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El fracaso en la investidura de Pedro Sánchez condena a España a la paralización

España es otra vez un país en stand by, a la espera, paralizado por obra y gracia de su clase política, incapaz de gestionar el resultado de las urnas y enfangada en un torbellino de descalificaciones y agravios. La nación elogiada por su ejemplar Transición, por su capacidad de perdón, de diálogo y consenso, hundida ahora en los rifirrafes de ególatras de nuevo cuño, sin proyecto, sin ideas y sin horizonte.

La investidura fallida de Pedro Sánchez, más allá de evidenciar la ausencia de cultura política sólida de los líderes del momento, abre ante los ciudadanos un nuevo periodo de incertidumbre. Un nuevo tiempo de campaña electoral vacío y extenuante, un terreno yermo en el que será inútil sembrar.

La candidatura del líder socialista a la presidencia decayó este jueves a primera hora de la tarde. Hoy, Sánchez es sólo el presidente en funciones, con las manos atadas, condenado a gestionar las rutinas diarias y sin capacidad para animar el motor del país. Y así seguirá durante meses. Sólo la esperanza de que el Rey, como dispone la Constitución, convoque una nueva ronda de consultas a finales de agosto y de aquí a entonces los partidos hayan movido ficha para facilitar una investidura, puede abrir nuevas perspectivas.

España, de momento, está otra vez sujeta a los Presupuestos de 2018 diseñados por Cristóbal Montoro y prorrogados ya en este 2019. Tras el fracaso de este jueves, esas cuentas, pensadas por el propio Gobierno del PP para durar más de un ejercicio, tendrán que prolongar su vida útil. Aun cuando antes del 23 de septiembre fuera posible una investidura -algo que sólo depende del interés que tengan las fuerzas políticas de intentar el acuerdo en firme-, el nuevo Ejecutivo no estaría en disposición de remitir al Congreso un proyecto de Presupuestos del Estado en tiempo y forma para que entraran en vigor, como requerirían los agentes económicos y los ciudadanos, el próximo 1 de enero. Tampoco podría hacer nombramientos. Así por ejemplo, si el ministro de Exteriores, Josep Borrell tuviera que salir del Gobierno para ocupar su puesto como representante de la Política Exterior de la UE, a lo sumo Sánchez podría encomendar su cartera a otro miembro del gabinete. Lo mismo que sucede ya con el director del CNI.

Pese a que con las últimas cuentas del PP el país puede sobrevivir, no es menos cierto que las distorsiones no podrán evitarse. Los Presupuestos de Montoro llevan camino de convertirse en los más longevos de la historia de la Democracia. Nunca antes unas cuentas del Estado se han prorrogado dos ejercicios seguidos. Nada en la ley impide que así sea, pero en la política sí existe una regla no escrita en virtud de la cual un Gobierno en plenitud de facultades que no pueda sacar adelante las cuentas debe convocar elecciones porque no tiene cifras propias para sustentar su proyecto. Sánchez lo sabe bien porque lo padeció a primeros de año.

Ahora, sin embargo, el Gobierno socialista tiene excusa: está en funciones y no puede remitir a las Cortes una nueva propuesta. Si finalmente la investidura fuera posible antes del 23 de septiembre, el nuevo Gobierno tendría que apretar el acelerador para intentar aprobar sus propios Presupuestos, algo que en ningún caso podría hacer antes de finales de año, habida cuenta que sólo la tramitación parlamentaria ocupa tres meses.

Una nueva prórroga tendría efectos en las entregas a cuenta del Estado a las comunidades autónomas, en situación muy precaria ya ante la ausencia de un nuevo sistema de financiación autonómica cuya negociación, urgente desde hace años, tendría que postergarse de nuevo; y en el préstamo del Estado a la Seguridad Social para completar la factura de las pensiones.

Más aún, los planes del Gobierno de aumentar el gasto en dependencia, elevar la cantidad y la calidad de las becas, mejorar la dotación para educación, incrementar los recursos contra la violencia de género, invertir en infraestructuras… quedarán en barbecho.

Hasta ahora, el país ha mantenido una inercia de crecimiento y creación de empleo sólida, pero no eterna. Sin Gobierno que aliente con un renovado pedaleo la marcha, la bicicleta se parará. Los expertos alertan de que la goma no puede tensarse mucho más: el mercado de trabajo dio ayer mismo el primer aviso.

 

 

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