Editorial: Sentarse a hablar con Trump
El régimen cubano debe ponerse a hablar con Washington y emprender el camino de los cambios. No le queda otra salida.

El pasado domingo 11 de enero, después de declarar que el régimen cubano no recibiría más petróleo de Venezuela y Venezuela no necesita ayuda cubana, el presidente Donald Trump anunció que estaban celebrándose conversaciones entre EEUU y Cuba. Miguel Díaz-Canel lo desmintió desde La Habana al día siguiente. Según él, los contactos entre ambos gobiernos se reducían al ámbito migratorio.
Donald Trump, en tanto vocero de su diplomacia, se caracteriza por hacer declaraciones proyectivas. Es muy posible entonces que, de no estar ocurriendo por ahora esas conversaciones a las que se refirió, él las cuente entre sus próximos objetivos. El régimen de la Isla, por su parte, acostumbra a negar hasta las evidencias. ¿Acaso no sostuvo que no había agentes cubanos en el anillo de seguridad de Nicolás Maduro para luego aceptar las bajas de tales agentes?
Los planes de Donald Trump para Venezuela y Cuba se encuentran acotados por las elecciones de medio término en EEUU. A celebrarse en noviembre, en esas elecciones el presidente podría perder el control del Congreso y pasar a convertirse en eso que en política estadounidense llaman un pato cojo (lame duck). De manera que, si quiere ver realizados sus planes, Trump se encuentra obligado a obrar con rapidez y decisión.
El plazo hasta noviembre, corto para él, se le hará larguísimo a las autoridades cubanas. Ahora que les cortaron el suministro de petróleo desde Venezuela y EEUU vigila los buques petroleros en el Caribe, afrontan una crisis terminal. Sin arribo masivo de turistas, disminuidas las remesas familiares, denunciadas por explotación laboral sus brigadas sanitarias, ausentes las inversiones extranjeras y en mínimos la productividad nacional, quienes deciden en la Isla están expuestos, además, a la prohibición de entrada en EEUU y al rastreo de sus cuentas bancarias en otros países. De manera que el conglomerado militar GAESA lo tendrá cada vez más difícil para ejecutar sus operaciones.
Encontrar un aliado proveedor como lo fueron la URSS y Venezuela resulta imposible en la actualidad. En caso de aparecer, sería entendido en Washington como una amenaza a la pax americana. Y es posible estimar la capacidad de combate cubana a partir de sus episodios contra fuerzas estadounidenses en el Caribe: rendición, en la Operación Furia Urgente (Granada, 1983), y liquidación, en la Operación Resolución Absoluta (Venezuela, 2026).
Muy distinta, sin embargo, es su capacidad represiva contra un pueblo que, cuando protesta, lo hace pacíficamente y sin armas. Pero a mayor devastación económica, más probabilidad de protestas populares y, de empeñarse en reprimirlas, el régimen quedará a expensas de un mayor repudio internacional y expuesto como nunca antes a las repercusiones.
En vista de lo anterior, se encuentra abocado a tratar con Washington de algo más que de asuntos migratorios. Tendrá que sentarse a conversar con la Administración Trump y, forzado por dichas conversaciones (así como por las circunstancias nacionales), se verá obligado a emprender el camino de los cambios. Al régimen cubano no le queda otra salida.