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El mundo según Camba. Diccionario literario y sentimental

Julio Camba

 

Censura: Un periodista al que le dejan decir todo lo que quiere ya no puede decir que no le dejan decir todo lo que quiere. Y, si no dice esto, es como si no dijese realmente nada. En ciertos momentos de la Historia el lector debe tener la sensación de que el periodista está amordazado, y cuando sabe que no lo está y que lo que escribe constituye la expresión total de su pensamiento sin que detrás de ello quede más que el vacío, suele experimentar una gran decepción [‘Las prosas imaginarias’, Millones al horno].

 

Civilización: Yo entiendo por civilización el arte de conservar, de hacer un menú, de entrar en un salón, de ofrecer unas flores o unos cigarros, de hacerse la corbata, de oír una ópera. […] Las civilizaciones son una cosa muy lenta. Así como un hombre no es verdaderamente mundano y no alcanza una perfecta distinción mientras no envejece un poco y no adquiere un aire algo cansado y algo escéptico, un pueblo tampoco puede ser perfectamente civilizado en su juventud. […] La civilización es una cosa de sentimiento. Es el sentimiento lo que se va educando en los pueblos a través de los siglos. Se puede tener mucho dinero y una gran cultura, y ser completamente un bárbaro [‘No veo civilización’, Alemania]. El espíritu de la civilización es esto, este espíritu de sociabilización, de colectividad, del que no tenemos nada en España. Si los franceses no tienen personalidad, es porque la civilización se ha suprimido. Lo más personal del mundo es el salvaje y, después, el español. La civilización no hace individuos, sino pueblos. Pero yo no he averiguado todavía qué cosa es mejor: si ser un estúpido y vivir en una gran ciudad, como París, o tener mucha personalidad en Madrid [‘La insignificancia personal y la significación colectiva’, París].

 

Congreso de los Diputados: El Congreso es una magna asamblea de sofistas, de ergotistas y de retóricos, que se entretienen en hacer silogismos y en chupar caramelos. […] Por deber profesional, yo voy a ir al Congreso a hacer un diario de impresiones, y este diario será el diario de un escéptico, que soy yo. Yo soy un escéptico de carácter alegre, que no cree gran cosa en la utilidad de las contiendas parlamentarias, pero que está dispuesto a admirar todo el ingenio, toda la gracia y toda la habilidad que en ellas se ponga. Mi escepticismo es una garantía de mi ecuanimidad y de mi imparcialidad. Yo veré el Congreso como un vasto gimnasio, y no admiraré al que piense de esta o de la otra manera, sino al que tenga más músculo y más agilidad, belleza y presteza en las actitudes. Y, con tal criterio, yo tendría un gran placer en aplaudir a los diputados de la mayoría, si estos diputados hablasen [‘El Congreso. Sofistas, ergotistas y silogistas’, Crónicas parlamentarias 1907-1909]. El Congreso es una asamblea de sofistas, de ergotistas y de silogistas, perfectamente ateniense [‘Puig y Salmerón’, Crónicas parlamentarias 1907-1909]. Un hombre de Estado se parece a un barítono en que tiene la garganta como órgano de trabajo. En este mismo sentido, el Congreso puede considerarse como una especie de Teatro Real [‘La afonía del presidente’, Crónicas parlamentarias 1907-1909]. El Parlamento no es un fin, sino un medio. […] En España, tenemos un Parlamento, y, si algún diputado lo ha utilizado, bien sabe el país que no ha sido en beneficio suyo [‘El nuevo Parlamento’, Crónicas parlamentarias 1907-1909].

 

