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El cine y la realidad

El cine sirve para mantener recuerdos vivos. Y, por ello, siento que no moriré mientras vivan los filmes de Godard, de Truffaut, de Rohmer y de Chabrol

 

La ‘Nouvelle Vague’ no fue sólo una nueva forma de hacer cine, rompiendo con la tradición de realizadores como Duvivier, Clair o Carné. Fue un acto de rebeldía y la reivindicación de una nueva estética. ‘Au bout de souffle’, la película de Jean-Luc Godard, rodada en 1959, ejemplifica mejor que ninguna otra el espíritu de los nuevos cineastas como Truffaut, Chabrol, Rivette, Rohmer y el propio Godard, todos ligados a Cahiers du Cinema.

Richard Linklater rinde homenaje a Godard y a esa generación de directores, a París y al cine en su recién estrenada película ‘Nouvelle Vague‘, que narra el proceso de rodaje de ‘Au bout de souffle’. La improvisación y la espontaneidad contribuyeron a crear una obra maestra. «Toda una galaxia de jóvenes está a punto de tomar la Bastilla del cine francés», afirmó Pierre Kast.

Dice Rossellini en una secuencia de la película que «el cine es un estado de necesidad». Se filma como se vive o como se quiere vivir. La pantalla se convierte en un espejo de los sueños. Y la recreación de Linklater es una declaración de amor al cine dentro del cine. Lo mismo que hicieron después Truffaut en ‘La noche americana’, Varda en ‘Cléo de 5 a 7‘ y el propio Godard en ‘Le Mépris’, donde brilla Brigitte Bardot.

Ningún medio tiene el poder evocador o ‘el glamour’ del cine. Las imágenes de la película de Linklater transmiten la añoranza por un pasado desaparecido. Todos los que aparecen están muertos: Godard, Belmondo, Seberg, Coutard, Truffaut, Melville y Beauregard.

Me pasé en mi juventud muchas tardes en las filmotecas viendo las películas de la ‘Nouvelle Vague’. Algunas de las mejores las vi cuando la Cinemateca estaba en los bajos del palacio de Chaillot. De eso hace 50 años y la vida ha transcurrido en un abrir y cerrar de ojos.

La sala daba a los jardines del Trocadero, frente a la Torre Eiffel, cuya silueta iluminaba la noche. Solía sentarme en un banco y discutir la película con Flora, una chica americana que militaba en la célula del Partido Comunista de Saint Sulpice. Aquel invierno el agua de la fuente estaba helada y colgaban chuzos de hielo de sus estatuas.

La película me ha producido un ataque de nostalgia y, sobre todo, de perplejidad. La cercanía de la memoria es inversamente proporcional al paso del tiempo. Los recuerdos cobran mayor intensidad a la medida que uno envejece.

El cine sirve para mantener esos recuerdos vivos. Y, por ello, siento que no moriré mientras vivan los filmes de Godard, de Truffaut, de Rohmer y de Chabrol. Mis sueños estuvieron poblados de personajes como los que encarnan Belmondo y Seberg. La actriz de Iowa sigue todavía vendiendo el Herald Tribune en los Campos Elíseos, cerca de donde murió a los 40 años por una sobredosis de barbitúricos. Alguien dijo: «Prefiero el cine a la realidad». Yo también.

 

 

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