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Diario de la cuarentena (85): Víspera de la fase dos

Sentados en el número 225 de la calle Alcalá, mi padre y yo celebramos con sencillez que hoy, al fin, podemos volver a una terraza

Día ochenta y cinco del estado de alarma, un dígito menos de la edad de Vargas Llosa, que nació en 1936 y a sus 84 años, además de Nobel, es marqués, arequipeño de lujo y novio de Isabel Preysler. Este post va de cifras, no de edades, pero hay números que importan y por eso lo cito. En doce días será el cumple de mi padre, pero aún es muy pronto para comenzar los fastos.

Sentados en el número 225 de la calle Alcalá, mi padre y yo celebramos con sencillez que hoy, al fin, podemos volver a una terraza. Tres meses han pasado desde el último domingo en que tomamos el aperitivo. De momento, y para celebrar, un doble de Mahou y una caña sin alcohol con media docena de gambas cocidas nos basta.

Las cervezas y los mariscos están buenos y damos cuenta rápidamente de ellos. Por eso pedimos otra ronda. La mañana luce soleada y aunque daban tormenta a las doce, ni una nube se cruza en el cielo. No sé cuántas semanas hemos pasado confinados, pero me parecen muchas, casi una estación entera, incluida una primavera embozada y una sexta prórroga del estado de alarma.

En la terraza hay ocho mesas y ninguna se libera. El que acaba su cerveza y se pone en marcha conseguirá pronto quien lo sustituya, porque hay quienes esperan turno a un lado. La mayoría de los comensales son parejas mayores, en la otra terraza los más jóvenes aún desayunan barritas con tomate y café con leche, pero después de las doce no concibo beber otra cosa distinta de cerveza. Y ya es casi la una.

 

La desescalada nos trajo terrazas, pero no servilletas. Tampoco ceniceros.

 

Mi padre y yo pasamos revista a los bares con terraza que nos gustan y llegamos a la conclusión de que preferimos las barras a las mesas servidas por camareros. En la barra siempre hablamos mejor y nos sirven más aperitivos, pero, de momento, con estas patas de cangrejo que acaban de llegar nos apañamos. Vaya que sí.

En los sesenta minutos que han transcurrido desde que tomamos asiento hemos usado tres veces hidrogel y yo me he fumado tres cigarrillos, cuyas colillas escondo bajo la mesa. La desescalada nos trajo terrazas, pero no servilletas. Tampoco ceniceros. Desde que todo esto comenzó no he visto ni uno en las dos o tres terrazas en las que he estado.

Puestos a enumerar cosas aparecen otros asuntos en mi mente. Mañana, creo, acabarán los turnos pares e impares para ir a trabajar al periódico. Si eso se cumple, acudiré todos los días, así que ya puedo apurarme con la renovación del carné de conducir, porque a este paso, no me veo en el transporte público, pero ese es tema para otro post. De momento, aquí sigue este  diario de la cuarentena que ya no es cuarentena y al que le quedan exactamente trece días, que es lo que debería durar el estado de alarma. Eso, claro, si finalmente superamos la fase dos. 

 

 

 

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