La hora de Ayuso
«Estamos ante el animal político más destacado de España desde Felipe González. Donde va, genera noticia y polémica. No deja a nadie indiferente»

Isabel Díaz Ayuso. | Europa Press
Dejemos de lado la picaresca –es decir, que la moción de censura que trajo el primer Gobierno de Pedro Sánchez fue para combatir la corrupción y que su ponente fuera José Luis Ábalos– y centrémonos en la promesa del PSOE de convocar elecciones inmediatas, tras aquel cheque en blanco que 176 diputados le otorgaron a Pedro Sánchez, habiendo viajado de Ferraz a Moncloa sin pasar por elecciones y sin ser diputado electo.
Una vez instituido el gabinete, como ampara el Artículo 113 de la Constitución española, nada lo obligaba de manera legal a cumplir su palabra. Y desde luego que no lo hizo. Por el contrario, usó su Gobierno no electo, pero legal, amparado en los sólidos presupuestos del Gobierno de Rajoy, para hacer un año de propaganda que incrementara el piso electoral que el propio Sánchez había dejado en la penosa cifra de 85 diputados de 2016, que hoy se mantiene estable en los 120/125 diputados y que difícilmente bajará.
Pedro Sánchez usa el gasto social como arma electoral (sin importarle el nivel de endeudamiento), tiene un aparato mediático a su servicio (público y privado) y controla los tiempos de unas futuras elecciones. La oferta de trabajo público es otro instrumento de su poder. Además, ha logrado subordinar, de manera paralegal, poderes e instancias que deberían ser neutrales, lo que le da un margen de maniobra inusitado (presidencia del Congreso, presidencia del Tribunal Constitucional y Fiscalía del Estado, por citar tres de las más graves). Sabe, además, que sus aliados nacionalistas seguirán a su lado. Lo necesitan y se retroalimentan, aunque todos ellos mientan a su electorado. Han obtenido casi todo a cambio exclusivamente del voto de investidura en noviembre de 2019. Si la izquierda neocomunista implosiona por fin, fiel a su celo cainita, esos votantes nunca irían a la bolsa de la derecha, antes engrosarán las filas del PSOE.
La desaparición de Ciudadanos, que pasó en abril de 2019 de 57 diputados a 10 en noviembre de ese mismo año, y un PP con un liderazgo en construcción, después autoinmolado, más los ecos del procés, crearon las condiciones del sueño del PSOE desde Zapatero de dividir el voto de la derecha, como sucede con la izquierda entre comunistas y socialdemócratas desde las primeras elecciones democráticas de España.
Vox, flagelo retórico del Gobierno, incluidas sus dos esperpénticas mociones de censura, es su mejor aliado. Le da la única munición de sus almacenes retóricos que no es de salva: alertar sobre el peligro de la extrema derecha, que es un peligro real, como enseñan Viktor Orbán en Hungría y Donald Trump en Estados Unidos. También crea un cordón sanitario en torno al PP, que necesita a Vox para gobernar a nivel municipal y autonómico, pactos que imposibilitan cualquier otro acuerdo con cualquier otro partido.
El PP no puede competir con Vox en dureza en varios temas (migración, nacionalismo periférico, rol en Europa), porque alejaría el voto centrista, todavía mayoritario en España, que, o bien es del PP desde la absorción del votante de Adolfo Suárez, o bien está dispuesto a votar al PP con tal de sacar a Sánchez de la Moncloa, pero nunca a costa de acercar a Vox al poder. La única salida de Feijóo, descartada la mayoría absoluta, es obtener más votos que todos los demás partidos que avalaron a Sánchez y así solo depender de Vox para la investidura y, desde el poder, reconducir la nave en espera de una recompensa electoral mayor. Sensatez, concordia, buena gestión. Un presidente de estabilidad tras el tsunami Sánchez.
«Si pierde las próximas elecciones, Feijóo no solamente desaparecerá de la política activa, sino que dejará a España en una situación comprometida»
Pero, no tiene la solidez intelectual para planear cara a la hegemonía cultural de la izquierda, en temas como la memoria histórica, la igualdad ante la ley de mujeres y hombres o los excesos de la ideología trans en los adolescentes. Tampoco tiene la firme convicción personal que requiere luchar contra las trampas del nacionalismo periférico. En el fondo de su alma, hay un galleguista a lo Castelao, moderado y prudente. Ha sabido unir a su partido en tiempos convulsos, pero no tiene la presencia pública que el desastre de Sánchez requiere. No ilusiona ni seduce, algo fatal en la era TikTok, y sólo puede ganar si los astros se alinean.
Si pierde las próximas elecciones, Feijóo no solamente desaparecerá de la política activa, sino que dejará a España en una situación comprometida de verdad, incapaz de resistir cuatro años más de Pedro Sánchez, sin dañar su democracia de manera irreversible o su ya mermado prestigio internacional.
Hay, sin embargo, otra alternativa: ¿y si la candidata del PP fuera Isabel Díaz Ayuso? Estamos ante el animal político más destacado de España desde Felipe González. Donde va, genera noticia y polémica. No deja a nadie indiferente. Tiene instinto y carisma. No rehúye un debate y arrasa en redes. En su hoja de logros está haber dejado fuera de la política al leninista Pablo Iglesias y haber desnudado la toxicidad de Teodoro García Egea (aunque se llevara entre las piernas a un interesante Pablo Casado). Igual suerte parece que va a correr el fiscal general del Estado. Si fuera hombre, sería hace un lustro el líder nacional del PP.
El Gobierno en Madrid es su mejor acto electoral. Encabeza todos los rankings económicos (inversión extranjera, renta per cápita, ocupación) con la más baja fiscalidad y la más alta solidaridad intercomunitaria. Y sin menoscabo de los servicios públicos, como demuestra la sanidad madrileña, a la cabeza de España y de Europa. La política de puertas abiertas a la migración latinoamericana le garantiza un sector del voto que tiende a refugiarse, cuando consigue el derecho a sufragar, en los valores de la socialdemocracia. Su apoyo a los demócratas venezolanos y cubanos es ejemplar. No tiene miedo de defender políticas liberales en lo económico, algo que España necesita urgentemente. Y ser mujer desnuda la trampa retórica del feminismo hegemónico anclado en la izquierda radical. E introduce una mística especial en la campaña. Por fin España tendría una mujer como jefa de Gobierno.
También tiene en su haber ser la enemiga pública número uno de Pedro Sánchez, lo que a estas alturas es un enorme honor. Por la derecha recortaría votos a Vox seguro, sobre todo en Cataluña y el País Vasco, pero quizás perdería en el centro, fuera de Madrid, lo que gana en el extremo. Su presencia en las papeletas movilizaría a la derecha, pero también a la izquierda, bajando su previsible nivel de abstención. Hay dos enigmas regionales más a despejar. Si la salida de Feijóo es traumática, perdería votos a granel en Galicia. Tampoco es seguro que el liderazgo combativo que encarna contra el PSOE sea el mejor camino en Andalucía y Extremadura que, aunque tienen gobiernos populares, son sociológicamente socialistas. Al contrario de Castilla-La Mancha, que es conservadora, aunque la gobierne un socialista, eso sí, equidistante de Sánchez.
Díaz Ayuso es una política del siglo XXI, incluidos sus defectos. Alberto Núñez Feijóo es un político del siglo XX, incluidas sus virtudes. Pero si en mis manos estuviese la apuesta, sin duda marcaría el número 7 de la Puerta de Sol antes que el 13 de la calle Génova.