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La última hazaña del Generalísimo

 

No fue sencillo obtener la cooperación de Víctor Hugo para el rodaje de un programa en el campo de Waterloo, referido al aniversario de la batalla, y cuando por fin accedió a evocar sobre el terreno las circunstancias de aquel episodio que alteró la faz del mundo, fue enfático al señalar que sólo le había motivado la nacionalidad que compartíamos con don Francisco de Miranda, uno de los héroes, quizás el más importante, de aquella memorable jornada.

Eso había ocurrido hacía varias semanas, en intensas negociaciones entre los estudios de la BBC en Londres y el apartamento parisino del escritor; casi tres meses, durante un invierno de malestar social que asfixió la capital con paros laborales que el novelista seguía con intensidad a través de la televisión y los reportajes de prensa, aprobándolos como ejemplos de legítima defensa de una clase zarandeada por la globalización.

La edad limitaba grandemente sus actividades y un viaje a Bruselas se hallaba, por supuesto, fuera de cualquier discusión, nos dijo en un principio. Pero cuando por fin convinimos en las condiciones de su colaboración, se mostró entusiasmado ante la perspectiva de retornar al sitio que recorrió de un lado a otro, por dos meses, en 1861, mientras se documentaba para uno de los pasajes más emotivos de Los Miserables, que como indica envidioso e irónico algún folleto turístico, terminó por sustituir con la leyenda los verdaderos acontecimientos del 18 de junio de 1815.

Justo en esa fecha, con una reducida unidad de producción, según las exigencias del autor, iniciamos la caminata en un pequeño golfcart prestado de un club sobre la carretera a Genappe, entremezclándonos a la multitud de visitantes a la campiña, ahora apacible, donde a la vuelta de ocho horas perdieron la vida cincuenta mil soldados de Francia, Prusia e Inglaterra, en una matanza de inaudita ferocidad.

A Hugo le conmueve la columna erigida en su honor al extremo sur y comienza a destacar, con una memoria sorprendente, la ubicación de los contingentes internacionales que chocaron con bravura desde las 11.35 de la mañana hasta bien oculto el sol, cuando los restos de la coalición antinapoleónica lograron escabullirse en las sombras, con el Estado Mayor de Wellington, en dirección de Bruselas.

Esos ingleses a los que el duque de Hierro trata de manera tan despectiva en sus informes, se sacrificaron con notable heroísmo y no merecen un juicio tan mezquino de quien jamás llegó a ser un militar brillante, me dice al pasar frente al monumento a Thomas Picton, un veterano de la guerra en España que peleaba en traje de civil coronado de un sombrero prominente.

Aquella columna griega recuerda al edecán de Wellington, sir Alexander Gordon; más lejos hallaremos la tumba de los mercenarios hanoverianos junto a la calzada que conecta con Charleroi; fíjese usted en la capilla a los belgas que combatían en ambos bandos…

Aquí contempló la batalla el comandante británico, prosigue el señor Hugo, cuya barba plateada representa un hermoso contraste con el verdor del prado y el terno de fieltro oscuro que se antoja inapropiado en un día de temperatura particularmente hostil.

– Las granjas de Mont Saint Jean, Hugomont y l´Haie Sainte concentraron el grueso del combate; se peleó con encarnizamiento por ellas y pasaron de una a otra mano en el curso del día. Con llamas en los ojos y espuma en los labios y el uniforme despedazado, creo ver todavía a Ney al cargar con cinco mil húsares de élite, y escuchar las gaitas de los highlanders. En ese pozo fueron arrojados, según se dice, más de trescientos cadáveres. Fíjese usted en las inscripciones en estos muros, dejadas por quienes presentían la inminencia de la muerte… y sobre aquella colina, estaba el Emperador…

Y se estremece conmovido, con una emoción similar a la que se apoderaba de los grognards de la Guardia Imperial.

Desde allí, hacia el mediodía, Napoleón percibió en la lejanía una nube de polvo que sólo podía provenir de un ejército en marcha –cuatro o cinco mil hombres, le parecieron al mariscal Soult- comandados probablemente por Grouchy, que aportarían el refuerzo necesario para inclinar hacia Francia el laurel de la victoria…

(Flash-back a las Tullerías, sepulcral y ominoso)

Tres meses antes escapaba el rey Luis XVIII y Napoleón hacía su entrada, de una manera casi tan furtiva, a los salones donde la incertidumbre había sustituido las risas de las cortesanas, el entrechocar de sables de los mariscales agobiados de medallas y la arrogancia del entourage imperial.

