La civilización en llamas
«No sólo arden los bosques. Hay también una combustión moral: arden las ideas, los valores, las instituciones»

Los bomberos luchan contra las llamas en Zamora. | EFE
Schopenhauer y Nietzsche fueron, cada uno a su manera, pirómanos y desplegaron un pensamiento que no se contentaba con reorganizar la leña húmeda de las viejas ideas, sino que arrojaba cerillas a todo el edificio moral de su tiempo. Schopenhauer, considerado por Maupassant «el mayor destructor de sueños que haya pasado por el mundo», encendía fuegos lentos, de leña gorda y resinoso pesimismo: la vida como voluntad ciega, el mundo como un taller que no se puede clausurar y cuyo único descanso posible es la extinción. Nietzsche, en cambio, era un incendiario diurno, de esos que prenden hogueras en plazas públicas: dinamitaba a Dios, abrasaba la moral de los esclavos, reducía a cenizas la ilusión de una verdad objetiva. Entre ambos hicieron arder buena parte de la metafísica heredada, dejando un horizonte ennegrecido que dio lugar a pensamientos como el de Heidegger.
Y mientras estos dos pirómanos de la conciencia trabajaban en sus escritos, Europa ardía de verdad. No por el genio febril de los filósofos, sino por obra y gracia de un incendio más lento y devastador: la gran deforestación decimonónica. La desamortización de tierras y la Revolución Industrial fueron la gran piromanía económica. No se trataba de hogueras simbólicas sino de incendios prácticos: montes talados, bosques reducidos a carbón vegetal, selvas templadas transformadas en pastos para ovejas o en travesaños para el ferrocarril. La mano invisible del mercado, tan adorada, resultó ser una mano con mecha y antorcha. Allí donde los leñadores no llegaban, llegaba el fuego «accidental», que coincidía misteriosamente con intereses agrarios o mineros.
Fue una época en la que los incendios eran a la vez reales y metafóricos. Las ciudades ardían de industria febril, los campos ardían por la codicia, y las conciencias ardían con la noticia de que Dios se había ausentado del universo. Schopenhauer y Nietzsche talaban certezas, y el bosque mental de Europa (con sus altos cipreses platónicos, sus viejos robles escolásticos, sus pinos cartesianos y sus largos abetos hegelianos) fue clareado hasta quedar irreconocible. Donde antes había sombra y espesura, quedaban claros pavorosos en los que ya no habitaban los dioses del lugar sino las máquinas de vapor y la lógica positivista, que Heidegger vinculaba a la esencia misma de la técnica, a su ideología intrínseca.
Los incendios no cesaron. Las guerras mundiales quemaron ciudades enteras, reduciéndolas a ceniza. La piromanía pasó de la mano del leñador al piloto de bombardero. Filosóficamente, la llama existencialista prendió en los años posteriores: Sartre y Camus arrojando gasolina sobre las nociones de destino y sentido, invitando a habitar un mundo sin salvación posible. Mientras tanto, Hiroshima y Nagasaki fueron la pirotecnia más obscena de la historia: no ya un bosque ardiendo, sino la misma atmósfera habitada por la luz de la desintegración.
En la segunda mitad del siglo, las llamas no fueron más discretas. Ardían las selvas tropicales para abrir paso a la ganadería intensiva, ardía el petróleo en los motores de la prosperidad, ardían las banderas en las protestas estudiantiles. Y, de fondo, ardían las últimas reservas de confianza en que el progreso sería algo más que destrucción.
«La democracia se quema desde dentro con discursos que estimulan la polarización y el fuego»
Hoy, la piromanía se ha vuelto total. No sólo arden los bosques del Amazonas, de Siberia o de Zamora cada verano. Arde el aire con el calor extremo de un clima colapsado; arden las ciudades bajo techos que no refrescan; arden los polos en su lento deshielo. Y junto a esa combustión física, una combustión moral: arden las ideas, los valores, las instituciones. La mentira, convertida en material inflamable, se propaga en chispas virales que recorren las redes sociales. La democracia se quema desde dentro con discursos que estimulan la polarización y el fuego. La esperanza, esa vieja madera noble que sostenía el porvenir, está seca y al tocarla se pulveriza.
El pirómano contemporáneo no es ya un filósofo solitario, ni un empresario maderero, ni siquiera un dictador con ansias de gloria. Es un sistema entero, un modo de vida que necesita quemar (bosques, combustibles, vínculos humanos) para mantener su velocidad de crucero. La mecha ya no está en una mano: está incorporada en la cadena de producción, en los algoritmos de consumo, en la lógica de lo inmediato. Como decía antaño Anders en La obsolescencia del hombre, nadie es responsable de nada y es la estructura la que manda.
Vivimos en un tiempo en que las metáforas del fuego han dejado de ser retóricas para volverse literales. Decir que «todo arde» ya no es una licencia poética: es una descripción técnica. Y sin embargo, como ocurre con todo incendio prolongado, nos hemos acostumbrado al crepitar, a la luz rojiza en el horizonte, al olor de madera muerta en el aire. Los grandes filósofos del XIX creían que quemar las viejas ideas abriría espacio para lo nuevo. La historia parece haberles dado la razón en un sentido irónico: el espacio se ha abierto, pero lo nuevo no llega; sólo llegan más llamas.