- que dice que todas las cartas de amor son ridículas y que, además, «No serían cartas de amor si no fuesen/ ridículas./ También escribí en mi tiempo cartas de amor,/ como las demás,/ ridículas./ Las cartas de amor, si hay amor,/ tienen que ser/ ridículas./ Pero, al fin y al cabo,/ solo las criaturas que no escribieron cartas de amor/ sí que son ridículas».

Las cartas de amor de Quiero escribirte esta noche una carta de amor, publicado por Lumen, que reúne piezas de 15 escritoras, acompañadas de una puesta en contexto de cada una, son ridículas en el sentido que dice Pessoa, en tanto que son de amor. Y, al mismo tiempo, siguiendo también a Pessoa, son una muestra de la humanidad y la fragilidad, de la vulnerabilidad de quienes las escribieron y, por tanto, aleja a sus autoras de la ridiculez.

La nómina de autoras va de Eloísa, la que inspiraría La nueva Eloísa, de Rousseau, hasta Simone de Beauvoir pasando por Hildegarda de Bingen, Ninon de Lenclos, Julie de Lespinasse, Mary Wollstonecraft, George Sand, Charlotte Brontë, Elizabeth Barrett Browning, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo Bazán, Katherine Mansfield, María Zambrano, Marina Tsvietáieva, Virginia Woolf y Vita Sackville-West. Ángeles Caso se ha encargado de de la selección de escritoras y sus cartas, así como de la mayoría de las traducciones, puesto que muchas de las cartas aquí reunidas se editan por primera vez en español. También, además de los breves textos que sirven para contextualizar a las escritoras, hay un prólogo escrito de manera casi exclusiva con preguntas, porque, en parte, estas cartas podrían responder a una primera pregunta: ¿qué es el amor?

El material aquí compilado es diverso y cubre ocho siglos, de 1132 a 1959, y distintos países de Europa, con leves incursiones en América. Las de Eloísa son las primeras cartas de amor de una monja de las que se tiene noticia, por ejemplo. Muchas de las cartas se dirigen a otros escritores, de los que las escritoras estaban enamoradas o con quienes mantenían una relación: Galdós, Rilke, Sartre, Musset o Robert Browning.

Hay historias desgarradoras, desamores, castigos, desgracias, enfermedades, muertes prematuras, niños abandonados a su suerte y bebés muertos. Pero también hay historias con final feliz, como las de los cuentos de hadas, otras que duran lo justo pero acaban en amistad sincera, otras que nunca llegaron a consumarse. Algunas revelan las contradicciones con las que vivimos. Hay amores entre mujeres, con sexo o no, adulterios, amores clandestinos que no resistieron la confrontación con el día a día, y otros que vencieron todo y a todos. Hay amores arrebatados y otros serenos. Unos tienen el ímpetu de la juventud, otros la calma de la madurez. Acceder a los textos íntimos de estas escritoras es un privilegio: cada una se muestra en el amor como en su obra, con su estilo y su voz. Entre las más hermosas, están las cartas de Elizabeth Barrett; entre las más arrebatadas, las de Mansfield. Woolf y Pardo Bazán sorprenden en su inesperada ternura.

Este libro esconde también una historia de las relaciones íntimas, de su evolución a lo largo del tiempo y, también, ofrece un amplio inventario de posibilidades de integrar el amor en las vidas: convivencia o no, por ejemplo, amantes tolerados o no, fidelidad, monogamia… Y de manera más evidente expone cómo se han ido rompiendo las costuras que ceñían a las mujeres con respecto al amor; es decir, cómo la posibilidad de entregarse al amor y al deseo es una conquista de la libertad. En ocasiones hace un énfasis innecesario en la posición siempre subordinada de las mujeres, también chirría -porque no se entiende- que algunas palabras en algunas cartas aparezcan subrayadas.

Las cartas ofrecen un despliegue de ingenio para trasladar a palabras lo que es intraducible: los sentimientos más profundos, a veces incomprensibles hasta para quien los siente. Y también demuestran que el amor tiene también un correlato mucho más palpable y vulgar: para hablar de amor hay que hablar de muchas otras cosas que a veces tienen que ver con asuntos domésticos, otras con libros, otras con ciudades y otras con paseos.

El corpus reunido compone, tal vez de manera involuntaria, un catálogo de las relaciones, y también puede leerse en él una cronología universal de los amantes: es profundamente enternecedor ese momento del principio, cuando ya se han entregado a la intimidad, pero aún no se ha caído en la repetición y es pronto para los reproches. Entonces, los amantes se confiesan lo atemorizados que estaban al principio, las dudas, los acercamientos, el coqueteo. El amor nos hace vulnerables a todos, sea Simone de Beauvoir o un adolescente que se enfrenta por primera vez a eso.

 

 

 

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