Democracia y Política

Editorial /ABC: Ciudadanos se fractura

Los insuficientes resultados electorales le han abocado a cometer numerosos errores que han abierto una profunda brecha interna

Ciudadanos es hoy un partido en estado de confusión al que atenazan sus propias contradicciones, las presiones para que no bloquee la investidura de Pedro Sánchez, y las imposiciones ideológicas de Albert Rivera en su fallido intento de erigirse en el líder de la derecha en España. Los insuficientes resultados obtenidos en los dos últimos procesos electorales no han servido para cumplir las expectativas de Rivera, y ello le ha abocado a cometer numerosos errores relevantes que han abierto una profunda brecha interna, y una primera crisis de confianza en el seno del partido. Sirva como ejemplo de esa deriva el dato de que si en las autonómicas catalanas de 2017 Ciudadanos logró más de 1.100.000 votos, en las municipales del 26-M se quedó en 291.700 en toda Cataluña. El dato es demoledor para Rivera. Ayer, un destacado miembro de su dirección, Toni Roldán, abandonó Ciudadanos y su escaño porque el partido se ha escorado a la derecha, está pactando instituciones con Vox, y se niega a dialogar siquiera con Pedro Sánchez. A Roldán se sumaron Javier Nart, que abandonó también la dirección del partido y un diputado asturiano, que dejó su acta. El malestar orgánico en Cs es palpable desde que Manuel Valls se rebelara y entregase la Alcaldía de Barcelona a Colau, y desde que hay dirigentes que sotto voce exigen a Rivera una rectificación de su veto a Sánchez invocando el alma socialdemócrata fundacional del partido. Tampoco ha sido un acierto provocar la salida de Arrimadas de Cataluña rumbo a la política nacional, que objetivamente ha provocado un sentimiento de orfandad y además ha desdibujado mucho su papel.

Con la marcha de Roldán y Nart, Cs pierde cierto aura de pluralidad ideológica, y Rivera ve incrementados sus problemas porque lo que se empieza a intuir al fondo es una discusión sobre su autoritarismo en el manejo del partido. De hecho, la constante intransigencia sobreactuada de Rivera y la consolidación de una apuesta política personalísima para liderar la derecha en España están castigando la unidad interna. No obstante, en una cosa tiene razón Rivera. No tiene sentido que él permita una investidura de Sánchez para que luego el PSOE gobierne con cesiones a Podemos o el separatismo catalán. Sánchez no puede pretender una entrega «gratis total» de Cs, ni endosar a Rivera las dificultades y carencias de disponer de 123 escaños solamente. Su «no es no» al PSOE fue una constante en toda la campaña y nadie, ni Roldán ni los fundadores de Cs ahora tan críticos, dedicaron un solo reproche a esta estrategia. Prietas las filas. Por eso, Rivera -equivocado o no- ha sido coherente. En cualquier caso, es legítimo plantear que este primer episodio serio de disidencia interna, con dimisiones de miembros cualificados de su Ejecutiva, es el germen de un movimiento interno de rechazo a su marcado y autosuficiente hiperliderazgo.

 

 

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