Democracia y PolíticaElecciones

Después ¡No llores por ti Argentina!

 

El domingo 13 de agosto próximo pasado, se celebraron en Argentina las elecciones primarias, también conocidas como PASO (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias)​, que fueron creadas en el 2009, tras la aprobación de la Ley N.º 26.571. En esas elecciones se definen básicamente dos cuestiones fundamentales: 1) qué partidos están habilitados a presentarse a las elecciones nacionales, que conforme a la ley, son aquellos que obtengan al menos el 1,5 % de los votos válidamente emitidos en el distrito de que se trate, para la respectiva categoría y, 2) como quedará definida la lista que representará a cada partido político.

Es importante señalar que las PASO tiene dos niveles de análisis; por un lado, quién gana cada interna del partido al que pertenece, si es que hay competencia, y por el otro, qué dice la elección sobre la correlación de fuerzas entre los diferentes partidos y coaliciones.

El resultado obtenido en la elección del domingo pasado muestra una división en tres partes, lo cual no fue una sorpresa, pero lo que inquieta a la dirigencia política es que sea el libertario de ultraderecha Javier Milei quien haya quedado primero, por encima de las dos grandes coaliciones que desde hace más de 20 años gobiernan el país. Fue el único que superó la barrera del 30% de los votos.

Detrás de Milei quedaron, Patricia Bullrich de Juntos por el Cambio, del expresidente Mauricio Macri, con el 28%, Sergio Massa de la coalición peronista, Unión por la Patria, con poco más del 27%.

Según las cifras del ente electoral, en las PASO participaron solo el 69 por ciento del padrón electoral, la más baja participación en elecciones presidenciales desde 1983. En esa oportunidad, de lo cual hace 40 años, fue a votar el 85,61 por ciento del electorado. 

Para entender estos resultados hay que conocer lo que está sucediendo en Argentina, no solo por la gestión de Alberto Fernández, del partido peronista, sino por la gestión de los gobernantes que sucedieron a la última dictadura militar. Han sido 11 presidentes desde diciembre de 1983, incluyendo al actual, y ninguno, absolutamente ninguno, ha podido restablecer los equilibrios políticos necesarios para gobernar al granero del mundo, Argentina, que al fin de la segunda guerra mundial era un país desarrollado. 

Y ni hablar de alcanzar la estabilidad económica, tan necesaria para permitir que la sociedad pueda desenvolverse en términos de normalidad. Además de ser el único indicador que toda sociedad, sea o no de la clase política, toma para medir la gestión de un gobierno.

Y es que los argentinos están agotados de tanto correr detrás de una inflación que cada día agarra mayor velocidad. En el mes de julio, los precios aumentaron un 6,3%, totalizando el 113,4% interanual. Son cifras muy elevadas para un país que está enfermo de inflación desde hace varias décadas. La devaluación del peso en un 18,3% decretada por el Banco Central este lunes 14 de julio, desató subidas de precios defensivas en numerosos comercios, mientras crece el rechazo al gobierno de Alberto Fernández, debilitado en las urnas, tras el sorpresivo triunfo de Javier Milei.

La única manera de explicarse este triunfo es pensar en una profunda protesta social que se alzó con la victoria, dejando al gobierno en ejercicio atrapado entre la oposición clásica de Juntos por el Cambio y por la oposición rupturista del sistema que encarna Javier Milei, quien se convirtió en la sorpresa de la jornada porque logró resultados que ni las encuestas ni las elecciones provinciales previas habían anticipado. Fue el candidato más votado. 

El partido libertario será en los próximos cuatro años, si repite en octubre los resultados del domingo, el protagonista clave de la gobernabilidad del país. En efecto, si esos números se renuevan dentro de dos meses, Milei estará en una segunda vuelta contra Patricia Bullrich, de Juntos por el Cambio.

De todos modos, ausentismo y Milei son expresiones cabales del hartazgo social con la dirigencia política en general. No se debe olvidar que fueron elecciones que se realizaron en un territorio geográfico con una inflación de entre el 120 y el 140 por ciento anual, con la mitad de su sociedad bajo la línea de la pobreza, 43 por ciento, según el FMI, y con seis muertos por el gatillo fácil de los delincuentes, previo a las elecciones. La mezcla de bolsillos vacíos y el miedo a morir o a ver morir a familiares y amigos es necesariamente peligrosa para cualquier progenie política.

Por otro lado Patricia Bullrich, quien quedó en segundo lugar, se transformó en la política argentina con razonables posibilidades de ser la próxima presidenta de la Nación, si y solo si su campaña, de aquí a octubre le permite agrupar a ese 40 por ciento de los votos que necesita Juntos por el Cambio. 

La mayoría de la sociedad aspira a un cambio profundo de los paradigmas políticos que prevalecieron hasta ahora, que es lo que prometen tanto Bullrich como Milei. Cambios en la administración de los recursos del Estado, en la política exterior, en la relación con los inversores, en la conservación del orden público y en lucha contra el narcotráfico y la delincuencia. 

Las candidaturas de Milei y Bullrich suponen un giro brusco de Argentina hacia la derecha. 

Milei quiere prohibir la legalización del aborto aprobada en 2020. Defiende también el porte libre de armas y cree que la venta de órganos puede ser “un mercado más”. Promueve el cierre de los ministerios de Educación y Desarrollo Social y “quemar” al Banco Central, paso previo a una dolarización de la economía para terminar con la inflación, entre otras menudencias. Bullrich, exministra de Seguridad de Mauricio Macri (2015-2017), promete endurecer las leyes contra la delincuencia y poner fin a los cortes de calles y carreteras como forma de protesta. En política económica, asegura que su eventual gobierno recibirá los dólares suficientes desde el exterior para encaminar la economía.

Pero aquí es conveniente recordar que todo puede pasar durante una campaña electoral, tanto en Argentina como en resto del mundo. De eso se trata la teoría del “cisne negro”. Por ejemplo, los resultados pueden cambiar muchísimo si unos cuantos de los más de 11 millones de argentinos que no fueron a votar, van a las urnas en octubre. Y en ese caso, ¿por quién votarían? ¿es que podría ser a la ultraderecha representada por Milei? ¿o A la candidata opositora de derecha tradicional, representada por Patricia Bullrich? ¿o al candidato peronista, representado por Sergio Massa? ¿cómo saberlo? . Pero las posturas groseras y altisonantes de Milei pueden terminar haciendo más a favor de Bullrich que de Milei.

Es importante destacar que para ganar la Presidencia, el candidato más votado tiene que sacar más del 45% de los votos u obtener entre 40% y 45%, y sacarle más de diez puntos de ventaja al segundo. Si no es así, los dos más votados irán a un balotaje en noviembre. 

Como se puede observar hay más preguntas que respuestas, Se vienen, en efecto, semanas muy largas, intensas y arduas en Argentina.

Para terminar, no sería descartable que en muchos otros países de América Latina veamos un efecto dominó y estos liderazgos de derecha y ultraderecha empiecen a ganar espacios en la arena electoral. Es decir que con el advenimiento de la derecha en Argentina comience a balancearse el péndulo político en la región favoreciendo a los liderazgos de derecha.

Luis Velásquez

   Embajador

Botón volver arriba