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Gran Bretaña: un Estado monopartidista

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La implosión laborista deja a Gran Bretaña sin una oposición que funcione. Esto es más peligroso de lo que muchos creen.

Multitudes fervorosas acuden a sus mítines. Los jóvenes lo abrazan para tomarse selfies y  aguardan con ansia cada tuit suyo. Jeremy Corbyn, improbable estrella de rock de cabello rizado y político de extrema izquierda, está en camino de ser reelegido líder del partido Laborista el 24 de septiembre, con una votación arrolladora entre los miembros del partido, cientos de miles de los cuales se han inscrito solo en el último año para apoyarlo. (N. del T.: En efecto, Corbyn fue reelecto con un 61.8% de los aproximadamente 500.000 votos emitidos).

Sin embargo, la popularidad de Corbyn entre el medio millón de miembros y afiliados al laborismo no se replica entre los 45 millones de votantes de Gran Bretaña, la mayoría de los cuales no comparte su deseo de acabar con el capitalismo y unilateralmente renunciar a las armas nucleares del país, ni su debilidad por los hombres fuertes como Vladimir Putin y el fallecido Hugo Chávez. El partido, en oposición, está en su nivel más bajo en las encuestas en los últimos 30 años. Entre los jóvenes, su  electorado más cercano, el Sr. Corbyn tiene un índice de aprobación de -18%. Entre los mayores de 65 años es un -68%. Los laboristas van camino de perder decenas de asientos en la siguiente elección. Y el asunto no termina ahí. Los partidos políticos a menudo escogen malos candidatos – a los republicanos más tradicionales no les gusta Donald Trump, por ejemplo-, pero por lo general ello les cuesta solo una elección. Corbyn, por el contrario, está llenando el partido con aliados y parece más preocupado por la construcción de un movimiento a largo plazo que por ganar el poder. El gobierno conservador puede esperar que transcurran años sin ser seriamente desafiado en Westminster.

La historia de cómo una de las maquinarias electorales ganadoras más confiables en Occidente derivó en la actual irrelevancia es una advertencia a los partidos políticos en todas partes (ver informe). Es una tragedia para un laborismo que bajo sus últimos líderes centristas estuvo en el poder durante 13 años, y que logró la aprobación de reformas como el salario mínimo o las uniones homosexuales. Y es una mala noticia para Gran Bretaña. La experiencia, de México a Japón, sugiere que la ausencia a largo plazo de una oposición política seria conduce a un mal gobierno. Peor aún, el derrumbe del partido Laborista ocurre mientras Gran Bretaña comienza las complejas  y arriesgadas negociaciones sobre el Brexit, que necesitan vigilancia y control. La oposición vendrá de los sectores más radicales y excéntricos de los Tories, y de la poco democrática Cámara de los Lores. Y Escocia puede preguntarse, más que nunca, por qué debe permanecer unida a su brexitante hermano mayor.

El pie izquierdo hacia atrás

La debilidad del laborismo ya ha contribuido a la decisión más desastrosa de Gran Bretaña en una generación, la de salir de la UE.  A pesar de que el partido está a favor de Europa, la campaña tímida y vacilante del Sr. Corbyn a favor (él es un euroescéptico de toda la vida que votó a favor de abandonar Europa en 1975) fue una de las razones por las que el referéndum se deslizó a favor del Brexit. Desde entonces, el líder socialista aún no ha hecho una sola pregunta sobre el Brexit en el interrogatorio semanal de la primer ministro en el Parlamento. El gabinete de sombra es tan escaso -tres cuartas partes de los parlamentarios laboristas han pedido públicamente a su líder la renuncia- que el trabajo de secretario en la sombra sobre el Brexit lo está haciendo a tiempo parcial el secretario de Asuntos Exteriores en la sombra. Si la oposición hiciera su trabajo adecuadamente el gobierno podría verse obligado a presentar un plan sobre el Brexit que fuera al menos parcialmente aceptable para el 48% de ciudadanos que votaron por quedarse. En su lugar, se enfrenta a una amenaza más fuerte y más grave desde la más extrema derecha Tory favorable al Brexit, que está exigiendo un económicamente desastroso «Brexit duro«: abandonar el mercado único en su totalidad con el fin de imponer controles sobre la inmigración.

