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¿Esperando por fantasmas?

 

Crear un partido o movimiento político es como intentar armar poco a poco un puzzle. Primero hay que tener todas las piezas necesarias para obtener mucho más que una ilusión de armonía, ya que como bien se sabe, todo partido o movimiento tiene vocación mayoritaria, el deseo ferviente de conseguir el poder y para ello es necesario movilizar voluntades en torno a tal objetivo; debe derrotar y superar el sentido común imperante, las ideas gastadas pero aún al uso, la competencia que le va a hacer la vida imposible, mientras se pretende que la organización, que en sus inicios es un significante vacío, vaya rellenándose de significado, de símbolos, de mensajes, de propuestas, de liderazgos, y que gracias a ello sea reconocida y aceptada por la ciudadanía, ganándose el derecho a participar en el debate social sobre lo público, es decir en la política.

En una época pasada, que todavía algunos recuerdan, las ideologías eran social e intelectualmente aceptadas, se suponía que constituían una suerte de guía diferenciada para la acción. Gracias a ella los ciudadanos, dispensadores de ese favor tan deseado por los políticos que es el voto, sabían o intuían qué prometía hacer usted, al llegar al gobierno, con la relación Estado-sociedad, con la economía, con los problemas de la pobreza, de la seguridad social, de las relaciones internacionales, y tantos otros. Y qué iban a hacer asimismo sus rivales (que no sus enemigos; recuérdese, por ejemplo, que el odio primordial y primario entra con renovada fuerza huracanada en la realidad política venezolana y latinoamericana con Hugo Chávez Frías y el “socialismo del siglo XXI”). El “nosotros” partidista se construía en otros tiempos en torno a un marco de ideas compartido y debatido por la mayoría de los militantes y simpatizantes. Así, poniendo un ejemplo venezolano, se veía con claridad la diferencia entre un socialdemócrata (adeco), un socialcristiano (copeyano), o un comunista. Y un lugar de privilegio para esos combates eran las luchas estudiantiles.

No se sorprenda el lector joven: hubo una época en que dentro de esas agrupaciones llamadas partidos existían tendencias –ideológicas-; se podía ser más o menos progresista, o conservador, dentro de los límites de la casa ideológica propia. Hoy, esas nociones han sido sustituidas por operaciones tácticas a corto plazo y de bajo cabotaje, hechas para satisfacer la ambición del líder de turno. Toda una paradoja: a medida que se ha forzado a los partidos a aceptar prácticas supuestamente democratizadoras y transparentes, en búsqueda de “acercar la política a los ciudadanos”, como es el asunto ese cuasi-autoritario de las primarias internas, el único acercamiento que se ha logrado es el de los ciudadanos y el caudillo partidista de turno.

Si bien es muy difícil armar y desarrollar una organización política, es sumamente fácil el no lograrlo, o habiéndolo hecho, entrar en una decadencia imparable hacia su desaparición.Y eso es lo que está pasando en el panorama político mundial, especialmente el latinoamericano.

Los partidos debieran de ser un termómetro de la sociedad, no emanaciones esotéricas, formadas por extraterrestres, o por villanos de la peor calaña. Hoy, el sustrato humano partidista pareciera ser común en el norte y en el sur, el este y el oeste: una suma de apetencias, anti-valores, ambiciones impacientes, corruptelas de todo tipo, superficialidad analítica,. Luego nos extrañamos de que los nuevos dirigentes políticos triunfantes sean una suma de empresarios, militares retirados, comediantes de TV o comunicadores sociales.

El ideal se ha transformado en utopía fantasmagórica; la tentación de servirse de la sociedad para los propios intereses está superando cualquier principio o valor.

La siempre mencionada referencia a valores conducía a pensar que no hay partido político sin cultura política. Esta debería ser cuidada y defendida de toda transgresión; existían, por ejemplo, la conservadora (como entre los tories británicos), la democristiana (como la CDU alemana), o la socialdemócrata (como el otrora gran partido socialista francés, hoy casi desaparecido). Ello, a su vez, hace indispensable que la relación partido-sociedad precise de mediaciones culturales vigentes, que superen, por ejemplo, el espectáculo grotesco de un nuevo caudillo-candidato encaramado en la vieja tarima, con los viejos colores partidistas cada vez más desteñidos, afirmando las viejas propuestas, buscando repotenciar eslóganes en los que nadie cree, prometiendo los programas de siempre, que una vez más serán incumplidos y traicionados.

Los anti-partidos, maquinarias del anti-politicismo de derecha o de izquierda que están surgiendo como arroz en todas las geografías, no han surgido de la nada. Están capitalizando un descontento social causado por tanto tiempo de esperanzas traicionadas. 

Hoy no hay institución más paralizada, más cerrada a la comprensión de los cambios tecnológicos, valorativos y sociales que el partido político.

Por ello lo virtual se hace real, la anti-política derrota una y otra vez a la política, esta última convertida en fantasma. Los partidos tienen que dar la cara, ofrecer un nuevo rostro, no se pueden seguir escondiendo detrás de perfiles falsos, tienen que dejar de mirarse el ombligo y dejar de ser meros partidos-etiqueta, a duras penas maquinarias electorales. Pero lo externo no basta; la vida interna, el debate de ideas, la correcta convivencia, la lectura e investigación en serio (que no significa simplemente “mirar el celular”), así como el trabajo intelectual creativo e innovador son más necesarios que nunca, porque ello implica resignificar de nuevo la política, llenarla de contenido sustantivo, reivindicarla y reconstruirla.

A esta altura el lector puede decir: no existen partidos sin dirigentes ambiciosos de poder, política sin líderes; ello es cierto, como lo es que los actuales dirigentes provocan solo sentimientos como desdén, disgusto e indiferenciación -todos parecen iguales, hablan las mismas tonterías insinceras, dicen profesar unos principios de la boca para afuera solamente-. ¿Lucían igual, hablaban igual, pensaban igual Rafael Caldera y Rómulo Betancourt, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, Richard Nixon y John Kennedy, Felipe González y José María Aznar?

Hay que evitar también, por cierto, otro mal endémico: la ideologización extrema. La filósofa Simone Weil sostenía que las ideologías eran doctrinas, dogmas, como los de una iglesia y por eso se atrevía a llamar a los partidos políticos “pequeñas iglesias profanas”. Y aquí un grave problema surge, ya que cuanto más ideologizada está la persona, más segura de su percepción del mundo se vuelve, más intolerante se muestra con los que están fuera de su “iglesia”, y es más incapaz de recibir información que no sea la que confirma sus prejuicios (y para ello, internet es un instrumento ideal). El lema debiera ser: ideas, no prejuicios.

Si los partidos, en todas las latitudes, no aprenden de sus actuales derrotas, de su decadencia a la vista de todos, se volverán por desgracia cada día más prescindibles, más fantasmas.

 

 

 

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