DeclaracionesDemocracia y Política

La nueva política, un timo a los votantes

«Este pato lo vamos a pagar todos«. Es una frase del portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufián. Y es la clave. La única que dio, pero la dio él. El coste del egoísmo de los líderes políticos, su incapacidad para el diálogo, su ineficacia en la negociación, sus ajustes de cuentas, su ausencia de proyecto ilusionante, su oscurantismo y sus mentiras se anotarán en la cuenta de los ciudadanos, en la de la gente, en la de los votantes, salvo que una conjunción planetaria obre el milagro. No tengan ninguna duda.

A juzgar por el resultado de las dos primeras jornadas de la sesión de investidura, la posibilidad de que España cuente con un Gobierno esta semana se aleja y asoma en el horizonte el regreso a las urnas. Y la culpa, si así sucede, la tendrán ellos, no nosotros, pero el precio del pato lo pagaremos a tocateja. Así es la nueva política: un timo en toda regla.

Pedro Sánchez es culpable de vanidad. Subió a la tribuna pensando, como apuntó Pablo Casado, que aquello era un pedestal, que se le debía pleitesía y, de paso, votos a favor porque él lo vale. Quiso jugar en todas las pistas, la de la derecha y la de la izquierda, y en ambas tropezó.

No hay coherencia en exigir la abstención de PP y Cs para a continuación gobernar con Unidas Podemos y emprender sin tardanza el desmontaje de buena parte de las reformas puestas en marcha por el Gobierno de Rajoy. Ni pasar del ‘no es no’ empecinado, incluso a costa de romper su propio partido, a pedir responsabilidad a todo el mundo.

No hay coherencia en reclamar el apoyo a precio de saldo de Pablo Iglesias, intentar negociar lentejas con él en los minutos de descuento, humillarlo metiendo el dedo en la herida de su debilidad y después lamentar que el felino se le revuelva y le regale un no como una casa.

No hay coherencia en los continuos cambios de posición del aspirante a presidente y del equipo que le rodea. No se puede pasar sin solución de continuidad del Gobierno de cooperación, ese invento para distracción del público, al Gobierno de coalición menoscabado y finalmente al Gobierno con decorados. Ni del jamás negociaremos el apoyo del independentismo a sentarse amigablemente con ERC en busca, como mínimo de su abstención, porque le resulta imprescindible. Ni jugar al relator y a la mesa de diálogo extraparlamentaria, para luego reconvertirse en el adalid de la defensa constitucional avisando incluso de que el artículo 155 sigue en cartera.

Nada de esto es coherente. Pero tampoco lo es el intento de Iglesias de reclamar sillones y carteras para formar parte de un Ejecutivo integrado por la ‘casta’ y con el que mantiene graves discrepancias -económicas, constitucionales, de modelo de Estado- que no pueden ocultarse bajo la difusa promesa de emprender una gestión progresista, feminista y ecologista. Ni la aspiración obsesiva por imponer nombres afines dispuestos a ser la voz del líder que intenta vender, como ejemplo de generosidad, el haber dado un paso al lado para dejar el sitio a su pareja en la vida y en la política. En definitiva, para salvarse ambos.

Y en el otro lado, más de lo mismo. Qué decir de la actitud intransigente de Pablo Casado y Albert Rivera, cerrados en banda a permitir la formación de Gobierno y empeñados en empujar a Sánchez a los brazos del secesionismo. Ellos mismos cercenan la posibilidad de ejercer la oposición, contundente, coordinada, feroz si se quiere, para ganar terreno en las urnas e incluso acortar su camino hacia la Moncloa.

Ni es de recibo verlos enfrentados sin cuartel por ejercer de prima dona, incapaces de sumar ideas para ofrecer a los ciudadanos una alternativa clara y moderada. Sólo desperdician esfuerzos y agotan a sus propios partidos en el intento. Hasta la extenuación. Se cierran las puertas a la centralidad a fuerza de imponer cordones sanitarios y negar el diálogo, la tolerancia y el consenso que aseguran defender en interés del Estado.

En el terreno del independentismo no hay más claridad. Que ERC o JxCAT alcen la voz para exigir comprensión y justicia para con los líderes del procèsque padecen los rigores de la prisión preventiva, como si unos cuantos no se hubieran fugado ya. Que reclamen esto a un Estado en el que no creen, que pidan imponer sus planteamientos arrogándose una representación mayoritaria de los catalanes que no poseen e incluso que intenten convencer a un posible presidente del Gobierno de que debe enmendar la plana a la Justicia y a la propia Constitución para dinamitar a su gusto la unidad de la nación, no es la lista más apropiada de demandas a cambio de apoyar la investidura. Y que, como Rufián, dispuesto esta vez a abstenerse porque prefiere el mal menor de un Ejecutivo del PSOE, afeen a los demás su falta de responsabilidad ante el bloqueo político que padece el país, suena a broma de mal gusto.

Sólo el PNV y Vox se han mantenido fieles a sus principios. El primero estableciendo con claridad el precio de su apoyo. Toma y daca, negociación comercial, oferta y demanda, acuerdo con el mejor postor. El nacionalismo vasco si obtiene réditos no plantea problemas. Es la política del interés. Es la política. El PNV, con lo que el PSOE está dispuesto a ofrecerle, le garantiza su abstención.

En el caso de Vox nadie se llamaba a engaño. Su rechazo a Sánchez es definitivo. Para los de Santiago Abascal no hay negociación posible. Ni ahora para la investidura ni después para la gobernabilidad. La posición es definitiva, tajante y sin marcha atrás. Vox será un obstáculo. Sin medias tintas. Al nuevo partido de derecha radical se le puede y se le debe criticar todo pero no la coherencia. Paradojas de la política.

 

 

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