Homenaje Ciudadano al P. Luis Ugalde, sj
Ustedes me recuerdan mi identidad de jesuita llamado a “en todo amar y servir” en la construcción de la CIUDAD, en esta Venezuela que vivo como un don de Dios encarnado en tantas personas, rostros y realidades, que motivan y dan sentido agradecido a la entrega de mi vida

RCL.- El pasado 26 de Marzo, un grupo de ciudadanos se reunió en una velada inolvidable: celebrar la vida y entrega del sacerdote jesuíta a su comunidad y a Venezuela entera.
Un acto de gran emoción donde todos los presentes, de una u otra manera vinculados a la congregación jesuita, pudieron participar en una ceremonia sencilla pero muy lucida y finamente preparada. Excelentemente organizada y representativa de quienes han acompañado con su amistad, su colaboración y/o su cercanía al Padre Ugalde. Pero sobre todo, un grupo de venezolanos que lo admira profundamente, lo quieren sinceramente y agradecen su pasión por nuestro país que comenzó a los 18 años de edad, cuando llegó a nuestra tierra. Más nunca se ha ido. No hay reconocimiento que no merezca.
Bravo por quienes tomaron esta iniciativa, la pensaron y la concretaron en una tarde memorable.
Se sabe de la «alergia» de este religioso a los homenajes, pero también de su humildad, razón por la cual Laureano Márquez, con su reconocida jocosidad, aprovechó para decirle en inconfundible jerga venezolana: «Padre, tiene que calársela!». Después de una risotada generalizada, el homenajeado tomó la palabra para decir lo que sigue:
Saludo: Cardenal Baltazar Porras, Provincial S.J Alfredo Infante, Miguel Dao y
demás miembros del Comité organizador de Homenaje Ciudadano. Amigos
todos.
Sorpresa, agradecimiento y compromiso fueron mis primeros sentimientos
cuando ustedes me comunicaron el reconocimiento del HOMENAJE
CIUDADANO. Enseguida vinieron a mi memoria algunas experiencias vividas
en relación a la ciudadanía y a la falta de ella.
De Guaraunos a Berlín pasando por el colegio San Ignacio
En 1965 estaba yo trabajando de albañil en Guaraunos, un pueblito donde el
estado Sucre se asoma al Delta del Orinoco. Acompañaba a una treintena de
jóvenes universitarios y bachilleres compartiendo durante un mes la vida con
los campesinos de ese modesto pueblo. Dormíamos en la escuela del pueblo
en catres que habíamos llevado, trabajábamos con los vecinos en los pueblitos
de alrededor y compartíamos la mesa con familias campesinas que nos
invitaban. Un día después de compartir el almuerzo, sentados en el suelo
conversábamos con uno de los líderes del sindicato campesino. Entrados en
confianza, me preguntó “¿Padre cuál es el sentido de la venida de ustedes y
qué les mueve a trabajar con nosotros en labores para los que no están
preparados, ni capacitados? Al comienzo pensamos que venían a hacer alguna
forma de proselitismo político o religioso. Pero vemos que no hay nada de
eso”.
Así era; nos habíamos propuesto compartir sus trabajos y aprender de sus
vidas, pero sin predicar nada, ni político, ni religioso. Queríamos aprender a
mirar a Venezuela desde abajo, significar nuestra vida, desde quienes parecían
insignificantes.
Uno de los trabajos que me tocó en Guaraunos era eliminar en los arrozales
unas malas hierbas llamadas “santajuana”; había que arrancarlas a mano,
metidos en el agua hasta casi las rodillas. Así, con los pies en el agua y el duro
sol del mediodía a la espalda, un día le dije a uno de los estudiantes con
vocación política: “Ustedes subirán alto en la política nacional; cuando estén
arriba no se olviden de los millones de venezolanos sometidos a esta vida de
pobreza, que ustedes comparten en estos días”.
Dos años después en 1967 al comienzo de mis estudios de teología en
Alemania cruzaba el “Muro de Berlín”, lleno de curiosidad y de interrogantes.
