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Emparan, ¿demócrata?

 

No tardará el día en que mis cenizas sean honradas.”

José María España

 

Uno de los episodios más interesantes de nuestra historia y aunque estudiado, suscita una sana curiosidad aun pendiente, dada la naturaleza dramática de los hechos y el desenlace e implicancias de los susodichos, fue aquel que registra el diálogo del Capitán General de Venezuela Vicente Emparan con una representación del pueblo de Caracas, y que culminó con la renuncia del militar español y, la declaración de independencia de la para el momento colonia del reino de España, pretendidamente gobernado por José Bonaparte, usurpador de los derechos del legítimo Fernando VII.

Harto conocido aquel intercambio y sus protagonistas, por lo cual, no osaré “llover sobre lo mojado” en detalles que nuestros niños deben repetir casi de memoria, en las aulas donde se imparte la asignatura Historia de Venezuela y los detalles del 19 de abril de 1810 que por cierto, abrió la puerta a un proceso auténticamente revolucionario y constituyente que, verá alumbrar a la postre a la República de Venezuela pero también, a varias más de las otras naciones sudamericanas.

La Venezuela republicana, “in statu nascendi,” la ubicamos, una década antes de la efemérides “in comento,” con el capítulo insurreccional conocido como la conspiración de Gual y España que fue más bien develada y trajo como consecuencia la sentencia de muerte para que escarmentaran los nativos y españoles involucrados o no, mediando tortura, ahorcamiento, decapitación y desmembramiento de José María España.

El compañero de conspiración Manuel Gual, murió y las crónicas sospecharon que se trató de un envenenamiento a manos de un espía español y otros sedicentes extrañamente corrieron la misma suerte, en Trinidad, que resultó varias veces destino de los que huían.

En todo caso, quedó en el subconsciente ese acto en que se mostraron, valor, coraje, ideas, proclamas y el yugo colonial implacable. Mucho se oyó, discutió y anduvo entonces como un virus que inoculaba a los mantuanos y otros que no lo eran. De esa pócima que como un arroyo subterráneo en apariencia circularía, terminarían bebiendo Bello, Bolívar, Roscio, Mendoza, los hermanos Ribas, Vicente Salias, y Francisco Yánez, por citar algunos.

Releyendo y ese es el propósito de esta sencilla glosa, mis anotaciones sobre ese suceso tan fervientemente evocado por nuestro sentimiento y gentilicio del 19 de abril de 1810, me detuve para mirar a Emparan miembro destacadísimo del elenco que escenificó el acto también teatral como la existencia, que recoge nuestra memoria con orgullo, satisfacción y asombro. Madariaga y su gesticulación supera cualquier novela.

¿Cuál es el significado, cabe preguntarse, del diálogo de Emparan pero consigo mismo? Enfatizo que, estoy auscultando en las palabras de la historia, lo que se dijo y lo que no, en aquel momento estelarísimo. Me viene al espíritu, sin pretensiones de ningún tipo, todo lo contrario, preguntarme como lo haría Quentin Skinner, buscando en lo profundo, en los latidos del corazón de Maquiavelo, escuchando a la distancia sus pensamientos, oyendo y descubriendo su entorno, sus intenciones, más allá de los textos que los recogen o pretenden interpretarlo en los hechos descritos.

Sincronía existencial; para comprender y acercarse al acontecer de manera cuasi directa. El militar español condecorado y deferentemente distinguido en su tierra, soldado sobreviviente a una insólita batalla naval que enfrentó a sus hermanos de sangre y recordado con respeto en nueva Andalucía, fundador de pueblos, dotador de servicios de salud y educación en Cumaná, jefatura itinerante y de reconocidos méritos, leal a España y a su Rey Fernando VII.

No oso afirmar nada. Tendría que estudiarlo minuciosamente y no tengo ni el tiempo ni la práctica pero, confieso que esa figura me atrae para interrogarlo y para saber ¿por qué? toleró una consulta como la que se cumplió disfrazada en una simulada coincidencia de unos y otros para leales, cuidar los intereses del Rey abdicado y, ¿qué obraba en su consciencia para responder ese, “Yo tampoco quiero mando”?