La ausencia de una oposición tendrá un efecto igualmente perjudicial sobre las políticas locales. Theresa May, que se convirtió en primer ministro a través de una competencia interna Tory en lugar de una elección general, está haciendo una serie de propuestas no aprobadas por el electorado.  Ha diseñado una oferta audaz para votantes de la clase trabajadora que se sienten abandonados por los socialistas. Esto es positivo. Sin embargo, sus propuestas se verán afectadas por la falta de análisis serio. Esta semana ha anunciado planes para permitir que más escuelas estatales seleccionen a los niños sobre la base de su capacidad, un loable esfuerzo para auxiliar a los niños pobres, pero que en realidad podría producir un efecto contrario (ver artículo). Por una vez, Corbyn pudo darle algunos golpes verbales a la Primer Ministro en el Parlamento. Pero el mayor rechazo vendrá de los diputados conservadores de a pie;  los socialistas acaban de escoger un nuevo secretario de educación en la sombra, su tercero en los meses de verano.

Tal vez el freno más fuerte del gobierno será la Cámara de los Lores. Los conservadores tienen menos de un tercio de sus miembros; políticas polémicas como la propuesta escolar es probable que encallen allí, incluso si no lo hacen en la Cámara de los Comunes. Sin embargo, los lores -no electos, no representativos y que incluyen un grupo formado por obispos de la Iglesia de Inglaterra- provocarían una crisis si fueran más allá de su papel histórico de afinar la legislación y se convirtieran en un órgano de control serio del gobierno.

La oposición zombi

Los males laboristas podrían incluso aflojar más la deteriorada unión británica. Una Escocia con una perenne alergia a los conservadores y más recientemente hacia los laboristas, se ha convertido en algo similar a un estado unipartidista bajo el gobierno del Partido Nacional Escocés (SNP). Jeremy Corbyn se comprometió a recuperar Escocia moviendo el partido hacia la izquierda. Sin embargo, el socialista de Islington es tan poco popular en Escocia como lo es en Inglaterra. Los escoceses tienen hoy poca paciencia con cualquiera de los partidos que intente gobernarlos desde Westminster. Eso puede hacer que la independencia (ya de nuevo en el orden del día después de la votación por el Brexit, al que que se opusieron los escoceses) sea más atractiva. Brexit también está complicando las relaciones con Irlanda del Norte, otro lugar donde Corbyn -cuyo canciller en la sombra, John McDonnell, alabó «las bombas, las balas y el sacrificio» del Ejército Republicano Irlandés en 2003- no es tomado en serio.

En muchas democracias, los partidos van y vienen; no habría mucho que lamentar  si el laborismo se  marchitara y fuera reemplazado por otros movimientos más en sintonía con los votantes. Bajo un sistema electoral proporcional el partido Laborista podría ceder asientos a los izquierdistas demócratas-liberales y al populista Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP).  Parlamentarios laboristas moderados podrían incluso romper con el partido y formar un movimiento rival. Sin embargo, el sistema electoral de Gran Bretaña (llamado «first-past-the-post», o sistema de mayoría simple) hace que crecer sea diabólicamente difícil para los partidos pequeños. La crisis del partido socialista, por lo tanto, probablemente no se traducirá en el nacimiento de un nuevo movimiento de oposición, sino simplemente en una victoria conservadora aplastante. Hasta que el laborismo recupere el sentido común, los opositores al gobierno -en particular los votantes centristas y el 48% que votó para permanecer en la UE- estarán mal representados. El descontento con el proceso político se agravará. El idiota de Corbyn tenía razón cuando prometió a sus seguidores una «nueva forma de hacer política«. Sin embargo, un estado de partido único no era probablemente  lo que ellos tenían en mente.

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

The Economist

British politics

Britain’s one-party state

Labour’s implosion leaves Britain without a functioning opposition. That is more dangerous than many realise

CHEERING crowds flock to his rallies. Youngsters embrace him for selfies and hang on his every tweet. Jeremy Corbyn, improbable, crinkly rockstar of the far left, is on course to be re-elected Labour’s leader on September 24th in a landslide vote among the party’s members, hundreds of thousands of whom have joined up in the past year just to back him.

