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Juan José Monsant A.: El fuego robado

La reacción parecía desmedida, pero allí estaba, lo repetía con fuerza inusitada, aunque denotaba cierta sorpresa, como si no fuera posible entender, lo que parecía una perogrullada. Más sorprendido estaba yo, que tomaba como broma la indignación del amigo tenido como sosegado y frio, en sus análisis políticos o situacionales.

Solo le comenté que la carta de la actriz y comunicadora social Erika de la Vega respondiéndole, con una lógica digna de un Carlos Fuentes, a esos venezolanos iracundos de Miami los insultantes epítetos que le endilgaron, por haber aseverado en una entrevista que la opción lógica sería la de Joe Biden, había sido una respuesta digna de analizar desde el punto político y ético. Le dijeron de todo, lo menor fue instarla a regresar a Venezuela, que era una vendida socialista, etc., no le dijeron fea, porque nadie se lo iba a creer.

Ella, hija de fugados cubanos en busca de libertad y dignidad, perdidos familiares en manos de la tiranía de los Castro, les respondió en un concienzudo y emotivo comunicado: “En 1999 le dábamos palo al gobierno de Chávez en la televisión, en un programa a las once y media de la noche llamado Ni Tan Tarde, le dimos la cara al gobierno, mientras muchos otros aplaudían o guardaban silencio.” En aquel entonces le cerraron el programa, amenazaron y persiguieron. Hoy, está fuera de su país. “Nos habían recomendado que bajáramos un poco el tono, que tratáramos de llevar el humor hacia otro lado. Seguimos. No había opción. Desde la radio hasta El Helicoide denuncié los abusos de poder… Salí escupida del país, en mi historia se repetía la historia de mi familia… No le debo nada a la revolución bolivariana. Ni siquiera el cupo de CADIVI. Chavista ni fui, ni soy, ni seré”.

Lo que despertó la furia de tantos venezolanos y cubanos fue: “Me preocupa su incapacidad (la de Trump) de respetar las reglas en un debate, su grupo armado puesto en “stand by” en espera de los resultados de unas elecciones que desde ya no pretenden reconocer, su intención de ir por un tercer período, sus ataques al sistema de votación, entre otras cosas. Todo lo anterior me suena conocido. Y si a algún venezolano, esto no le hace ruido es porque quizás está recordando a conveniencia”.

Las citas son necesarias para intentar comprender las iracundas reacciones a su comentario electoral, a lo menos para quienes están atrapados sin destino en el territorio venezolano. Eso de despertarse cada día, tras día, como cualquier Prometeo condenado a repetirse y repetirse en la incertidumbre si vivirá un día más, si podrá alimentarse, encontrar la medicina imprescindible, la gasolina para trasladarse, sin gas, electricidad, agua; no saber a quién ni dónde recurrir porque no existen instituciones, ni autoridad para prevenir o reprimir el delito, donde en muchos barrios se debe recurrir al jefe de la pandilla local por ausencia de autoridad pública honesta y eficiente; ni obtener un documento de identidad, ni contar con medios de comunicación independientes, ni internet, no solo es frustrante, indignante, desesperante, sino desquiciante en lo sicológico, espiritual y material.

Si a ello se suma la ausencia de una oposición creíble, honesta, testimonial y audaz, capaz no solo de resistir los embates de la tiranía, sino de generar confianza  en la posibilidad de su erradicación, se comprende cómo el náufrago se adhiere a una tabla flotante, la perspectiva que ofrece la esperanza de un guerrero llegado de afuera, para rescatar una nación cuyo único destino pareciera ser su disolución; aun si esa perspectiva constituye una antinomia, tal como lo expone  en  su incuestionable conclusión, nuestra recia comunicadora.

 

 

 

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