Más que desfile triunfal pareció aquello el retorno de un fantasma, avejentado y enfermo por las fatigas de tantas campañas y de cara a una soberbia coalición de soberanos y el hartazgo de un pueblo que se entregó con pasión a las aventuras militares donde dejaron los huesos más de tres millones de soldados y Francia dilapidó una porción considerable de su fortuna.

Pocos cortesanos y no de los más brillantes rodeaban a Napoleón aquella noche, ya primaveral: adulantes y oportunistas que con sus zalamerías disimulaban conversaciones clandestinas con los líderes monárquicos a quienes imaginaban, en breve, de regreso a sus palacios.

José Fouché, el cojo Talleyrand… cómo confiar en esta pareja de bribones, se pregunta entonces el pequeño gran corso; o apostar a los dragones de Ney, que había prometido al rey traerle encadenado y lo traicionó en una de las primeras escaramuzas de su marcha fulgurante, nomás desembarcar de la isla de Elba.

Se requieren hombres para la defensa nacional, dos, trescientos mil adicionales a los que Francia entregó dadivosa al emperador para abonar las estepas rusas y las ásperas llanuras de Castilla, y apoyos eficaces de probado patriotismo para administrar unas arcas exhaustas; y generales intrépidos.

– ¿Ha pensado usted en Miranda, sire?, pregunta una mañana el ministro de policía José Fouche mientras rinde cuentas al emperador, sumergido hasta el cuello en una tina de agua hirviente para aliviar las tensiones.

¿Miranda? Han pasado tantos años y cambiado a tal punto el panorama que Napoleón debe hacer un esfuerzo laborioso hasta encuadrar (zoom in) al personaje atrabiliario que jamás le simpatizó; desde las acciones heroicas en Valmy hasta el boudoir de madame Roland y (close-up) un tete-a-tete en un aniversario de la Bastilla; si, claro, en el Campo de Marte, florido y entregado a toda suerte de enredos sentimentales y conspiraciones políticas…

Era demasiado atractivo aquel indiano con su porte marcial y la mirada seductora que no toleraba resistencias a las damas y una voz llena de acentos exóticos, que igual se expresaba en un inglés académico que en el español de su Perú natal o el francés más parisino, en un tono convincente para doblegar los argumentos de sus opositores.

Un tipo de verdad sospechoso, que hoy se paseaba con el pasaporte ruso que, decían algunos, obtuvo de la emperatriz Catalina a punta de arrumacos, y mañana con un salvoconducto firmado por el mismísimo Jorge Washington; ése que los diplomáticos de Madrid no cesaban de denunciar como el más siniestro de los agentes contra la presencia española en el nuevo continente.

Y, peor que todo, de dónde semejante insinuación de un individuo tan taimado como Fouché, a quien no podía creérsele ni el padrenuestro, y no podía ser, por supuesto, más que una manipulación de este reptil para obtener por carambola lo que siempre buscó, el poder y la riqueza, lo único que en este mundo le interesaba…

Como adivinando aquellos meandros reflexivos (porque no en vano sus destinos se habían entrecruzado desde los propios días de 1789, cuando el insignificante artillero peleaba con idéntica desesperación que el abate frustrado por sobrenadar en las aguas tormentosas de la revolución), el ministro evocaba las capacidades militares del venezolano, no peruano, que provocaban las intrigas de los menos dotados y casi empujaron la hermosa cabeza de Miranda (cómo no recordar su perfil elegante, la peluca bien empolvada y un arete dorado en la oreja derecha, que se llevaría al infierno) a la cesta del verdugo.

Si alguien podía ser útil contra la alianza monárquica que atenaceaba a Francia era Miranda, que había compartido con Fouché el odio de Robespierre y, como él, salvó la vida por un pelo cuando rodó la testa del incorruptible y se puso fin al Terror. Pero habría que organizar su rescate de la prisión de Cádiz, donde la Corona lo había confinado en las peores condiciones tras el fracaso de la insurrección en su patria venezolana.

