Karina Sainz Borgo: Culpable, sin más
Las excarcelaciones del régimen bolivariano no allanan el camino a la justicia

Josef K. tiene 30 años y trabaja en un banco. Vive en una pensión y mantiene una vida ordenada, casi rutinaria. No es un disidente ni un rebelde, ni siquiera se opone al sistema. Una mañana, Josef K. es arrestado sin saber por qué. Se le acusa de un delito que ignora y que nadie le explica. No lo encierran en una celda tradicional; lo dejan continuar su vida mientras un proceso invisible avanza en su contra. Él cree que se trata de un error. Que todo acabará aclarándose tarde o temprano. Sin embargo, a medida que intenta defenderse, descubre que el tribunal es opaco, laberíntico y omnipresente. Las audiencias y vistas judiciales en su contra se realizan en unas buhardillas sofocantes. No hay reglas claras.
Agotado y despojado de orgullo, Josef K. no entiende su condena, pero tampoco logra sostener su inocencia con convicción. Muere sin haber sabido jamás de qué se le acusaba, y lo hace con una sensación de vergüenza que parece sobrevivirlo en quienes lo leemos hoy. Este es, a grandes rasgos, el argumento de‘El proceso’.Franz Kafka escribió el borrador de este texto entre 1914 y 1915. Han pasado más de cien años desde entonces. Quizá en vano.
Hoy, en el año 2026, en Venezuela, más de quinientas personas permanecen todavía encarceladas, según cifras ofrecidas por la organización Foro Penal. Muchos de ellos acusados de delitos que desconocen. Los torturan, los vejan, los incomunican, los machacan. A ellos y a sus familias. Como a Josef K., a las madres, los padres, hijos, hijas, hermanas y hermanos de todas esas personas las encarcelan por dentro.
Después de la llamada ley de Amnistía para la Convivencia Democrática promulgada y puesta en marcha desde finales de febrero de 2026 por el régimen presidido por Delcy Rodríguez, se han registrado al menos 109 excarcelaciones de presos políticos. Salen a la vida, despojados de ella, hombres y mujeres triturados por sus captores. Es una vergüenza y un abuso que quieren hacer pasa por dádiva.
Las excarcelaciones de las que se jacta el régimen están plagadas de obstáculos administrativos y judiciales. Predominan las trabas para la tramitación de solicitudes. Incluso excarcelados, los presos del régimen bolivariano son gente muerta en vida, personas obligadas a atravesar el inframundo. Al igual que el personaje de Kafka, muchos terminaron en ese infierno por las razones más insospechadas. Ese fue el caso de Ángela Expósito, una venezolana dedicada a la labor de protección de animales. Ella cuidaba los perros de personas perseguidas políticamente cuando fue arrestada sin orden judicial, en 2018. Fue vinculada al supuesto atentado con drones contra Nicolás Maduro, aunque distintas organizaciones denuncian falta de pruebas. La lógica del régimen bolivariano, como la de Kafka, es implacable a la vez que incomprensible. No conoce la justicia. En realidad, la aborrece y por eso, cada vez que puede, la ultraja.
