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La OEA también cambia

1447539134_184766_1447539209_noticia_normalQuienes crecimos bajo la larga sombra de las dictaduras militares teníamos a la OEA como punto de referencia, un faro de luz durante aquella noche tan oscura. Sabíamos que por ayuda había que acudir a la Comisión Interamericana. Denuncias, visitas in loco, misiones diplomáticas, medidas cautelares, la OEA de Alejandro Orfila salvaba vidas. En el tiempo además se convirtió en una fuerza democratizadora, una vez que las transiciones de los ochenta estuvieron definidas por la agenda progresista de los Derechos Humanos.

Era un mandato que continuó en democracia. Hasta que llegó Insulza, se olvidó y se desvirtuó. Cual archivo personal, recorro mis propias columnas—tan críticas—sobre el papel de la OEA en la crisis venezolana y otros infortunios del degradado sistema interamericano. Muchos de esos abusos han ocurrido bajo gobiernos que se consideran a sí mismos de “izquierda”—subráyese las comillas—una izquierda desmemoriada y en la deriva normativa, curiosamente, ayer como víctima de violación de derecho, hoy como perpetrador.

Y ello con un cómplice indispensable: la OEA de Insulza. Recorro su falaz argumento en contra de la intervención en Venezuela. Falaz y deliberadamente ambiguo, justificando su prescindencia porque “los tiempos de la intervención ya pasaron”. Como si la intervención reclamada por la sociedad venezolana hubiera sido un golpe o los Marines. Cliente de Chávez, ingenuidad cero.

Así omitió lo que sabe bien: que la comunidad internacional siempre tiene el deber de intervenir ante las violaciones a los derechos humanos. Ese es el pacto del Nunca Más de la posguerra. Sin injerencia externa, él mismo podría no haber llegado jamás al exilio que salvó su vida y preservó su libertad. Insulza representa esa izquierda amnésica, pero además colmada de hipocresía.

Por ello fue una OEA cómplice del autoritarismo y como tal desacreditada. Eso hasta ahora, debe reconocerse y aplaudirse, una vez que llegó Luis Almagro a la Secretaría General. Comenzó con la simple memoria del legado histórico de la organización. “Más derechos para más personas”, fue su consigna de campaña.

Recuperó el ADN de la OEA, los Derechos Humanos y la democracia, señalando que no negociaría esos principios y que su voz siempre se alzaría en defensa de dichos valores hemisféricos. Así lo hizo, de México a Honduras y de Guatemala a Haití, entre otros. En relación a Venezuela también tomó partido explícito por los derechos. Cuando María Corina Machado fue inhabilitada su respuesta fue impecable: En democracia solo el voto inhabilita”.

Pronto supimos que para el nuevo Secretario General no se trataba solo de alzar la voz sino también de ponerle el cuerpo a esos conflictos y tomar decisiones consistentes. Le restituyó la autonomía a la CIDH, virtualmente intervenida por Insulza. La consecuencia inmediata fueron los concluyentes informes sobre Derechos Humanos en México, libertad de prensa en Ecuador y la elección del 6 de diciembre en Venezuela.

Propuso observar la elección en innumerables oportunidades, oferta siempre rechazada por Maduro. Se encontró con Capriles y con la familia de Leopoldo López. Viajó personalmente a la frontera entre Colombia y Venezuela por las deportaciones. Y envió importantes misiones a la frontera entre Haití y la República Dominicana por una crisis similar.

Esta misma semana, su demoledora carta de 18 páginas a la presidenta del Consejo Nacional Electoral de Venezuela lo pone decididamente del lado de la democracia. Con convicción, allí enumera todas las arbitrariedades del sistema electoral, concluyendo que no existen las condiciones para una elección transparente y justa. El faro de la OEA vuelve a encenderse.

En un gambito magistral, el Secretario General empuja al gobierno de Maduro a caer en su propia trampa. Si no hay transparencia, una victoria oficialista solo puede ser ilegítima. Esa carta obliga al gobierno a tener que reconocer lo que todos saben: que la oposición triunfaría por amplio margen en una elección limpia. A pesar del rechazo del gobierno a la misión de la OEA, Almagro termina haciendo la observación por su cuenta, de antemano y por escrito. Ahora, cualquier resultado favorable al régimen es fraude.

Es notable esto de la alternancia en el poder. Por sí misma democratiza, un país tanto como un organismo internacional. La coalición latinoamericana del silencio y la perpetuación en el poder aparece debilitada, gastada por el tiempo, víctima de su propio despotismo. Su fecha de vencimiento se aproxima inexorablemente. Soplan vientos frescos en América Latina, se respira mejor. La nueva OEA de Almagro tiene mucho que ver en ello.

De sur a norte, desde Buenos Aires hasta la sede de la OEA en Washington, y pasando por Quito, Caracas y Brasilia, la palabra “cambiemos” tal vez sea el mejor resumen de estos tiempos. Una ola re-democratizadora se despliega en la región.

Twitter @hectorschamis

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