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De Raúl, por vía de Shakespeare

Al paso que vamos, este pudiera ser el annus horribilis del castrismo. Las medidas anunciadas el miércoles en Miami por John Bolton, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, cancelan los últimos vestigios de la apertura de la Administración Obama y da luz verde a las demandas contra compañías que se beneficien de propiedades confiscadas después de 1959. Para Raúl y su mafia vasalla se va cerrando la brecha entre la posibilidad de gobernar contra EEUU y la imposibilidad de sobrevivir sin EEUU.

La situación tiene ese matiz de teatro isabelino en que la euforia, el exceso y la ilusión conducen irremisiblemente a la tragedia. A finales del 2015, la dictadura estaba a punto de alcanzar su definición mejor. Era un gran momento político en que comenzaban a cosecharse los frutos de una larga y meticulosa estrategia. Veamos:

  • Solvencia energética, así como un determinante nivel de subsidios en otras áreas, garantizados por Venezuela. El acceso incondicional a los recursos del Estado venezolano permitía proyectar la influencia castrista sobre América Latina como nunca antes.
  • Disfrute de un sorprendente grado de respetabilidad entre las elites de Europa y EEUU, con una creciente credibilidad ante organismos internacionales.
  • Condonación y/o favorable renegociación de abrumadoras deudas con Occidente.
  • Establecimiento de un tácito concordato con la Iglesia, que facilitaba el control incluso de aspectos de evangelización y asistencia, además de cooptar a un sector de la jerarquía eclesiástica como una rama del servicio exterior.
  • Disminución de la asistencia económica y el apoyo político a la oposición dentro y fuera de la Isla por parte de Washington y la Unión Europea.
  • Exclusión de la lista del Departamento de Estado de EEUU sobre naciones que patrocinan el terrorismo.
  • Arreglos en la política inmigratoria de EEUU que satisfacían el doble requisito castrista de decidir quién abandonaba la Isla sin cerrar los canales para mantener una constante corriente de inmigrantes.
  • Penetración de los medios, la política, la academia y la esfera artística en Miami, eje del esfuerzo anticastrista. A través de la prensa escrita, la televisión, presentaciones de artes plásticas, encuestas, foros, espectáculos populares y declaraciones de intelectuales tramitados en pose de intelectuales contestatarios, se construía un pujante discurso para desactivar la memoria histórica, desacreditar las instituciones y figuras del exilio, negar el papel de la disidencia e igualar moralmente a víctimas y victimarios.
  • Favorable expectativa en EEUU y el resto del mundo ante un triunfo electoral casi seguro de Hillary Clinton que abriría paso a inversiones, préstamos y un masivo turismo norteamericano. Tanto empresarios cubanoamericanos como banqueros suizos hablaban del renacer de una economía en una situación geográfica privilegiada y con un Gobierno capaz de ofrecer estabilidad política y acceso a una mano de obra barata y disciplinada.

Raúl lo tenía todo. (Para mayor holgura, Fidel estaba en sus últimos días). EEUU había tirado la toalla. Un presidente de lo que era entonces el ala más liberal del Partido Demócrata, asistido por un equipo incapaz de ocultar su complacencia con la dictadura y su desprecio por la oposición interna y los exiliados, les había arrojado una tabla de salvación. Ni siquiera se les pedía que hablaran de reformas democráticas. Culminada con todo éxito la transición dinástica, era cuestión de esperar con los bolsillos abiertos. El 2017 pudo haber sido un annus mirabilis. Pero llegó Donald Trump a la Casa Blanca.

Este es el momento, digamos, en que Macbeth ve avanzar el bosque de Birnam hacia la alta colina de Dunsinane. Mientras un grupo de cubanoamericanos ayuda a perfilar en la nueva administración un radical cambio de política hacia la dictadura, Venezuela va entrando en una profunda crisis y el bloque bolivariano se deshace como un castillo de naipes.

En Brasil, Ignacio «Lula» Da Silva entra en la cárcel. El ecuatoriano Rafael Correa huye a Bélgica. Compungida y despeinada, Cristina Fernández de Kirchner va de un juzgado a otro acumulando cargos como una reincidente carterista. A su vez, la elección de presidentes conservadores en Bogotá, Brasilia, Buenos Aires y Santiago de Chile conforma de hecho una coalición democratizadora con una inequívoca posición de condena a Cuba.

De particular importancia en el contexto latinoamericano es la posición del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA)Luis Almagro, un prestigioso hombre de izquierdas que cataloga al castrismo como «una revolución jinetera».

Si Hugo Chávez encarnó la providencia que ayudó a Fidel a sobreponerse a la caída de la Unión Soviética, ahora Nicolás Maduro encarna la catástrofe que arrastra a Raúl a un incierto período de aislamiento regional, penuria económica y confrontación con Washington. La sangre que se derrama en las calles de Venezuela ante los ojos del mundo acusa también la injerencia y el saqueo castristas.

Millones de latinoamericanos han visto en el noticiero de la tarde que de la mano de los asesores cubanos no llega el progreso sino la miseria, no el derecho sino la tortura, no la fraternidad sino el odio. La imagen de una revolución heroica y altruista pintada y repintada a lo largo de seis décadas se hace trizas en Instagram.

En la segunda parte de Enrique IV, Shakespeare hace deambular al rey, insomne de preocupación en tanto los súbditos duermen. «Incómoda yace la cabeza que lleva una corona», dice el atormentado Enrique. Ignoro si Raúl siente el peso de su corona totalitaria. Pero las medidas anunciadas por Bolton son como para quitarle el sueño.

 

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