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¿Debemos boicotear el Mundial de Qatar?

 

Pensar que el deporte y la geopolítica no tienen nada que ver es pecar de ingenuidad. Por eso mismo, cerrar los ojos ante la realidad de Qatar es pecar de cinismo. En un artículo publicado en noviembre pasado en el Grand Continent, Darío Saltari repasaba las cifras del escándalo humanitario revelado en febrero de ese año por The Guardian. El periódico anglófono alertaba sobre el hecho que, desde la atribución de la sede de la Copa del Mundo a Qatar en 2010, al menos 6750 trabajadores inmigrantes (venidos de India, Nepal, Bangladesh, Pakistán y Sri Lanka) habían muerto en la construcción de infraestructura para acoger el megaevento. Más adelante, un reporte de Amnesty International dio cuenta de la incapacidad y de la falta de voluntad de la monarquía del Golfo de obrar por el bienestar y la seguridad de estos trabajadores.

Un total de 6750 trabajadores muertos para una competencia de 64 encuentros significa exactamente: 105 muertos por partido. Si un país llega a la final, sus 7 partidos jugados sumarán 738 muertos.

La FIFA insiste desde ya hace una década en que albergar el mundial puede hacer mejor a Qatar, abrir debates necesarios. Las cifras parecen responder otra cosa. Pero aún los grandes defensores del boicot a Rusia en el contexto de la guerra con Ucrania, ante la pregunta “¿hay que boicotear el mundial?”, suelen quedar en off-side.

Hace dos semanas, Twitter ardió tras la difusión de una conferencia de prensa de Christophe Galtier, DT del Paris Saint-Germain junto a la estrella del conjunto parisino, Kylian Mbappé. Ante la pregunta de un periodista sobre los desplazamientos en jet privado del equipo y la posibilidad de adoptar soluciones con menos impacto ambiental para trayectos cortos (como París-Nantes), tanto el jugador como el técnico estallaron de risa. Las reacciones desaprobatorias y escandalizadas no tardaron en multiplicarse en las redes. Si algo se puede rescatar de esta polémica, es tal vez el comentario de Pierre Charbonnier: “Imagínense al PSG lanzarse en pequeños gestos ecológicos, donaciones humanitarias y trenes a lo loco. Todo financiado por Qatar, petromonarquía esclavista”. ¿De qué sirve indignarse por la respuesta de Mbappé si se va a mirar tranquilamente el Mundial?

Creer que un gesto ecológico de un club financiado por un país como Qatar puede cambiar las cosas es de un optimismo tan ingenuo como pensar que ese mismo país puede conocer transformaciones positivas gracias a la Copa del Mundo. Pero boicotear un mundial es menos divertido que indignarse en Twitter. 

(…)

Si no estamos dispuestos a plegarnos al relato ruso de la agresión a Ucrania, ¿por qué estaríamos dispuestos a aceptar el relato sobre las posibilidades abiertas por la organización del mundial en Qatar? ¿O sobre la necesidad de disociar el fútbol de la geopolítica?

Si de historia se trata, la era de los boicots durante la guerra fría dejó en claro que el deporte era un plano de disputa del poder. En 1980, tras la invasión de Afganistán por la URSS, Estados Unidos llamó a boicotear los juegos olímpicos de Moscú, obteniendo el apoyo de más de cincuenta países; cuatro años después, en 1984, la Unión Soviética quiso pagar con la misma moneda y encabezó el boicot de las olimpíadas de Los Ángeles, del que participaron solo catorce países, que representaban sin embargo el 58% de las medallas de los JJOO de 1976. Nadie dudaba entonces del significado y el potencial geopolítico de tales acciones.

La guerra fría constituía, no obstante, un enfrentamiento claro entre dos modelos y, por ende, dos narrativas. En el caso de la Copa del Mundo de Qatar, el relato del contrincante es tal vez menos claramente identificable porque no viene solo ni prioritariamente del país anfitrión, sino de la institución a cargo de su organización, la FIFA.

Al decirle al mundo que el fútbol puede generar un cambio en Qatar, la venerable institución nos está contando una historia que todos estamos dispuestos a abrazar, de lo reconfortante que resulta. De forma inteligente, reconoce, al menos en parte, que el país donde se jugará el Mundial no se ajusta a las reglas básicas del juego de las democracias occidentales. En este marco, la competencia se convierte en algo más que una instancia de legitimación: es ahora un vehículo de transformación. La narrativa de que el megaevento deportivo podría ser una oportunidad para la democratización pretende trasladar el potencial democrático y reconciliador del fútbol como deporte popular a la propia Copa del Mundo. Es una forma de olvidar que el fútbol tiene poco que ver con el Mundial. 

Apostemos a que este será el verdadero partido a finales de año. Lamentablemente, el fútbol no parte como favorito.

 

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