Diputado: Para el lector será un poco difícil imaginarse una sesión del Congreso sin discursos. […] El diputado es un ser organizado exclusivamente para el ejercicio de la palabra hablada, y allí donde haya un diputado –como no sea un diputado de la mayoría– tiene que haber un discurso. […] Si los diputados hubiesen de hablar exclusivamente cuando sus palabras respondieran a una positiva necesidad, no hablarían nunca, o casi nunca. Los diputados deben hablar siempre, sin motivo y sin finalidad; deben hablar por hablar, así como cantan los pájaros y como hacen versos los poetas. En cualquier sitio puede constituirse una asamblea de ciudadanos que no pronuncien una sola palabra; pero en el Congreso no, porque el oficio de los diputados, como el de los loros, es, precisamente, el de hablar mucho y el de hablar siempre [‘Una sesión tranquila’, Crónicas parlamentarias 1907-1909]. El que ha sido diputado una vez vivirá siempre de este recuerdo, y este recuerdo dirigirá, en adelante, toda su vida. El acta de diputado no es únicamente una especie de título profesional con el que se puede ganar dinero. Es también un tributo a la vanidad lírica de muchas gentes, un diploma honorífico con el que los exdiputados han deslumbrado en su día a todas sus relaciones. Y el que ha sido diputado una vez, si no puede volver a serlo, no se contenta con ser médico, abogado, fabricante de cuerdas de guitarra, de tiradores de goma o de anteojos para ver los eclipses. Más que cualquiera de estos títulos activos, él estima la evocación grandiosa que se desprende de esta palabra: exdiputado… [‘La tribuna de los románticos’, Crónicas parlamentarias 1907-1909]. Los diputados hablan por hablar, lo cual, en el Congreso, es una poderosa razón. Si todos los diputados que hablan tuviesen que estar convencidos de la utilidad de sus discursos, no hablarían nunca. El régimen parlamentario es un régimen de palabras, en el cual brotan las figuras retóricas, así como brotan las rosas en los jardines sin ningún motivo y sin ninguna finalidad. […] Los diputados, como los novelistas, tienen el privilegio de hacer viajar al público, según su capricho [‘Discusión de actas’, Crónicas parlamentarias 1907-1909].

 

Enchufe: Pensemos en un ciudadano cualquiera de esos que no tienen oficio ni beneficio o de los que tienen un oficio que produce beneficios escasos. Este ciudadano anda lampando por ahí sin poder nunca ponerse al corriente con la patrona o con el casero. Su traje está raído, y su faz, macilenta. […] Hay una cosa que se llama el Estado y que es lo más parecido del mundo a una central de energía eléctrica. El Estado coge toda la riqueza nacional, y mediante un maravilloso sistema de tributos, la transforma en dinero, que distribuye también a domicilio por una tupida y complicada red administrativa: una red de sueldos, dietas, gratificaciones, bonificaciones, cesantías, gastos de representación, extras, automóviles, material, pensiones, retiros, excedencias y ¡qué sé yo todavía! Se toma al individuo de la faz macilenta, se le pone en contacto con la red del Estado, y ya está. En un dos por tres lo vemos con las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes, el traje a la última moda y los tacones de los zapatos en toda su correcta integridad. Un simple enchufillo, y no hace falta más para que el cadáver vuelva a la vida, despojándose con desdén de su haraposo sudario. Y esto es lo que significa la palabra enchufe en la acepción polémica que se le ha atribuido últimamente. Los socialistas, que, claro está, creyendo, como creen, que el Estado debe absorber todas las funciones sociales, son partidarios entusiastas del sistema de los enchufes, han rechazado la palabra con indignación, calificándola de plebeya. […] Desde luego, los orígenes de la palabra enchufe, con sus derivados enchufismo, enchufista, enchufado, etc., no pueden ser más populares; pero, piense lo que piense la Internacional Socialista, lo popular es todo lo contrario de lo plebeyo. Para mí, pocas palabras tienen la gracia, la intención y la fuerza expresiva de esa palabra enchufe, que considero todo un hallazgo, por no decir una creación. Me explico, naturalmente, que a los aludidos no les caiga muy bien; pero después de todo, tampoco es para hacer tantos aspavientos [‘El Estado, central hidroeléctrica’, Haciendo de República].