Se evidenciaría que los conceptos de legalidad y legitimidad están involucrados. Había llegado la hora del cuestionamiento del usurpador Bonaparte pero, de consuno, se socavaba la autoridad a todo evento de la metrópolis y del mismo Emparan, pero no me luce suficiente explicación para que éste, sin lidiar, facilitara las cosas, renunciara y se marchara.

Material soberbio para una investigación, una tesis de doctorado en Historia o de Ciencias, mención Ciencias políticas. Abundando sobre los estudios precedentes de Leal, Grisanti o esa joya de Carmen Michelena. Buena oportunidad para mí acatado profesor Don Germán Carrera Damas y con el maestro, ensayar de capturar la esencia del incidente en la dinámica de la continuidad y ruptura en curso.

Atrevido ya es contemplar y, no hay plaza para la conjetura, la hipótesis, la tesis, siendo que concurren en el evento, actores y secuencias paralelas, concomitantes de variada intensidad y repercusión y falta Episteme para proveer pero, sin exagerar mi temeridad, echaré a andar algunos trazos con humildad y modestia nada más.

¿Acató Emparan, la decisión de los destinatarios del poder como una derivación que a él comprometió, en su perspectiva de detentador? ¿Para eso, tendría que ser un respetuoso del derecho de gentes en la perspectiva de Grotius, un iusnaturalista quizá? ¿O, devino en demócrata? ¿republicano? Muchas interrogantes emergen al instante pero, apenas rozaremos el asunto en este soplo.

Emparan era español ciertamente y, con linaje que le acreditaba como de familia distinguida pero, vivió en América y tal vez se vinculó en silencio a lo que ese horizonte supondrá. ¿Se produjo en él una suerte de sincretismo cultural y/o político?

La democracia que retorna después de siglos de eclipse, reapareció como una centella en la Francia revolucionaria y, luego de esa horrida y trágica vivencial, cundió el desprestigio para esa forma de vida y de gobierno que estiró y rompió como ligas, todas las convenciones europeas y se convertirá siglo y medio después, aproximadamente, en la cuestionada pero dominante formula de coexistencia y conducción de las sociedades y Estados.

No veo a Emparan como tal. No era un demócrata, aunque como neo americano, pudo verse atraído más bien por el republicanismo que bajaba como un río crecido desde la costa este de los Estados Unidos de América, inundando y empapando los espíritus pero, la crisis que vivía el reino español con el episodio Bonaparte, la extorsión, la guerra continental también pudo significar un motivo para el giro anómico y convulsivo que acompañó a los imperios y esa ideas corrosivas para los susodichos que fueron y aún son, libertad y soberanía.

Emparan era un hombre de principios humanistas. Basta leer a Humboldt quién lo describe, como sencillo y atraído por las ciencias y con interés en la dinámica económica incipiente pero indispensable para el nuevo mundo. Evocaba su patria lejana, el Capitán de la Marina Real pero, no por ello, se advirtió una insuperable nostalgia.

Las vicisitudes del proceso que acarreó el cambio fenomenológico de la independencia y consolidación de la nación americana empezó, varias veces, se truncó y luego continuó nuevamente como el día y la noche se siguen rutinarios.

Alegrías y tristezas se mezclaron y el incidente de Emparan, el cabildo caraqueño, el sacerdote y todo ese relato a ratos fantasmagórico fue, una cadena en la cual se hicieron presentes los caracteres de los que vacilan, de los que ceden, de los que persisten a cualquier costo para sí y su vida y de los que viven pero, no existen realmente. El azar, la naturaleza, la fortuna y la voluntad de unos poquitos se combinan para inventar un mundo.

El finado economista e historiador merideño, Asdrúbal Baptista, escribió un excelente ensayo y lo recuerdo, “El futuro es el origen de la historia.” Y resuena en mi consciencia como una letanía ante aquellos que esperan que el después amanezca y, otros, los menos, los poquitos que se percatan que si no se construye un porvenir, no hay historia posible.

 

Nelson Chitty La Roche, nchittylaroche@hotmail.com, @nchittylaroche

 

 

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