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Jane Austen, Premio Nobel de Economía

Austen Jane - Wordsworth Editions

 

Hace unas semanas, y bajo el elocuente título de Céntimos y sensibilidad, el semanario The Economist dedicaba un largo artículo a la autora de Orgullo y prejuicio presentándola como una gurú de la economía. Como saben, en las últimas décadas, Austen ha trascendido su condición de gran escritora para convertirse en un fenómeno de masas. Miles de personas peregrinan cada año a Bath o a Chawton en busca de sus escenarios, sus paisajes, sus personajes. Alrededor de su obra se han escrito libros con temas tan diversos como la psicología según Jane Austen, la urbanidad según Jane Austen, el feminismo según Jane Austen, la vida sana, la gastronomía, el amor y otras muchas disciplinas. Cuando una autora o autor se convierte en un fenómeno social ocurren estas cosas, pero nunca pensé que vería una publicación económica glosando la clarividencia mercantil y monetaria de alguien que lo único que se propuso fue contar lo que veía a su alrededor con inteligencia y perspicacia.

Quienes conocen su obra saben que el dinero es casi un personaje más en sus novelas

 

Los que conocen su obra saben que el dinero es casi un personaje más en sus novelas. Tal es su omnipresencia que una de las formas que ella usa para describir a alguien es citar cuánto tiene de renta al año. Sus personajes menos pudientes, por ejemplo, como los padres de Fanny Price, parienta pobre protagonista de Mansfield Park, apenas alcanzan las cien libras. En el otro extremo de la escala tenemos al guapísimo Mr. Darcy, de Orgullo y prejuicio, que disfruta de una renta anual de 10.000 libras esterlinas (alrededor de dos millones de libras actuales). A pesar de esta omnipresencia, el dinero no tiene la última palabra en sus novelas. Pero, aun así, Austen deja claro que, si bien no es garantía de felicidad, el dinero es necesario. Hija de clérigo de la Iglesia de Inglaterra de escasos medios, educada esmeradamente, pero sin fortuna personal, sabía de la importancia del dinero. No solo a la hora de encontrar marido, única salida ‘profesional’ digamos de una mujer a finales del siglo XVIII. También, y sobre todo, para obtener y mantener respetabilidad social.

Pragmática en extremo, Austen no se hace trampas en el solitario. En su obra, amor y dinero están relacionados; lo demás no es literatura, sino novelitas rosa. Dicho esto, lo que más me ha interesado del artículo de The Economist son los paralelismos que traza entre las novelas de Austen y las teorías de los grandes de la ciencia económica. Por ejemplo, uno de sus personajes más villanescos, Fanny Dashwood, utiliza este argumento para conseguir que su marido le niegue la renta vitalicia a la que tenían derecho las protagonistas de Sentido y sensibilidad: «Querido: les beneficia muchísimo más que les hagas un regalo imprevisto de vez en cuando. Si ellas saben que van a recibir un dinero anual, gastarán más; por tanto, a la larga, no serán ni un penique más ricas».

Por increíble que parezca, la malvada señora Dashwood se adelantaba casi ciento cincuenta años a uno de los postulados del Premio Nobel Milton Friedman. Según él, «en situaciones difíciles, la gente ahorra, se administra y organiza bien. Pero si tienen la esperanza de recibir ingresos suplementarios, gasta más desordenadamente». Otra teoría esbozada por Austen que se cumple en economía es la siguiente. En su obra ella condena más a los avaros que a los pródigos y dilapidadores que se gastan lo que no tienen. Algo similar decía Nicholas Barbon, partidario del libre comercio. «La prodigalidad –escribió él– puede ser un vicio social, pero no es perjudicial para la economía. En cambio, la contención excesiva, sí. Si todo el mundo se conforma con la comida, la ropa o los enseres más baratos, no existiría la comida deliciosa, la ropa bella o los enseres excelsos». El artículo menciona otros varios ejemplos tomados de pasajes de las novelas de Jane Austen que remiten a las teorías de grandes economistas. Pero para quienes se sorprendan de cómo una mujer que murió a los 41 años, vivió modestamente y casi siempre de prestado, y ni siquiera conoció más mundo que el suyo inmediato, podía saber tanta economía, les contaré lo que una vez dijo Freud a propósito de esta clarividencia, llamémosla así. «Cuando tengo dudas sobre mis teorías –aseguraba él–, consulto la obra de artistas: la de escritores, poetas, pintores. Lo que ellos intuyeron, incluso hace miles de años, es lo que ahora se confirma como cierto». Esa es la magia del arte.

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