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La Copa del Mundo no tapa a Qatar, lo expone

La gente pasa por delante de un mural de fútbol en las paredes de la Villa Cultural de Katara antes de la Copa Mundial Qatar 2022. (John Sibley/Reuters)

 

Alejandro Wall es periodista argentino especializado en deportes. Es columnista de ‘Pasaron cosas’, por Radio con Vos, y coconductor de ‘Era por abajo’. Ha publicado cuatro libros deportivos.

 

Si alguien nos preguntara ahora para qué vamos a esta Copa del Mundo podríamos decir que vamos a ver el mejor fútbol posible. Lo que se conforma en ese territorio de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) es un parque de diversiones futbolístico. Funciona en el lugar, pero también por televisión. Fútbol, fútbol, fútbol. Aunque la vida se digitalizó, en Argentina mantenemos la costumbre de tener el fixture (calendario) en papel —el cual todavía reparten algunos comercios como forma de publicidad— y con él seguimos nuestra rutina, el día a día; nos ordenamos los horarios, las reuniones, los encuentros con amigos, las citas con futuras parejas. El Mundial lo consume todo, nos consume. En una ocasión, de esas que ocurren cada cuatro años, el escritor uruguayo Eduardo Galeano puso un cartel en la puerta de su casa de Montevideo: “Cerrado por fútbol”. Al cabo de un mes se dio cuenta que desde su sillón había visto —jugado, dijo él— 64 partidos.

 

Pero no es solo fútbol. Todo Mundial es político. O todo Mundial es geopolítico. Se juega en el terreno de lo real, lo simbólico y lo imaginario. Qatar 2022 es el primer Mundial en Medio Oriente, el primero que se organiza en un país árabe; un rincón del Golfo Pérsico con algo más de dos millones y medio de habitantes, la mayoría de ellos inmigrantes, levantado sobre una de las más grandes reservas de petróleo y gas natural del mundo, y sin ninguna tradición futbolística. ¿Cómo llegó la pelota hasta acá? “Sólo se puede especular con lo que Qatar tiene. No tiene problema con una cosa y eso es dinero”, dice el periodista alemán Thomas Kistner, autor del libro FIFA Mafia, en el extraordinario documental FIFAGate, por el bien del fútbol que se puede ver en YouTube.

 

Estados Unidos perdió aquella votación el 2 de diciembre de 2010 y una herida quedó abierta. El FBI (Buró Federal de Investigación) hizo su ingreso a escena. Fue el aleteo de la mariposa que movió toda la estructura del fútbol global, lo que destapó el mayor escándalo de corrupción de la historia del deporte. La FIFA voló por los aires.

 

Por fuera de laacusaciones de reparto de sobornos para quedarse con la sede, de las intrigas palaciegas y los intereses económicos que ayudaron a conseguir votos, hay otros asuntos urgentes —y debe haber más— en Qatar. Los derechos de las mujeres, una legislación qucastiga las relaciones entre personas del mismo sexo, con funcionarios que hablan de “daño mental” cuando se refieren a la homosexualidad, y un sistema laboral, la kafala, que ayudó a levantar seis estadios desde cero y a remodelar otros dos a puro lujo en solo una década. Todo bajo temperaturas que en verano pueden llegar a los 50º celsios, sumado a los efectos de la humedad. Tan extremo es el calor que movió la fecha mundialista de junio-julio hacia noviembre-diciembre.

 

No se podía jugar al fútbol, según los organizadores, pero sí trabajar. Entre vómitos, narices que sangran, fuertes dolores de cabeza y eventuales problemas renales, la cantidad de muertes entre trabajadores migrantes —en su mayoría provenientes de India, Bangladesh y Nepal— aún resulta difícil de determinar. Muchas figuran por “paro cardíaco”, como algo aislado, como si no tuviera nada que ver el trabajo.

 

Un reportaje de la revista Time en su última edición relata estas historias. Cuenta cómo la kafala, un sistema de patrocinio que se extiende por otros países de Medio Oriente, tuvo que ser eliminada en Qatar por la presión que ejercieron organismos internacionales hacia la FIFA. El Mundial obligó a modificar leyes laborales, determinar salarios mínimos, mayores tiempos de descanso, zonas frescas y mejores condiciones. Aún resulta insuficiente pero el Mundial produjo un avance en Qatar respecto a lo que sucede con otros países del Golfo y puede ser pionero en la región.

 

No es solo la kafala, tampoco es solo el Mundial. Lo que está en juego es quizá el futuro del trabajo al aire libre, bajo un sol tremendo, en regiones de altas temperaturas y en un contexto de calentamiento global que todo lo empeora. ¿Y si Qatar marca un camino para los derechos laborales y organización con calores extremos? Estos cambios, además, tienen sus grietas. Requieren más controles y también más poder y organización para que los trabajadores puedan defender sus derechos ante las empresas, algunas de ellas de origen europeo. Es el capitalismo. Tampoco son nuevas las muertes en la construcción de estadios. Brasil tuvo las propias cuando organizó el Mundial 2014.

 

Qatar, un país musulmán, con su ley islámica, quiere mostrarse al mundo y quiere que el mundo lo acepte como es. Pero eso también tiene sus costos. Lo que se denomina sportwashing, el intento de usar el deporte para limpiar la imagen de un país o un gobierno, no siempre funciona. En ocasiones, genera efectos contrarios. La dictadura argentina de 1976-1983 intentó con el Mundial de 1978 tapar sus crímenes de Estado, las torturas y los desaparecidos, pero fue ese Mundial el que abrió las puertas a la prensa internacional, a que las Madres de Plaza de Mayo pudieran ser escuchadas. No fue automático, pero un año después una comisión de la Organización de Estados Americanos estaba en el país para tomar denuncias contra el régimen. Solo hay que mirar el último Mundial, Rusia 2018, el final con invasión de campo de las Pussy Riot, y ver el escenario actual. Invasión a Ucrania y suspensión generalizada de atletas y equipos rusos.

 

Los Mundiales abren las venas del país organizador. Pero también son espejismo, un Estado FIFA donde todo queda suspendido por un tiempo. Habrá expresiones desde la comunidad LGBT+, es probable. De hinchas y jugadores. Con todas esas condiciones, entonces, si alguien nos preguntara de vuelta a qué vamos a esta Copa del Mundo, podríamos decir que vamos a romper algunas barreras. El fútbol, aún en su costado de negocio, a veces da espacios que otros lugares no. Vamos a mirar sin nuestros prejuicios occidentales, lo que no significa relativizar. El Mundial nos consume pero la vida sigue. No se trata solo de Qatar, se trata también de nosotros. Y sobre todo de lo que venga después, de lo que deje el Mundial.

 

 

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