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Elecciones generales: La furia de Vox queda contenida en una ruidosa minoría

Iban a entrar en el Congreso tirando la puerta abajo y, al final, lo van a hacer llamando al timbre y pidiendo permiso. La movilización de la izquierda y la alta participación han contenido la irrupción electoral de Vox que, a pesar de sus altas expectativas por haber organizado los actos más multitudinarios de toda la campaña, ha visto como a la hora de la verdad se ha quedado estancado como quinta formación política. Muy lejos de los demás, tanto en escaños como en votos. No consiguiendo hacer suyos los escaños esparcidos por el espectacular derrumbe del PP.

El partido liderado por Santiago Abascal obtiene 24 diputados, 2,5 millones de votos y en torno a un 10% de las papeletas. Unas cifras que en sí mismas son meritorias si se analiza fríamente, porque son sus primeros parlamentarios electos en las Cortes Generales y vienen de tener tan sólo 47.000 votos, pero que se sienten como un doloroso e inesperado gatillazo. Es peor de lo que pronosticaban las encuestas más desfavorables. Y un porcentaje de voto parecido al resultado que tuvo en diciembre en Andalucía. El bajonazo anímico es tremendo porque, para remate para Vox, el PSOE tiene diferentes opciones para formar un Gobierno y su voz, en el peor de los casos, sería la del tercer partido de la oposición. Por detrás de PP y Ciudadanos.

Vox creía que tenía todo a favor para dar una patada y romper el tablero político del centroderecha: la debilidad del PP para retener a sus votantes, la gravísima crisis separatista en Cataluña, la movilización en torno a ellos de sectores agraviados como el de los toros o la caza, los grandes mítines por toda España, la fuerza de las redes sociales o los baños de masas de Abascal por las calles… Parece difícil que pueda presentarse una oportunidad igual para el líder de derecha radical. Porque ahora toda esa furia tiene que filtrarse por el colador de las instituciones. Y ya se ha visto con Podemos que una gran parte de la autenticidad y del frescor quedan perdidos por culpa de ese proceso.

De ahí que los primeros mensajes de Vox fueran para consolarse a sí mismos. «No os preocupéis porque esto no ha hecho más que empezar», trataba de levantar el ánimo el secretario general, Javier Ortega Smith, elevando exageradamente la voz para ver si así también se subía el ánimo de los suyos, desconsolados en una plaza anexa a Colón preparada para celebrar una fiesta. Y es que, el partido afronta a la vuelta de la esquina unas elecciones autonómicas y municipales decisivas para su implantación territorial y para alcanzar la posibilidad de tocar poder.

Si Vox se presentaba a sí mismo como la «tormenta», y ha quedado en una borrasca con más truenos que rayos, prometió este domingo convertirse a partir de ahora en un «auténtico torbellino» contra la «izquierda sectaria» en el Congreso. Para dar y forzar «todos los debates».

El voto del miedo ha funcionado contra Vox y, posiblemente, también sus propios exabruptos en asuntos como la inmigraciónla violencia de género, los homosexuales o el uso de las armas en las casas; lo que ha podido desincentivar a un votante que sí se sentía seducido por la contundencia de Abascal contra el separatismo electoral pero que tenía que comprar un pack completo. Se lo ha puesto difícil la alta participación, que ha encarecido el escaño.

Lo llamativo es que la fuerza electoral de Vox procede del sur. Ha logrado seis diputados por Andalucía, dos por Murcia y uno por Extremadura. Lugares donde el discurso contra el separatismo catalán, los toros y la caza tiene una influencia enorme.

Pero Vox no ha estallado como pretendía en la Comunidad de Madrid(cinco escaños), la Comunidad Valenciana (tres) o en el entorno rural. En la circunscripción madrileña ni siquiera adelanta a Unidas Podemos y su botín es pobre aunque mete a sus principales dirigentes.

En cuanto a la llamada España vaciada, que era su gran baza y donde estaba la gran pelea de la derecha, Vox se estrella contra la ley electoral y apenas logra representantes en ValladolidToledo y Ciudad Real.

Pese a todo, Abascal y los otros 23 prometen ser ahora «la resistencia».

 

 

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