Karina Sainz Borgo: Algo se derrumba
En España todo aparece roto y apilado, condenado a la postergación

Hace una semana busqué en el archivo tres portadas de ABC. La primera, del 31 de octubre de 2024, muestra una calle de Paiporta con decenas de coches amontonados tras la riada. El barro cubre el asfalto y las fachadas. Varias personas caminan entre los restos. Un titular en blanco, ‘Dana mortal’. Debajo se especifica que ha habido al menos cien muertos. Le segunda, de 29 de abril de 2025, muestra a una multitud de personas de espaldas, apiñadas en una estación de metro casi a oscuras. El titular, ‘Gran apagón’, alude al corte eléctrico que afectó a España durante más de 24 horas. Algo en la imagen transmite una atmósfera de incertidumbre y espera. Una sociedad detenida, reunida en la oscuridad. La tercera corresponde al descarrilamiento de dos trenes, un Iryo y un Alvia, en la ruta Madrid-Andalucía, a la altura de Adamuz, con varios vagones volcados sobre la vía y equipos de rescate trabajando entre los restos. La escena está iluminada por focos en plena oscuridad, lo que acentúa la gravedad del accidente. El titular ‘Tragedia ferroviaria en Córdoba’ encuadra la imagen. Hasta ese momento se manejaba una cifra de 21 fallecidos que acabó ascendiendo a 45.
Quince meses y dos semanas separan la primera de la tercera portada. Todas muestran escenarios de colapso –climático, energético y de infraestructuras– en los que la normalidad se interrumpe bruscamente. No hay épica ni heroísmo: predomina el desorden. Multitudes, vehículos, trenes; apilados siempre todos los elementos, condenados a la postergación y la espera. En ninguna de las tres aparecen autoridades ni soluciones, solo ciudadanos y destrozos. En conjunto, las portadas dibujan una imagen de fragilidad estructural: una sociedad que, ante determinados fallos, queda expuesta, paralizada y dependiente de fuerzas que no controla. Las tres fotografías son rotundas. Hablan justamente gracias a aquello que no aparece. Su halo de desamparo se amplifica en las distintas formas del desastre. Son hechos extraordinarios, aunque demasiado cercanos en el tiempo como para no aludir a un patrón. Algo colapsa y así permanece, en desesperante postergación y espera, congelado en el tiempo como prueba del desmoronamiento. ¿Qué es lo que se viene abajo exactamente?, ¿las comunicaciones?, ¿el sistema eléctrico?, ¿la capacidad de respuesta oficial?, ¿la previsión y mantenimiento gubernamental? ¿Qué une un hecho con otro, además de ocurrir en un mismo país y de tener en común falta de previsión o diligencia como principal causa? España lleva más de tres años sin nuevos Presupuestos. Hasta el momento, ha funcionado con los de 2023 prorrogados. En una misma legislatura han fracasado varios intentos: en 2023 no hubo apoyos para presentarlos, en 2024 se retiraron por falta de mayoría y en 2025 se renunció a intentarlo. La causa común ha sido la fragmentación del Congreso y la ausencia de una mayoría estable. La falta de un pegamento, de una causa o un bien común, precipita el fracaso colectivo por las riñas ideológicas o identitarias que impiden el conjunto. Algo se fragmenta. Se derrumba. Se rompe.
