Gehard Cartay: El cinismo criminal de cierta izquierda mundial
Con su hipocresía habitual y su doble rasero moral de siempre, cierta extrema izquierda mundial está haciendo su tradicional papelón ante la actual realidad venezolana.
Ese comportamiento cínico, inmoral y condenable ya cumple 27 años, sin que hayan modificado jamás sus parámetros, no obstante la infausta realidad de Venezuela y las trágicas consecuencias que han afectado a los venezolanos como nunca antes en su historia. Ante esta dramática realidad, esa extrema izquierda siempre optó por voltear hacia otro lado, hacerse los desentendidos y justificar lo injustificable. Así lo hicieron siempre en otros casos anteriores, ya se tratara de la Unión Soviética, China o Cuba. Para ellos eran paraísos y no dictaduras. Bastaba que estas se autocalificaran de izquierda para defenderlas. Lo demás nunca les importó, ni les importa ahora. Lo que importaba era su coincidencia ideológica, que todo lo justifica siempre, independientemente de la verdad de los hechos históricos.
Lo cierto es que esa izquierda extrema nunca ha cambiado su actitud rígida y antihistórica. Siempre acuden a las mismas consignas, repiten sus cantaletas antiguas y sus argumentos inmodificables. Cambian los tiempos y las realidades, pero ella sigue aferrada a sus esquemas tradicionales, conforme el viejo manual al que echan mano cuando la ocasión lo requiere.
Esa izquierda extrema es la misma que acusa a sus adversarios de “fascistas”, aunque, en verdad, los hechos revelan que ahora mismo los fascistas son ellos, tal como lo demuestran sus actitudes y lemas. Son gente vieja y periclitada, física y mentalmente, de pensamiento mineralizado, sin contacto con la realidad, atenta sólo a las instrucciones de su antiguo catecismo comunista, sin darse cuenta de que la Unión Soviética ya no existe luego de su colosal fracaso.
En todo este tiempo, por ejemplo, para ellos el único imperialismo existente sólo ha sido el de los Estados Unidos, porque el soviético nunca lo fue según su creencia fanática. Cuando la URSS invadía o colonizaba otros países siempre lo hacía “en función de la solidaridad internacional entre los pueblos”, según rezaba la liturgia que Moscú imponía a sus satélites en el mundo. Cuando la URSS pactó con Hitler para repartirse Polonia en 1939 también defendieron tal tropelía, en nombre de sus “principios ideológicos”. Lo mismo hicieron cuando la URSS se unió a Estados Unidos e Inglaterra para derrotar al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces los gringos y los ingleses no eran enemigos, sino aliados “santiguados” por el Kremlin.
Pero después, automáticamente, los enemigos de Estados Unidos siempre han sido los amigos de la ultraizquierda mundial, independientemente de que sean fascistas, terroristas o antifeministas como aquellos musulmanes varados en un pasado remoto desde el cual Mahoma diseñó todo lo que debe ser su comportamiento futuro. Por eso mismo defienden también absurdas tiranías religiosas como la de Irán en el Medio Oriente y dictaduras dinosáuricas en otras partes por el sólo hecho de que las mismas, por supuesto, se autocalifiquen de izquierda, no importando sus crímenes y atrocidades. Son gente retrógrada, repito, esa que aparece en manifestaciones en Europa, anclada en su propio pasado y negados a admitir que la historia siempre es dinámica y no se detiene jamás.
Esa extrema izquierda sobrevive encallada en su maniqueísmo infantiloide, según el cual ellos son los “buenos” y quienes los adversan son los “malos”. A partir de esta perversión mental ellos son, por supuesto, quienes tienen la razón y, por tanto, todo lo que apoyan y respaldan son automáticamente “lo mejor” y “lo más conveniente”.
Bien lo acaba de afirmar Felipe Hasson, un especialista brasileño en Derecho Internacional: “La fundamentación de aquellos que colocan la ideología por encima de todo -y que después rebuscan en el derecho internacional frases, conceptos y principios que sirvan a la respuesta que ya decidieron dar- es, como mínimo, lamentable. No es una defensa seria de la legalidad internacional, sino un ejercicio de cinismo selectivo, hecho a la distancia y sin ninguna empatía por quien vive el colapso en carne propia. Cuando la ideología viene antes del ser humano y la soberanía es invocada para justificar la miseria, el derecho deja de ser instrumento de justicia y pasa a ser apenas retórica vacía al servicio de la indiferencia”.