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Johnson insiste en romper el acuerdo del Brexit

Defender la violación de los pactos de la salida es una póliza de seguros frente a Bruselas

En febrero de 1942, ochenta mil soldados británicos, australianos e hindúes se rindieron ante el ataque de una fuerza japonesa que era apenas la mitad en la batalla de Singapur, debido a una combinación de incompetencia aristocrática, divisiones de origen racista, arrogancia y sentido inglés de superioridad. Churchill lo llamó “la mayor capitulación militar de nuestra historia”, y el desastre ha sido definido como “el día en que murió el imperio”. ¿Se encuentra el Reino Unido ahora ante un momento similar, pero en términos políticos? ¿Está a la vuelta de la esquina “el día en que murió el Reino Unido como una potencia respetada en la comunidad de naciones”?.

Esa fue la esencia del debate de ayer en la Cámara de los Comunes, en la segunda lectura de la ley de Mercados Internos introducida por Boris Johnson como un arma arrojadiza para forzar a la UE a hacer concesiones, y que viola aspectos fundamentales del acuerdo de Retirada del Brexit sobre Irlanda del Norte firmado hace solo unos meses. Nada menos que cinco ex primeros ministros –Tony Blair, Gordon Brown, David Cameron, Theresa May y John Major– han expresado su oposición, no sólo por la ilegalidad que significa, sino por el daño que está haciendo y puede hacer aún más a la reputación de Londres en el gran teatro de las naciones. Y a ellos se unieron el ex fiscal general Geoffrey Cox y una veintena de rebeldes tories de todos los colores, desde eurófilos a partidarios del Brexit, y hasta el Times de Rupert Murdoch en su editorial.

Si la Dodge City de la película de Errol Flynn y Olivia de Havilland es una ciudad sin ley dominada por un cacique y su banda de pistoleros cuando el ferrocarril llega a Kansas en 1866, Londres se ha convertido en una ciudad sin ley desde que Boris Johnson y su cuadrilla de euroescépticos dieron un golpe para desbancar a Theresa May en Downing Street, armados no con revólveres sino con algoritmos, mentiras y la manipulación más descarada de las redes sociales.

El Gobierno

Defender la violación de los pactos de la salida es una póliza de seguros frente a Bruselas

Johnson –que comparte apellido con el bandido de la ópera de Puccini La Fanciulla del West – ya suspendió ilegalmente el Parlamento, se enfrentó a los tribunales y engañó a la reina antes tan siquiera de conquistar su mayoría absoluta. Pero desde que ganó las elecciones es como un potro desbocado con su cabellera rubia erizada, empeñado en desmontar la BBC, el funcionariado independiente y cualquier cosa que se interponga en su objetivo de gobernar como un monarca absoluto. La oficina de su asesor Dominic Cummings es como un control central de la NASA, llena de pantallas llenas de datos, matrices, modelos matemáticos y bancos de memoria, que analizan en tiempo real las reacciones de los votantes a las situaciones políticas. Cuando el Gobierno ha metido la pata en la respuesta a la pandemia o en el caos de los exámenes de selectividad, ha culpado, por cómico que parezca, a las complejidades de un “algoritmo mutante”. Cualquier cosa con tal de no aceptar su responsabilidad.

En el eléctrico debate de ayer en el Palacio de Westminster, Johnson insistió en reservarse el derecho de incumplir los pactos del Brexit “para proteger la soberanía e integridad económica y política del país” y “asegurarse de que el Reino Unido no es roto por una potencia extranjera que no negocia de manera racional sino extrema y absurda, y pretende dictar cuáles son nuestras fronteras”. Lejos de dar marcha atrás en su amenaza de incumplir un tratado internacional, dijo que “todo el mundo debería respaldar mi propuesta, que tiene por objetivo ejercer presión a nuestros interlocutores y convencerles de que tienen que hacer concesiones”. La teoría de Downing Street es que Bruselas solo atenderá a razones cuando los lideres de los 27 vean las orejas al lobo y asuman personalmente las negociaciones, en vez de dejarlas en mano de Michel Barnier “y sus tecnicismos”.

El líder laborista Keir Starmer, un exfiscal, no asistió al debate porque una persona de su círculo puede tener el coronavirus y estaba a la espera de los resultados de un test. Lo sustituyó el exlíder del partido Ed Miliband, que destrozó los argumentos de Johnson con la rotundidad de un abogado defensor de película americana. “Un día nos dice que se trata de impedir que la UE imponga tarifas a las mercancías que viajen de Gran Bretaña a Irlanda del Norte, otro día que evitar que Bruselas dicte nuestra política en materia de subsidios, otro que es porque se romperían las cadenas de alimentación si no asumimos las normas de higiene continentales, al siguiente, que firmó los acuerdos de manera precipitada sin leer la letra pequeña. ¿En qué quedamos señores? Por primera vez en su vida, el primer ministro tiene que asumir responsabilidad por sus actos. Es lo que él firmó, y si es un fracaso, es su fracaso”. En su editorial, The Times , partidario del Brexit, desafía al Gobierno a demostrar su teoría de que los socios europeos están negociando de mala fe.

La oposición

Denuncia de la falta de responsabilidad del mandatario y del daño al prestigio del país

La hora de la verdad, el equivalente de la batalla de Singapur, no llegará hasta la semana que viene, cuando se voten las enmiendas a la ley de Mercados Internos, incluida una según la cual el primer ministro no podría violar los acuerdos del Brexit si no es con el apoyo del Parlamento. Ya fuera mediante el voto en contra o la abstención, numerosos diputados conservadores indicaron ayer que no pueden respaldar una legislación con la que el Reino Unido se convertiría en un paria de las naciones civilizadas y democráticas, destrozando una reputación fraguada durante siglos. A ellos se sumó a última hora el ex ministro de Interior y brexiter Sajid Javid, mientras el ministro de Justicia, Robert Buckland, admitía que “aún no hemos llegado al momento de romper la ley, pero si llega yo no podré suscribirlo”.

Johnson, igual que Trump, es un populista autoritario que evita el escrutinio y estimula el caos. La debacle de Singapur marcó el fin de la influencia británica en el sudeste asiático, y fue una estocada al imperio. La ley que el Gobierno defendió ayer en los Comunes, puede ser una banderilla de fuego a las negociaciones de un acuerdo comercial y de seguridad con la UE, a la paz de Irlanda del Norte y al prestigio de Gran Bretaña. El final de algo.

 

 

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