Muro de férrea incomunicación armada entre el Berlín Occidental unido a la
Alemania Federal y el Berlín Oriental, capital de la cínicamente llamada
Alemania Democrática, sometida a la ocupación soviética. En el control
fronterizo a la ida y a la vuelta nos sometían a un interrogatorio prolijo y
fastidioso; en él me sorprendió la pregunta ¿Ha visitado usted alguna familia
en Berlín Oriental? Mi respuesta era obvia y sencilla. “No, porque yo soy
venezolano y no tengo ni familiares, ni amigos en Berlín”. Si mi respuesta
hubiera sido afirmativa, hubiera desatado una catarata de preguntas
suspicaces y molestias policiales a esa familia pues visitar y hablar con un
berlinés bajo la Unión Soviética era un gesto sospechoso y antirrevolucionario.
De Cangilones a La Pradera pasando por la UCAB
Veinte años después en 1987 yo trabajaba en la UCAB y vivía en una pequeña
comunidad de jesuitas en un callejón de Los Cangilones de La Vega. A algunos
les resultaba sospechoso que un Vicerrector universitario viviera en un rancho
y otros más extremistas llegaron hasta la denuncia; así, un comando
antiguerrillero irrumpió a media noche y nos llevó de la cama a la DIM
(Dirección de Inteligencia Militar), mientras otra parte se quedó en nuestra
casita y la saqueó. Se apoderaron de las pequeñas cosas que pudieran tener
algún valor, pero no encontraron papeles subversivos que buscaban, ni nada
sospechoso. Los Guardias Nacionales que registraban la casita dijeron “están
limpios”, pero a los cinco jesuitas nos llevaron presos e incomunicados a un
comando móvil en El Paraíso; luego a la madrugada siguiente nos trasladaron
a la DIM en Boleíta. Me puse a pensar qué actividad nuestra pudiera dar pie a
la alarma y al despliegue de un comando tan fuertemente armado. No había
absolutamente nada sospechoso, pero, como dijo uno de mis interrogadores,
“qué hace un Vicerrector de la universidad viviendo en un barrio”. Sólo ese
hecho les resultaba sospechoso y hasta subversivo. Desde Los Cangilones inicié
mi trabajo en el barrio de La Pradera, en lo más alto de La Vega. Era la actividad
pastoral y sacramental tradicional, que la continúo hoy 40 años después.
Caminando hacia la Ciudadanía
En estos años mi acompañamiento a la comunidad de La Pradera (o San
Benito), se ha afianzado y la comunidad cristiana está fortalecida y
consolidada; pero ni las dos escuelas primarias, ni el maternal, ni el centro de
salud, ni la capilla y sus comunidades cristianas, han tenido ningún contagio
revolucionario, ni brotes de sarampión comunista, sino un crecimiento y una
participación activa que revelan el enorme potencial humano en nuestros
barrios, que florece cuando una chispa del Evangelio prende en sus vidas, y se
van transformando en ciudadanos y productores que enriquecen a Venezuela.
No vivimos en una sociedad de plena ciudadanía participativa y desarrollada;
más bien la “polis” griega y la ciudad democrática y participativa son una
aspiración, un horizonte que motiva y orienta el caminar.
Jesuitas y Ciudadanos
San Ignacio al final de sus Ejercicios Espirituales en la oración que él llama
“meditación para alcanzar amor” nos invita a contemplar las bendiciones y
bienes recibidos en la vida, para que de allí en respuesta brote la gratitud y el
deseo de “en todo a mar y servir”.
Para mí Venezuela, desde que llegué voluntario como joven novicio de 18
años, ha sido un don, un regalo de Dios lleno de sorpresas que al irlo abriendo
a lo largo de estos casi setenta años, se vuelve una continua lluvia de bienes
recibidos que alimentan mi respuesta agradecida. Personas y situaciones son
estímulos y motivos para “en todo amar y servir” como ciudadano de manera
creativa en la construcción de una sociedad que nunca es un edificio acabado.
Yo, como los demás jóvenes novicios, veníamos de por vida y nos enviaban con
el consejo de nacer de nuevo como venezolanos en respuesta a tanto bien
recibido.
En este HOMENAJE CIUDADANO ustedes me recuerdan mi identidad de jesuita
llamado a “en todo amar y servir” en la construcción de la CIUDAD, en esta
Venezuela que vivo como un don de Dios encarnado en tantas personas,
rostros y realidades, que motivan y dan sentido agradecido a la entrega de mi
vida.-
MUCHAS GRACIAS.
Luis Ugalde, SJ
Caracas, 26 de marzo de 2026