Yet Mr Corbyn’s popularity among Labour’s half-million members and affiliates is not replicated among Britain’s 45m voters, most of whom do not share his desire to overthrow capitalism and unilaterally forsake the country’s nuclear weapons, nor his soft spot for strongmen such as Vladimir Putin and the late Hugo Chávez. The party is polling at its lowest in opposition for 30 years. Among young people, his most sympathetic constituency, Mr Corbyn has an approval rating of -18%. Among the over-65s it is -68%. Labour is on course to lose scores of seats at the next election. And it will not end there. Parties often pick bad candidates—mainstream Republicans recoil at Donald Trump, for instance—but it usually costs them no more than one election. Mr Corbyn, by contrast, is packing Labour with allies and seems more concerned with building a long-term “movement” than winning power. The Conservative government can expect years without being seriously challenged in Westminster.

The story of how one of the most reliable vote-winning machines in the West drifted into irrelevance is a warning to parties everywhere (see Briefing). It is a tragedy for Labour, which under its recent centrist leaders was in power for 13 years, introducing reforms from a minimum wage to gay unions. And it is bad news for Britain. Experience, from Mexico to Japan, suggests the long-term absence of serious political opposition leads to bad government. Worse, Labour’s meltdown comes as Britain begins complex and perilous Brexit negotiations, which need scrutiny. What opposition there is will come from the Tories’ eccentric fringes and from the undemocratic House of Lords. And Scotland may wonder more than ever why it should remain attached to its Brexiteering big brother.

Left foot backward

Labour’s feebleness has already contributed to Britain’s most calamitous decision in a generation, that of leaving the EU. Although the party is pro-Europe, Mr Corbyn’s half-hearted campaign to Remain (he is a lifelong Eurosceptic who voted to leave in 1975) was one reason that the referendum slid in favour of Brexit. Since then, Labour’s leader has yet to ask a question about Brexit at his weekly grilling of the prime minister in Parliament. The shadow cabinet is so thin—three-quarters of Labour MPs have publicly called on their leader to quit—that the job of shadow Brexit secretary is being done part-time by the shadow foreign secretary. If the opposition did its job properly the government might be forced to come up with a Brexit plan that was halfway acceptable to the 48% who voted to stay. Instead it faces a louder and more serious threat from the more extreme Tory Brexiteers, who are urging an economically disastrous “hard Brexit”: leaving the single market entirely in order to impose controls on immigration.

The absence of an opposition will have an equally damaging effect on domestic policies. Theresa May, who became prime minister via a Tory leadership contest rather than a general election, is launching a prospectus unapproved by the electorate. She has set out a bold pitch to working-class voters who feel abandoned by Labour. This is welcome. Yet her proposals will suffer from lack of serious scrutiny. This week she announced plans to allow more state schools to select children based on ability, a laudable effort to help poor children but which could actually do the opposite (see article). For once, Mr Corbyn landed a few blows on her in Parliament. But the biggest push-back will come from backbench Tories; Labour is on its third shadow education secretary of the summer.

Perhaps the strongest brake on the government will be the House of Lords. The Conservatives have less than one-third of its members; contentious policies like the schools proposal are likely to run aground there even if they do not in the Commons. Yet the Lords—who are unelected, unrepresentative and include a bench of Church of England bishops—would provoke crisis if they went beyond their historical role of fine-tuning legislation to become a serious check on the government.

The zombie opposition

Labour’s malaise could even loosen the fraying union. Long allergic to the Tories and more recently out of love with Labour, Scotland has itself become something of a one-party state under the Scottish National Party (SNP). Mr Corbyn promised to win back Scotland by moving Labour leftward. Yet the Islington socialist is as unpopular there as he is in England. Scots now have little time for either of the parties that would rule them from Westminster. That may make independence (already back on the agenda following the vote for Brexit, which Scots opposed) more appealing. Brexit is also complicating relations with Northern Ireland, another place where Mr Corbyn—whose shadow chancellor, John McDonnell, praised the “bombs and bullets and sacrifice” of the Irish Republican Army in 2003—is not taken seriously.

In many democracies, parties come and go; there would be little to mourn if Labour were to wither and be replaced by others more in tune with voters. Under a proportional electoral system, Labour might shed seats to the leftish Liberal Democrats and the populist UK Independence Party. Moderate Labour MPs might even break away to form a rival outfit. Yet Britain’s first-past-the-post system makes it fiendishly hard for small parties to make headway. Labour’s crisis will therefore probably translate not into the birth of a bold new opposition movement but simply a Conservative landslide. Until Labour comes to its senses, those who oppose the government—particularly centrists and the 48% who voted to stay in the EU—will be poorly represented. Disaffection with the political process will fester. The witless Mr Corbyn was at least right when he promised his followers a “new kind of politics”. But a one-party state was probably not what they had in mind.

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