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El votante cómplice

El problema no es solo quién roba. Es quién decide que eso no importa

Al menos 39 muertos y 39 desaparecidos en el accidente de trenes de Adamuz,  el peor de la alta velocidad española

 

El gran logro de esta deriva polarizadora es que la corrupción no resta, sino que apuntala. No importa cuán grotesco sea el caso. Lo único importante es que tu bando no se vea penalizado por los casos de tu propio partido por muy bestias que sean las noticias. Ese éxito consigue que al feminismo no le importe que un ministro utilizara a las mujeres como carne, ni que un tren descarrilado por un mantenimiento ineficiente acabara con 46 muertos sin que nadie haya dimitido. Tampoco que, en esas empresas públicas responsables de dichos mantenimientos, se colocaran a prostitutas y misses, aunque una de ellas leyera libros sobre trenes. Quizá, si Claudia hubiera leído el libro adecuado en la biblioteca de Oviedo, lo de Adamuz se habría evitado.

Lo de la trama de hidrocarburos, con 22 kilos de fraude al Estado no supone un problema del todo. Tampoco las mordidas en obras públicas, ni mucho menos rescates a empresas que luego pagaban su salvación con testaferros y paseos por el Pardo. No importa porque si gobierna la derecha, los derechos adquiridos se irán a la mierda y un buen número de votantes piensa así. Y lo hacen porque una parte importante de la opinión pública depende precisamente de estos golfos que han convertido al Estado en un lupanar porque, de un modo u otro, ese ha sido su modo de vida hasta llegar al poder.

Pero en el centro de toda esta anomalía democrática no está el político sino el votante. Ese personaje que ha logrado ser indispensable para sostener al corrupto; ese tipo, tipa o tipe que ha decidido mirar hacia otro lado para que los suyos sigan mandando. Ese votante que ha sustituido el criterio por la camiseta. Que no vota para mejorar nada, sino para impedir que gane el otro, aunque eso implique tragarse carros y carretas, sobres, enchufes y cadáveres políticos (y no políticos) que nadie se molesta ya en enterrar. No es un votante engañado, es un votante cómplice. Uno que ha interiorizado que la corrupción es un precio asumible si el poder sigue en ‘buenas manos’. Las suyas, claro. Porque en su cabeza todo se reduce a eso: los míos o el caos. Y con ese chantaje emocional se justifica cualquier cosa.

Mientras exista ese votante, no hay regeneración posible. Porque ningún político va a ser mejor que el suelo moral que lo sostiene. Si sabe que no va a pagar ningún precio, no lo va a evitar. Si sabe que le van a seguir votando pase lo que pase, lo que pase será cada vez peor y seguiremos en este bucle intoxicado de sexo, mentiras y cintas de vídeo. Así que no, el problema no es solo quién roba. Es quién decide que eso no importa. Porque al final, más que un problema de corrupción, esto es un problema de tolerancia a la corrupción. Y ahí, la responsabilidad ya no está arriba. Está abajo, metiendo la papeleta.

 

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