Editorial: La ‘preocupación’ de la ONU sobre una Cuba colapsada
La Asamblea General de la ONU ha pedido en más de 30 ocasiones el levantamiento del embargo, pero ni una sola vez la liberación de presos políticos en Cuba.

Que el secretario general de la ONU esté ahora «sumamente preocupado» por la situación humanitaria de una Cuba colapsada revela una desconexión crónica con la realidad cubana o, peor aún, una alineación deliberada con los intereses del régimen cubano.
Cuba es un país bajo una férrea dictadura desde hace más de seis décadas. Las declaraciones de Naciones Unidas sobre su situación interna han sido limitadas e ineficaces. La tibieza ha sido la norma, tanto en la Secretaría General como en una Asamblea General y un Consejo de Derechos Humanos capturados por agendas autoritarias.
La Asamblea General ha pedido en más de 30 ocasiones el levantamiento del embargo de EEUU, pero ni una sola vez la liberación de los presos políticos en Cuba. El sistema de Naciones Unidas ni siquiera fue capaz de abandonar la equidistancia durante la represión de las protestas masivas de 2021.
La economía cubana, nunca próspera ni sostenible, permanece colapsada desde la desaparición de la Unión Soviética, y sus carencias sistémicas no fueron resueltas con el masivo subsidio de la Venezuela chavista. Por tanto, advertir que va a colapsar lo que nunca ha dejado de estarlo, evidencia una postura cínica: advertir sobre el incendio cuando el edificio ya está en cenizas. Lo que se percibe ahora como novedad es, en realidad, la metástasis de una crisis estructural de décadas. Ahora ya no hay ni combustible para los aviones.
Engranajes como la UNESCO, la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la UNICEF han contribuido a la propaganda castrista en sus respectivos frentes, mientras la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos se ha especializado en no mirar hacia Cuba. Capítulo aparte merecen algunos grupos de trabajo, como el de Detenciones Arbitrarias, un contrapunto ético que deja en evidencia la inacción del resto del sistema.
Ante todo esto, es comprensible la desconfianza de los demócratas cubanos hacia la ONU. Si la organización internacional desea desempeñar algún papel en la resolución del problema, debe dirigir su mirada a la incapacidad intrínseca del modelo, en lugar de continuar responsabilizando a terceros.