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Fernando Savater: Lo que tapa el velo

«Convertirse en guardián de la libertad de las mujeres, como parece que pretenden hoy algunos, es el último estadio del machismo»

Lo que tapa el velo

Ilustración de Alejandra Svriz.

 

Cuando quiero amargarme la vida, vuelvo a recordar aquellos días de verano en el hotel de Baltimore, cuando lo que más me martirizaba era la incansable esperanza. Bajaba a desayunar con ansia, porque el constante miedo sordo, la angustia y la maldita esperanza me abrían el apetito. Además, me gustan los grasientos desayunos yanquis. De modo que me servía una generosa ración de corned beef con huevos revueltos y me llevaba el plato a la mesa del rincón, mientras echaba una mirada distraída a la tele con el sonido muy bajo, de donde me llegaban las noticias más bien por los subtítulos («Ha muerto Robin Williams: ¿suicidio o accidente?» es una de las que mejor recuerdo). En las mesas centrales del restaurante se sentaban las mujeres envueltas en burkas y niqabs, levantándose una punta del disfraz para sorber el café, mientras con la mano libre atendían a unos pequeñuelos milagrosamente encantadores. Los maridos, inflados y barbudos, con los que a veces me cruzaba en el hall, estarían ya a esa hora en el TAC o la mesa de operaciones. ¡Cómo los detestaba, sapos repugnantes, pero también a ellas, aunque compadecía su resignación! ¡Qué horror, la devastación de los cuerpos por tumores incurables y la de las relaciones humanas por superstición y prepotencia!

Mi humor era detestable, ya lo ven, hubiera querido que todo explotase en una destrucción definitiva que se llevase por delante a las mujeres envueltas en setenta y siete velos, a sus maridos, amos o lo que fuesen, grotescos monigotes machistas versión Corán, a los glioblastomas asesinos e invencibles, a los valerosos cirujanos que nos hacían concebir esperanzas que solo agravaban nuestra desolación, todo fuera, fuera con todo, pero que se salvase ella, mi ella, mi dulce y pobre ella; lo demás, a la mierda con todo. Pero tampoco ella se salvó. Y ahora, cada vez que veo la asfixia de velos agobiantes a la hora del desayuno o cuando fuere, me acuerdo de Baltimore y de aquellos días, aunque ya sin esperanza. Y me llega desde Baltimore el graznido imperioso del cuervo de Poe: ¡Nevermore!

En el terreno religioso tengo poca simpatía por las evocaciones indumentarias de los Tres Impostores, según les desacreditaron en el siglo de la Ilustración: Moisés, Jesucristo y Mahoma. Pero cursé la carrera rodeado de simpáticas monjas con sus hábitos y cofias, con las que siempre me llevé bien y que me secundaban con brío en mis alborotos contra el régimen. Y he dado clase tanto a alumnos como a alumnas pertenecientes a órdenes religiosas y que vestían sin escándalo los uniformes de su profesión. Hay muchas —quizá demasiadas— cosas que aborrezco y desde luego no pretendo que todas se prohíban para sanear el mundo según mi criterio. Nada me molesta tanto como tropezarme por la calle con los/las idiotas que van mirando el móvil mientras caminan, pero ni a esos les multaría, aunque ganas no me faltan. Si a mi aula entrase un morrosko con una gorra a lo Uclés, tampoco me enfadaría con él por eso ni le suspendería… al menos hasta leer su examen.

En cambio, nunca permitiría que nadie asistiese a mi clase con pasamontañas etarroso (algunos entraron con él, pero no para dar clase, sino para leer comunicados y cosas así), ni tampoco con antifaz, careta de mono, escafandra de buzo… ni burka o niqab. Nada que ver mi rechazo con cuestiones religiosas (no soy teólogo y me asombra ahora cuántos hay para juzgar a los demás): sencillamente, una clase es un acto público y los que asisten a ella, empezando por el profesor, tienen que aceptar que es un momento de comunicación con los demás. Lo primero que se enseña en ese momento de colectividad es que nuestros semejantes son más importantes que nuestros caprichos: la educación empieza por ahí, la instrucción viene luego. Claro que en otros espacios públicos las reglas pueden ser diferentes. Nadie puede ir a sacarse el DNI enmascarado, pero hace pocos años íbamos todos a todas partes con mascarillas y nuestra civilización no se quebró por eso. Y si cada noche en algunas esquinas de nuestras calles se puede ver a drag queens con atuendos bastante estrafalarios pero también seductores, que según creo nadie usa para llevar a sus hijos al colegio… ¿por qué deben prohibirse velos y túnicas si alguien se empeña en ponérselos? ¿Representan la humillación de esas personas? ¿Y las drag queens, tan denostadas por otros puritanismos?

Evidentemente, la ley y las fuerzas de orden público deben proteger a las mujeres (y a los hombres, cuando sea el caso) para que nadie sea forzado por familiares, compadres o sectas a ponerse o quitarse prendas de ropa contra su libre gusto. Convertirse en guardián de la libertad de las mujeres, como parece que pretenden hoy algunos, es el último estadio del machismo. A defender a las mujeres se va a Irán, no a Chamartín (por cierto, qué pocos burkas se ven por nuestras calles para la importancia hipotética que algunos les dan). Y si uno quiere ponerse religioso de verdad, cabe recordar aquella jaculatoria medieval, tan auténticamente cristiana: «En lo necesario, unidad; en lo innecesario, libertad; y siempre, caridad».

 

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