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Grandes comedores de serpientes

Rafael Cadenas, Premio Cervantes 2022, es autor de una poesía en constante metamorfosis, y un comentarista erudito y amoroso de la poesía de otros.

 

La frase corre en un poema en prosa escrito en su juventud por Rafael Cadenas, a quien le ha sido otorgado el Premio Cervantes, cimera distinción que se hace en este mundo a las letras españolas.

La noticia me alcanzó de madrugada, en mi pieza por completo a oscuras salvo por la pantalla de la computadora. Me alegré muchísimo y exclamé, lento y por lo bajo: “¡grandes comedores de serpientes!”.

En ese mismo instante sentí que alguien entraba a mi aposento y alcancé a ver en la penumbra a mi amigo Álvaro Serrano Calderón. Risueño él también, vino a traerme la noticia. Se detuvo en el umbral justo la fracción de segundos necesaria para hacer impresión y desapareció en el aire cachaco, in thin air, como las brujas en el páramo. Álvaro Serrano murió en Bucaramanga, en 2019.

Era músico, trompetista de gran virtud y muy lector. Fue él quien hace 45 años, sentado en el taburete del piano de mi hermano mayor, brindó a sus amigos de Caracas un inesperado recital de poesía. Leyó de un volumen de poemas de Cadenas que acababa de editar Fundarte, la editorial de la alcaldía caraqueña.

Mi amigo Álvaro no leía más que poesía, exclusivamente poesía, algo que quizá no pueda usted creer, pero he indagado en este asunto y resulta que sí: hay gente en el mundo que, después de mucho leer, se va quedando solo con la poesía, los poetas y sus verdades. Debo a Álvaro Serrano muchas lecturas y experiencias, justamente, poéticas. Fue él quien me habló por vez primera de Eliseo Diego.

Hecha la presentación, paso a contarles que Álvaro se apropió de la frase “grandes comedores de serpientes” que tanta impresión le causara cuando leyó por vez primera Los cuadernos del destierro y la convirtió en fórmula de aprobación ante cualquier superlativo ajeno, siempre que fuese latinoamericano y él lo tuviese por fulgor de la raza cósmica: Rubén Blades, digamos, Nelson Freire, Juan Carlos Onetti; todos grandes comedores de serpientes. También se servía de ella para la desaprobación, para el máximo desconsuelo con que se maldice “no tenemos remedio” porque al cabo no somos sino grandes comedores de serpientes.

Por lo que he leído últimamente, sé que Cadenas no siente ya por aquellos poemas lo que pudo haber sentido cuando los echó al mundo. Con seguridad no estaría de acuerdo con la arbitraria torsión que Álvaro dio a su verso hasta contagiárnosla como locución coloquial a toda la panda. Hasta el sol de hoy. Leí, por ejemplo, a mitad de año, Delirio americano de Carlos Granés y lo hice pensando todo el tiempo “¡qué gran comedor de serpientes es este hombre!”. Seguiré soltando esa frase mientras me permita recordar con fervor y una sonrisa a un gran amigo muerto.

Los críticos han advertido metamorfosis en la poesía de Cadenas; todas ellas para bien, me parece. Si hay algo mejor que leer poesía es leer a comentaristas de poesía eruditos y amorosos. Mucho mejor si ellos mismos son poetas. Todavía recuerdo a la pareja de mediana edad –pienso que eran refugiados de las dictaduras sureñas, nunca supe sus nombres ni volví a verlos pero sé que han debido ser poetas, corrían los años 70– que, en una librería de Caracas ya desaparecida, me puso en la pista de Los hijos del limo de Octavio Paz y de un ensayo de Gabriel Zaid que aprovecho para recomendar: La poesía, fundamento de la ciudadPues bien, lo mismísimo vale para Rafael Cadenas: Realidad y literatura, que publicó en Caracas la hoy acosada Universidad Simón Bolívar, es un libro al que se vuelve con provecho una y otra vez.

Su erudición y su generosidad a la hora de dispensarla es proverbial, y quiero dar fe de ello recordando un encuentro casual en el que Cadenas alcanzó a ver el ejemplar de Al sur de Granada, parte de las memorias de Gerald Brennan que llevaba conmigo, y al punto alabó con autoridad su Historia de la literatura española. La recomendó, con enjundia y detalle, como la mejor que era dable encontrar en aquel momento, mucho antes de ser publicada una primera traducción por la editorial Crítica. El intercambio ocurrió, y es lo que lo hizo indeleble, ante el torniquete de boletería del Stadium Universitario, el tradicional parque de béisbol caraqueño.

Mi mujer de entonces y yo nos habíamos aficionado a los partidos nocturnos entre equipos que no fuesen de la capital. Nos gustaba ver un partido desde la tribuna techada a medio ocupar. La experiencia tenía mucho de béisbol de liga amateur presenciado por las familias y amigos de los jugadores: las dos o tres cervezas, el rumor de las gradas en la tibia de noche caraqueña y la nitidez con que llegan los sonidos y los humores del terreno de juego. No imaginamos nunca topar con el autor de Falsas maniobras en un juego entre los Tigres de Aragua y los Cardenales de Lara, que, lo supe luego, resultó ser el equipo favorito del hoy Premio Cervantes: el equipo de su ciudad natal, Barquisimeto. Y fue así, conversandito en la antesala de un partido de béisbol, donde nos habló, con la afable sencillez que es su sello, de la historia de la literatura española según Brennan.

Después, ya en nuestras sillas y mirando a Cadenas a lo lejos disfrutar del partido –su grupo nos pareció de alumnos de la Escuela de Letras, pero ya no estoy seguro–, Eugenia se preguntó en voz alta “¿qué estará viendo, qué cosas llamarán más su atención, ¿cómo discierne un juego de béisbol un tipo como Rafael Cadenas?”. La pregunta se quedó conmigo hasta la fecha.

Whitman, Lezama Lima, Robert Frost, William Carlos Williams, todos poetas, concibieron bellas imágenes a partir del béisbol. Cadenas afirmó hace poco estar revisando y reescribiendo papeles hechos a un lado hace ya tiempo. A un venezolano como Cadenas, ¿qué no habrá podido sugerirle nuestro pasatiempo en el curso de 90 años? Esperaremos.

Diré, finalmente, que han sido sus Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística, publicados a fines del siglo pasado, la más benéfica compañía en mi exilio, ese lugar que Saint-John Perse llama con razón “flagrante y nulo”. Si llegases, Cadenas, a leer este artículo sabrás de mi infinita gratitud.

Allí, en ese hermoso libro, puede leerse :

Venezuela ha padecido cuatro positivismos, liberadores y limitantes a la vez: el de la ilustración, el de la generación propiamente positivista, el de los marxismos y el más reciente, el moderno. El alma tendrá que cruzarlos, recobrarse y ser. No se trata de ir contra la ciencia, tan prodigiosa –es nuestra magia– sino de ver que ella no es todo, de abrirse a lo que está más allá ¿o más acá? Al enigma, a lo inexplicable, a lo que hace obligatorio el silencio.

Amor fati. Recobrarse y ser. ¡Viva Cadenas!

 

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