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La derechita diván

Lo que esa derecha empieza a comprender ahora es que del PSOE no se vuelve. Como de algunos infiernos. Como de ponerle los cuernos a tu mujer. Como del fentanilo

La derechita diván

                                                     (Ignacio Gil)

 

Como no cae el sanchismo, aparece en los días de resaca electoral esta derecha de diván de psiquiatra que no entiende nada y balbucea ante el doctor, con lágrimas e hipo, cómo es posible que la gente siga votando al Partido Socialista con la que está cayendo. Se quitan de Twitter, empujan el columpio del nieto y retoman aquel hobby olvidado porque han decidido que España está como las maracas de Machín y que ya no merece la pena prestarle atención. Les duele España por la parte de aquí.

Vivimos el eco desilusionado de aquel 23-J en el que el antisanchismo comprendió que la vida no era de color de rosa y que Sánchez no se iba a poner como el sol cuando atardece. Ahora que la coalición PP-Vox ha ganado las elecciones en Castilla y León, la derecha sigue pidiendo las sales porque hay gente que continúa votando al PSOE pese al perfume de pachulí, las mordidas, los enchufes, el desastre de gestión, el atraco fiscal y una política internacional en la que España parece alineada con algunas de las peores bandas del planeta. Y con un candidato de un tributo a los Beach Boys en los sanjuanes de Soria.

Lo que esa derecha empieza a comprender ahora es que del PSOE no se vuelve. Como de algunos infiernos. Como de ponerle los cuernos a tu mujer. Como del fentanilo. El sanchismo ha mutado una política de conveniencia, de matices y de discusiones más o menos razonables en una creencia en el líder supremo. Y las creencias no se abandonan.

No es que haya gente que siga votando a Sánchez pese a los escándalos, pese a que se hayan robado hasta los albornoces de los hoteles o a que se hayan pagado con dinero público los sueldos de amantes y otras partidas prostibularias que debían dedicarse a arreglar infraestructuras. No es que lo voten pese a haber pactado, blanqueado o justificado a quienes vienen del terrorismo. Es que lo votan precisamente por eso. Si Sánchez pusiera de vicepresidente a Txeroki con vestido y el flequillo de Yolanda Díaz en los Oscar, seguirían votándole.

Porque de sostener que Ayuso mata más que ETA, que es el clima político en el que se mueve hoy el PSOE, no se regresa. Y ese es el cemento con el que se sostienen todos los regímenes más o menos autoritarios. Admitir que el líder es un miserable significa aceptar que uno también lo ha sido, y a estas alturas el sanchismo no está para exámenes de conciencia. Así permanece en una especie de cuarta dimensión política, una alucinación de cabestrillos demasiado elaborada como para abandonarla. Permanecerán ahí hasta que pierdan las elecciones, cosa que probablemente sucederá en las próximas generales.

El PSOE ha convertido a sus votantes en jugadores que no pueden levantarse de la mesa, porque hacerlo supondría aceptar la ruina. Pero la derecha debería entender algo más sencillo: aunque el PSOE se haya merendado a la izquierda de la izquierda, sigue sin tener suficientes votos para gobernar. Y ya es hora de que la derecha lo entienda y se quite de una vez esta bajona que le entra incluso cuando gana.

 

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