 

Estupidez: Hasta ahora, se ha creído que la estupidez era una cualidad innata en ciertos hombres; que se nacía estúpido. […] Indudablemente, hay estúpidos natos. La estupidez nativa, lejos de producir, como otras, un efecto deprimente, constituye una especie de tónico para los que se ponen en contacto con ella. La estupidez que deprime y que desmoraliza es esa estupidez trabajada, elaborada, cultivada artificialmente: esa estupidez impura, sin espontaneidad, que, más que una cosa positiva, más que una verdadera estupidez, parece un fracaso del talento. Por el contrario, la estupidez natural tiene tanto sabor y tanto aroma, hay en ella tanta salud y tanto poder, que lo rejuvenece a uno, exaltándole todas las energías vitales. Una estupidez así es irresistible. Hay que admirarla y que acatarla, a menos que uno se sienta con un talento tan fuerte como ella, para lo cual se necesitaría ser un genio [‘Crítica de la estupidez humana’, Alemania]. No hay que homologar el analfabetismo a la estupidez. Al contrario. Sin hablar de Homero, que era un analfabeto, ni de las sagas nórdicas, que fueron hechas por analfabetos, ¿en dónde hay una literatura comparable a la de nuestro refranero y nuestra poesía popular? La cultura no aminora la estupidez de nadie. Puede aminorar el entendimiento, eso sí, pero nunca la estupidez, para la que constituye, en cambio, un instrumento precioso. Por mi parte opino que en España sólo los analfabetos conservan íntegra la inteligencia, y si algunas conversaciones españolas me han producido un verdadero placer intelectual, no han sido tanto las del Ateneo o la Revista de Occidente como las de esos marineros y labradores que, no sabiendo leer ni escribir, enjuician todos los asuntos de un modo personal y directo, sin lugares comunes ni ideas de segunda mano [‘En defensa del analfabetismo’, Haciendo de República].

 

Nación: Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy allí y observo si hay más hombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos que hombres rubios, y si en la mayoría, rubia o morena, predominan los braquicéfalos sobre los dolicocéfalos, o al contrario. Es indudable que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe, y este tipo sería el fundamento de la futura nacionalidad. Luego recojo los modismos locales y constituyo un idioma. Al cabo de unos cuantos años, yo habría terminado mi tarea y me habría ganado una fortuna. Y si alguien osaba decirme entonces que Getafe no era una nación, yo le preguntaba qué es lo que él entendía por tal, y como no podría definirme el concepto de nación, lo habría reducido al silencio [‘La raza’, La rana viajera].

 

Teléfono: El teléfono es nuestro tirano. Es un tirano arbitrario, irritable y neurasténico que nos llama con su voz gangosa en los momentos más solemnes de nuestra vida. […] Opino que el teléfono exacerba a los ciudadanos, que les hace irritables y violentos. […] Ahora un sabio inglés anuncia que ha descubierto el aerófono, o sea el teléfono sin hilos. Ya no habrá cruces. […] Va a desaparecer la parte pintoresca del teléfono; pero no su odiosa, su implacable, su arbitraria tiranía [‘El teléfono’, Londres]. El teléfono es el tirano de Nueva York. No hay aislamiento, no hay tranquilidad, no hay reposo posible con un aparato telefónico a la cabecera de la cama. […] Los americanos gozan, realmente, telefoneando. […] Al teléfono son capaces de pasarse hablando horas enteras. Yo creo que su manera natural de hablar es telefonear, así como su manera natural de andar es bailar el fox-trot. […] Estamos en el país del teléfono. El teléfono aquí no es un medio, sino un fin. No es que aquí se hable por teléfono cuando es imposible hablar de otro modo; es que nunca se habla mientras se pueda telefonear. La cuestión está en hacer las cosas con mucha mecánica. Un americano cree que una frase dicha por teléfono tiene más importancia que si se dice directamente, y que un hombre que telefonea es superior a un hombre que habla. […] Yo me he vuelto loco en Nueva York buscando una habitación que no tuviera teléfono. Imposible. El teléfono es, como si dijéramos, la laringe del americano. En una habitación sin teléfono un americano tendría la sensación de haberse vuelto mudo. No hay habitaciones sin teléfono en Nueva York, como no sea en casas extraordinariamente pobres; así es que uno no puede dormir nunca solo. Duerme con el aparato y, generalmente, el aparato le despierta en lo mejor del sueño [‘La nueva laringe’, Un año en el otro mundo].

 

Estos fragmentos pertenecen al libro del mismo título que, con edición de Javier Jiménez, ha publicado Fórcola Ediciones.

 

 

Julio Camba Andreu (Villanueva de ArosaPontevedra; 16 de diciembre de 1884-Madrid; 28 de febrero de 1962) fue un periodistaescritor y humorista español.

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