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Jorge Vilches: Inmunidad moral del sanchismo

«Mientras exista una ciudadanía dispuesta a justificarlo todo con tal de mantener a la derecha fuera del Gobierno, la corrupción no tendrá consecuencias electorales»

Inmunidad moral del sanchismo

     Ilustración generada mediante IA.

 

En cuanto sale un caso de corrupción de un partido, el adversario se lanza en cualquier tribuna a señalar al presunto delincuente. Se produce entonces el intercambio de insultos seguido del «y tú más», y los medios afines hacen hincapié en el caso que más moviliza a su público. La noticia alimenta el argumentario del feligrés como munición contra el otro, y se usa en discusiones corrientes y como disonancia cognitiva o calmante mental. Y hasta ahí su peso. La indignación no mueve un porcentaje significativo de votos a la abstención, ni provoca el trasvase hacia el rival.

No siempre fue así. La corrupción se ha castigado en las urnas hasta que el zapaterismo y el sanchismo llegaron al poder. Zapatero y Sánchez sustituyeron un programa de gobierno corriente por un plan de colonización del Estado para transformarlo en su beneficio. Esto ha exigido adoptar cualquier tipo de política que permita apartar a la derecha. Para que esto sea posible han polarizado la vida pública. Esta polarización ha cambiado la racionalidad por el sentimentalismo, esto es, ha llevado a priorizar los gestos y la movilización de las emociones por encima de la eficacia en la gobernanza. Más claro: da igual si una medida funciona o si los datos dados por Sánchez son falsos, porque lo importante es el impacto emocional del anuncio y el avance hacia la construcción de un régimen a su medida.

Desde el momento en que el programa se ciñe a apropiarse del sistema, no importa la estructura mafiosa de corrupción, ni las costumbres prostibularias de los ministros y sus amigos, ni el Hermanísimo, ni la esposa aprovechada, ni las mentiras. Nada de esto tiene suficiente peso como para que los feligreses del PSOE dejen de votar a los suyos. Para ellos es mucho más importante adueñarse del Estado y ponerlo al servicio de su ideología. Así, la democracia no la conciben como un modo pacífico de gobernarse donde existen contrapesos y normas para controlar al poder y mantener la libertad. En su mentalidad, la democracia es un instrumento para transformar la sociedad y el Estado a su conveniencia por encima del consenso y la responsabilidad.

De esta manera, el sanchismo se presenta como una forma estructural de corrupción y mentira sin castigo en las urnas. Al votante del PSOE le son indiferentes los casos Plus Ultra, Forestalia y demás. Lo verdaderamente importante para el sanchista es que la derecha no esté en el poder, y que la democracia no funcione como un sistema de expulsión del mal gobernante, sino como una coartada para avanzar en su proyecto partidista.

«La corrupción no quita votos porque el sanchismo ha impuesto una lógica distinta a la del control democrático del poder»

Zapatero y Sánchez han sacado así lo peor del PSOE: el alma totalitaria que solo quiere el poder para dictar a la sociedad su ideal «progresista», aunque sea a despecho de media España. No hay más que ver cómo han dejado el partido por dentro, qué periodistas eligen para que les defiendan en la televisión pública y otros medios, y qué ideas salen de Moncloa para distraer a la ciudadanía.

En esta tesitura, la corrupción no quita votos porque el sanchismo ha impuesto una lógica distinta a la del control democrático del poder. Ya no operan los incentivos propios de un sistema representativo, sino que prima el sectarismo más vergonzoso ejecutado por mediocres que jamás debieron llegar tan alto en la política. Por eso, mientras exista una ciudadanía dispuesta a justificarlo todo con tal de mantener a la derecha fuera del Gobierno, la corrupción seguirá siendo un ruido de fondo sin consecuencias electorales. Y mientras esos electores sigan considerando que el Estado es un instrumento de ingeniería social y no una institución neutral al servicio de todos, los escándalos serán asumidos como daños colaterales del proyecto, no como un síntoma de descomposición.

 

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