Ecocidio a paso de Morrocoy

Primero fue la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela y después el columnista Ramón Hernández y numerosos colegas denunciaron el ecocidio en marcha del parque natural Morrocoy, harto ya martirizado.
Doblemente doloroso, por cierto. Al ratificar la escasa o nula preocupación por el medio ambiente en la sedicente revolución, ahora en manos de una generación de relevo en quien cabía la esperanza de una rectificación pero evidencia un desprecio todavía mayor que el de los próceres originarios por el patrimonio natural y una avidez decuplicada por el beneficio de su depredación salvaje.
Nada nuevo bajo el sol, porque PLANETA VITAL se hizo eco en noviembre de 2023 del alerta de Gustavo Coronel sobre las asquerosas condiciones del lago de Maracaibo, atendido por una veintena de pescadores disfrazados de agentes de limpieza con un instrumental rudimentario en la operación ordenada por la presidencia de la república para marear a la opinión internacional; sin olvidar la devastación del Arco Minero de Guayana para enriquecer las bóvedas bancarias del planeta y la ruina de la reserva forestal de Uverito que fue nuestro orgullo y tantos esfuerzos costó al doctor Cabrera Malo.
El mismo parque Morrocoy había sido escenario de un auténtico desmadre en días carnavalescos, con la invasión de embarcaciones provistas de música estridente a cuyo ritmo la chusma instaló parrilleras dentro de aguas otrora cristalinas para alfombrarlas con latas y botellas vacías y danzar alegremente en medio de sus propios desechos fisiológicos.
Dos simpáticas jovencitas, ministra una del ambiente y otra presidenta del instituto de parques, carentes por igual de trayectoria profesional y credenciales académicas, lanzaron después un proyecto turístico que haría sin duda las delicias del presidente estadounidense en esta nueva etapa de tutelaje nacional; sin plan técnico alguno y mucho menos evaluaciones del impacto ambiental en un ecosistema tan frágil de manglares y corales como el de las costas del estado Falcón, con cuatro mega-hoteles de cinco estrellas, tres muelles, marinas deportivas, club náutico, centro comercial y una pista de aterrizaje que exigiría demoler las laderas del cerro Morrocoy que separa las poblaciones de Tucacas y Chichiriviche.
Y todo en el marco de una estrategia de “turismo sostenible y ecosocialista” que alteraría los flujos acuáticos, la salinidad y las cadenas biológicas de humedales vitales para el descanso y la reproducción de las aves migratorias.
El régimen -según denuncia Hernández- no da puntada sin dedal porque detrás del proyecto hay evidentes componentes políticos y económicos, negocios y dólares, apoyados en una contradicción institucional -que, en cualquier otro país hubiese ameritado una investigación parlamentaria- entre el ente rector del turismo y el instituto a cargo de la protección ambiental en escandalosa connivencia.
En suma, es la culminación de una década de condominios vacacionales, posadas y marinas privadas, cuyas inversiones provienen de riquezas malhabidas durante la crisis económica nacional, que han convertido Morrocoy, el archipiélago Los Roques y la isla de Margarita en refugios para capitales que buscan activos tangibles y retornos rápidos mediante transacciones realizadas en efectivo y en divisas.
Y con ello el parque ha sido travestido en un activo económico, legitimado con un discurso oficial de desarrollo sostenible y ecológico a contrapelo de las exigencias de científicos y organizaciones ambientalistas.
Varsovia, marzo de 2026