El planeta de los simios
Hoy Charlton Heston tiene nombre latino y corre a esconderse de gorilas armados que cazan a inmigrantes por las calles de Estados Unidos

La distopía ya no necesita naves espaciales ni maquillajes imposibles. Basta con encender la televisión y ver las imágenes de Mineápolis, de Los Ángeles, de cualquier ciudad estadounidense, para sentir que hemos entrado sin aviso en ‘El planeta de los simios’. Calles reconocibles, semáforos, centros comerciales, colegios. Y, de repente, la caza. El miedo. Charlton Heston corría desesperado por un mundo hostil, sin entender por qué era tratado como una alimaña a la que echar la red. Hoy Heston tiene nombre latino, acento extranjero y papeles frágiles. Corre por avenidas familiares, con la mochila del trabajo a la espalda, mientras una patrulla de gorilas armados lo busca cual presa.
No es una metáfora exagerada. Me lo cuenta un taxista dominicano mientras me devuelve a casa. Historias sueltas, aparentemente pequeñas, que juntas forman un mapa del terror. Gema, por ejemplo, ya no recoge siempre a sus hijos del colegio. Cambia de ruta cada semana. A veces prefiere no ir. No porque no quiera, sino porque teme que el ICE aparezca sin avisar y convierta una tarde cualquiera en una ruptura familiar definitiva. El miedo reorganiza la vida. Cambia horarios, caminos, costumbres. El mercado latino donde compra su hermana en Nueva York está casi vacío desde la última redada. Antes era un punto de encuentro; ahora es un lugar sospechoso. Los clientes llaman y piden que les lleven la compra a casa. Será el repartidor en bici quien se la juegue. Control de daños. Estrategias mínimas para seguir respirando. Me lo cuenta el taxista porque tiene allí, en la Gran Manzana, a muchos de los suyos. Los que como el resto temen ahora que los deporten después de treinta años. Que te borren de Kansas, de Mineápolis, de una vida levantada a base de turnos dobles y silencios. Que un día te digan que ya no perteneces a ningún sitio. Que tu historia se convierta en un error administrativo. Vivimos un darwinismo inverso. Uno que confunde dureza con justicia, ley con moral, autoridad con razón. Ya no eres persona: eres expediente, cifra, objetivo.
Allí hay padres que han dejado de ir a los entrenamientos de sus hijos. No se sientan en la grada. No aplauden los goles ni acuden a las barbacoas. Tienen miedo de ser detenidos delante de sus niños, esposados por unos hombres encapuchados que los meten en una furgoneta. Los gorilas. Todo esto sucede mientras seguimos hablando de seguridad, de fronteras, de orden. Palabras limpias para decisiones sucias. Lenguaje técnico para justificar vidas rotas. Y entonces vuelve la imagen final de ‘El planeta de los simios’. Heston arrodillado frente a la Estatua de la Libertad semienterrada en la arena. No fue un enemigo externo. Fue autodestrucción. Hoy esa estatua no está en una playa lejana. Está en cada familia que se esconde, en cada tienda vacía, en cada niño que aprende demasiado pronto a tener miedo. Y está, siempre, en cada gobierno que oscila del buenismo facilón a la severidad sin aristas, sin excepción. La libertad sigue ahí, sí, pero apenas asoma.
