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Ídolos, guerreros, profetas, mesías

¿Y de qué aprovecharon a Alejandro tantas hazañas como hizo,
tantas riquezas que acumuló, tantas tierras que conquistó?

Nacimiento, hazañas y muerte de Alejandro de Macedonia, Anónimo, Venecia, 1750.

 

No cabe duda de que el más grande mito guerrero de la Antigüedad fue el de Alejandro Magno. La historia de aquél príncipe salido de una pequeña y apartada comarca balcánica para conquistar el mundo conocido sigue hoy excitando la imaginación veintitantos siglos después, al punto de que todavía en el año 2004 el inefable Oliver Stone le dedicaba una curiosa película. Cuentan los historiadores que Alejandro fue hijo del rey de Macedonia, Filipo ii, y se dice que su maestro fue nada menos que Aristóteles. A los 20 años heredó de su padre la corona y en poco tiempo los reinos del mundo conocido sucumbieron bajo sus armas. Decenas de ciudades llamadas “Alejandría” fueron fundadas en su honor y, gracias a él, el griego fue hablado desde Egipto hasta la India, haciendo realidad la utopía helenística de un imperio ecuménico. La leyenda le atribuye una fuerza, una inteligencia y una belleza excepcionales, así como innumerables matrimonios y romances con las más hermosas princesas de Persia, Fenicia o Capadocia. Plutarco cuenta que olía demasiado bien (“su cutis respiraba fragancia, y su boca y su carne toda despedían el mismo olor”), si bien el único amor que verdaderamente profesó fue el de la gloria. Para completar, como suele pasar con algunos bienaventurados, Alejandro murió joven, dicen que a los 33 años como Cristo, y su verdadera tumba permanece oculta a los arqueólogos, aunque sean muchas las ciudades que se disputan el honor de haber atesorado sus cenizas. Los historiadores están de acuerdo en que murió en Babilonia un 10 o un 11 de junio del año 323 a.C., es decir, hace exactamente 2344 años.

Hay que tener en cuenta que el mito de Alejandro no se construyó de la noche a la mañana. Más bien su leyenda se fue componiendo a lo largo de los siglos, y todavía en el Renacimiento escritores de toda Europa le dedicaban las más fantasiosas biografías, atribuyéndole nuevas e inverosímiles hazañas. Sin embargo, la construcción de este mito comenzó muy pronto, aún en vida de Alejandro, y no debemos asombrarnos de que en ello hubiera colaborado su propio protagonista. A. B. Bosworth, en su Conquest and Empire: the reign of Alexander the Great (Cambridge, 1988), dice que al final de su breve vida él mismo estaba ya convencido de su naturaleza divina, y recuerda que en los banquetes gustaba vestirse como el dios egipcio Ammón, con trajes púrpura y cuernos de carnero, y en otras ocasiones aparecía con el traje del culto de Hermes o de Ártemis. Sin embargo, el príncipe macedonio nunca ocultó su rendida admiración por quien consideraba el más grande de los guerreros míticos griegos. Todavía hoy se pueden apreciar entre las ruinas de Troya los templos y monumentos que Alejandro erigió a la memoria de Aquiles, incluso un pretendido mausoleo que hizo construir en su honor. Al macedonio le interesaba altamente ser asociado con el héroe, ser considerado su legítimo sucesor.

A la conseguida fama de sus dotes guerreras pronto se añadieron las más insospechadas formas de propaganda política, muchas veces camufladas bajo refinadas expresiones artísticas. Cientos de estatuas con la imagen idealizada de Alejandro se erigieron a lo largo del imperio, miles de monedas se acuñaron con su rostro, mientras que poetas componían himnos y panegíricos cantando su grandeza. Así, toda la maquinaria del poder estaba a la orden de lo que podría considerarse como la primera estrategia conocida de marketing político, hábilmente orquestada para glorificar la figura del macedonio, para enaltecer su imagen mítica y convertirlo en un ídolo, cohesionando el vasto imperio en torno a su figura. Más tarde, Roma también llegó a copiar algunas de estas astutas estrategias, llenando su imperio de estatuas para divinizar a sus emperadores, y hasta algunas escuelas filosóficas como la de Epicuro utilizaron estas mismas tácticas para glorificar a sus ilustres maestros. Numerosos historiadores, comenzando por Plutarco y Quinto Curcio, escribieron sobre su vida. Claude Mossé, en su Alexandre. Le destin d’un mythe (París, 2001), traza un camino que va desde el Roman d’Alexandre, que a su vez se remonta a la Vida y hazañas de Alejandro, la biografía novelada de Pseudo-Calístenes en el siglo III, hasta las novelas que le dedican Klaus Mann y Valerio Manfredi, ya casi en nuestros días.

En verdad que hoy contamos con medios bastante más sofisticados que aquellas viejas estatuas de mármol. Los avasallantes recursos de los medios impresos y audiovisuales, así como de las llamadas redes sociales, se muestran altamente eficaces a la hora de bombardear la cabeza de los ciudadanos, imponernos una determinada “matriz de opinión” y convencernos de las “razones” políticas más absurdas. Actualmente esas técnicas se encuentran ya más que estudiadas, y no debe extrañar que en la Latinoamérica de nuestros días hayan resultado extremadamente eficaces y políticamente rentables. Sin embargo, aunque ya sabemos bien lo complicado y oneroso que resulta construir un mito, desmontarlo es más bien sorpresivamente sencillo: con la verdad.

 

 

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