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Hay muchas películas que tocan el tema de la enfermedad terminal y cómo nos enfrentamos a ella. Lo sé porque he hecho algunas y precisamente mi última película, Tres adioses, va exactamente de eso: de cómo, cuando sabemos que nos queda muy poco tiempo de vida, la vida sabe y se vive de otra manera. 

 

Gibson pasó años intentando decir en sus versos que cuidarnos unos a otros no es un eslogan, sino lo único que queda cuando todo lo demás se desmorona

 

Come see me in the good light es un documental (se puede ver en Movistar) de Ryan White que recoge los últimos años en la vida de Andrea Gibson, que ya era un nombre en ciertos círculos: la poesía slam, los espacios trans y no binarios. White filma a Gibson y a Meg, su mujer, cuando el reloj se acelera, cuando el cuerpo de Andrea empieza a negociar con el tiempo. Cáncer terminal. La frase suena a veredicto, pero Gibson la convierte en otra cosa: en presente continuo, en risa, en ternura sin ternurismo. 

Megan Falley, la esposa de Andrea, tiene treinta y cinco años y está viendo morir a su pareja, pero apenas hay espacio para adentrarse en ese abismo particular. El filme avanza porque tiene que avanzar, porque la vida de Gibson avanza, porque no hay pausa posible. Uno querría detenerse en ciertos momentos –una conversación, un gesto–, pero White sabe que su trabajo no es hacer un inventario exhaustivo, sino capturar algo más escurridizo: cómo se vive cuando se sabe que el final está cerca. Y lo consigue. 

Lo curioso es que Come see me in the good light no es una película ni pomposa ni densa ni trágica. Debería serlo, en teoría. Pero Gibson no colabora con esa expectativa. No se derrumba, no filosofa sobre la muerte con solemnidad impostada. Andrea y Meg se ríen de sus manías, se besan, se abrazan, pasean con sus perros. La cámara las sigue y, de pronto, olvida por qué está ahí. O tal vez descubre por qué está ahí: no para documentar un final, sino para registrar cómo dos personas se sostienen cuando todo lo demás se tambalea.

La poesía de Gibson aparece en fragmentos, casi como ruido de fondo. Es una lástima, porque es justamente esa poesía –visceral, precisa, despiadadamente honesta– la que le ganó su lugar. Pero quizá el documental refleja algo que Gibson pasó años intentando decir en sus versos: que la vida se alivia con las personas que tenemos cerca. Que cuidarnos unos a otros no es un eslogan, sino lo único que queda cuando todo lo demás se desmorona.

White filma un amor que no pide permiso para ser ordinario. Gibson y Falley bromean, se molestan, se miran. No hay heroísmo ni martirio ni inspiración empaquetada para el consumo ajeno. Solo dos personas que han decidido que, mientras haya tiempo, habrá risas. El filme no construye un clímax porque la vida de Gibson no lo tiene: solo un apagarse gradual que ellas convierten en algo casi dulce. Se agradece que incluso el momento más épico del filme –la última actuación en vivo de Andrea–  no sea su culminación, sino una conmovedora antesala. 

Uno sale sin entender del todo la magnitud de Gibson como artista, pero sabiendo exactamente cómo era como persona. Tal vez eso era lo único que importaba filmar​​​​​​​​​​​​​​​​.​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​

 

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