Karina Sainz Borgo: Lo del Nobel y Machado
Esta mujer merece, como mínimo, respeto
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Donald Trump está creando un mundo inédito. Vergonzante, impúdico y matonil de su parte, pero también por parte de quienes lo adversan. Despierta lo peor de cada quien. La visita de María Corina Machado a la Casa Blanca ha desatado expresiones vejatorias de todo tipo. Una parte de la prensa española ha censurado a Machado con una severidad que hasta ahora no he visto contra Delcy Rodríguez –sancionada por violación de los derechos humanos– o Nicolás Maduro, responsable él también de un régimen de corrupción y terror. La entrega de la medalla del Nobel de la Paz a Trump por parte de Machado es un amargo peaje, la demostración de que el presidente estadounidense ejerce un liderazgo colérico, megalómano y narcisista. Sin embargo, esa cesión, que tanto ofende y escuece –porque es verdad, escuece– es apenas simbólica para quien se ha jugado el pellejo. María Corina ha sufrido hostigamiento, amenazas, persecución a su entorno e inhabilitación política, además de un incidente grave durante un traslado hacia Noruega que puso en riesgo su vida. El régimen de Maduro intentó de todo para silenciarla. Esta mujer merece, como mínimo, respeto.
Ofende a determinadas personas que María Corina Machado entregara a Trump la medalla del Nobel, pero no les escandaliza que fuese Donald Trump quien hubiese montado una pataleta por no haberlo recibido él. Para quien se lo ha jugado todo, como María Corina Machado, el Nobel es poco con respecto a la posibilidad de una transición democrática en un país sometido durante 26 años a la corrupción y la dictadura. El acto de entrega, decidido por ella misma, es el símbolo de lo que las obcecaciones de Trump representan. Que él sea un abusador no da motivo para convertir a María Corina Machado en esparrin de la izquierda más complaciente con el madurismo y con cuanta satrapía esté dispuesta a financiar sus condumios.
Donald Trump encarna al emperador desquiciado que nombra cónsul a su caballo, al matón que desaloja a otro de su calaña y al abusador que desea salirse siempre con la suya, aunque suyo, realmente suyo, no sea nada en el concierto global. Conviene recordar el acoso y vapuleo que escenificaron Trump y Vance contra Zelenski, el presidente de Ucrania, un país invadido y masacrado. Ocurrió el año pasado, cuando intentaron obligarlo a aceptar una paz defectuosa a cambio del latrocinio y ante la jactancia de sus falsos redentores. Nadie puede mostrarse agradecido cuando lleva encajada en la frente una corona de espinas. No existe ser humano infalible cuando se lo está jugando todo.
Este ‘modus operandi’ de ‘imperio a imperio’ y sin intermediarios de Trump ha dejado en evidencia la crisis política, económica, moral e ideológica que encarna su gestión, el desmantelamiento de la democracia en América y en la propia Europa, pero, todavía mucho peor que eso, lo que Trump despierta demuestra que existen quienes apedrearían a una víctima por el sólo hecho de adversarla ideológicamente. Lo del Nobel es apenas la capa superficial de una enfermedad más profunda.