– ¿Y que sugerís, ministro? Recordad que no es tiempo lo que abunda y que en un par de semanas, a más tardar, tendré que salir en campaña una vez más, respondió el Emperador, decidido a conservar el trono aún al precio de humillarse para solicitar la ayuda del americano buenmozo y faramallero ante quien lució siempre en desventaja con su esmirriada figura y sus levitas de codos raídos y los fondillos brillantes.

Esa misma mañana había recibido el duque de Otranto la respuesta que estaba seguro le demandaría el Emperador, por intermedio de un mensajero que desde Berlín le comunicó la disposición del coronel Otto Skorzeny de participar en la evasión del Generalísimo. Por la recompensa y para escapar, él a su vez, de la rutina en los cuarteles de la Wermacht y los gritos de frau Lotte, su mujer de medio siglo.

Aún se sentía joven el intrépido oficial pero desde la operación de salvamento de Benito Mussolini, no importa cuán exitosa o tal vez precisamente (porque muerto el Duce se habrían acabado la rabia y sus necedades) se le encomendó una ocupación de carácter administrativo, lejos de la excitación de los golpes de comando.

Esto lo conocía Fouché gracias a su red de confidentes en toda Europa y fue así como Napoleón aceptó sin mayores discusiones la propuesta del ministro.

Era un desafío a la altura de Skorzeny, porque la Corona se ufanaba de la seguridad de La Carraca en Cádiz, donde Houdini mordió el polvo en una emisión que causó furor en la televisión española, en la única derrota de su carrera artística, y el propio conde de Montecristo se las hubiera visto color de hormiga para salvar sus gruesas paredes salitrosas.

– ¡De aquí saldreis únicamente en sacos de polietileno, joder!, esputaba a los reclusos el sargento Rodrigo Chacín, gerente del penal, tan bruto como brutal y, como se verá, torpe en grado superlativo al no contar con la astucia de Skorzeny y las mañas de Miranda, achacoso y consumido por la humedad pero con la indómita voluntad necesaria para infligir al cancerbero una lección inolvidable…

El invierno había sido clemente aquel año, el cuarto de confinamiento del Generalísimo, porque las ventiscas del Atlántico se estrellaron con menor rudeza en los muros almenados y las presiones de una organización humanitaria –la cabrona Amnistía Internacional, como la catalogaba el sargento Chacín- obligaron a moderar de alguna forma el tratamiento vejatorio que se dispensaba a los reclusos y, en especial, al criollo siempre altanero y desafiante.

El mismo sol andaluz que alumbrara claros días de su juventud, cuando como arrogante oficial del ejército español estaba de guarnición en esa misma Carraca, calentaba ahora sus huesos, su vejez decepcionada pero erguida siempre, altiva, enérgica, en la cual prendía aún alguna lumbarada de optimismo.

Se sentía flotar en el ambiente un vaho de algas podridas que don Francisco asociaba ya con la llegada de tiempos mejores y, por qué no, con la liberación que exigían sin cesar muchas instituciones, incluso de Madrid, era objeto de campañas en los principales diarios del viejo continente y promovían en los Estados Unidos su cuate, el presidente Washington, y en París el embajador de la naciente república, el pintoresco Benjamín Franklin, que empinaba gigantescos papalotes en la frontera del país vasco que, al deshacerse durante las tormentas eléctricas, desparramaban octavillas redactadas con su grueso humor en defensa del héroe venezolano.

Además, también por el rintintín de Amnistía, se había permitido el acceso a un compatriota, el joven pintor Arturo Michelena, que, según decía, para aliviarse una tosecita tuberculosa agarrada en París, aceptó el encargo de la municipalidad de su pueblo natal para plasmar en un lienzo el martirologio del Generalísimo.

Fino, la nariz recta y afilada, los bigotes largos y bien cuidados y la barba de punta que le daba un aspecto de dandy, siempre inmaculado con la ancha corbata Lavalliere de lazo suelto y flotante, a pesar de las estrecheces que obviamente desafiaba para ganarse un puesto en la meca artística del mundo, Michelena significó para don Francisco una bocanada de esperanza.

Las sesiones se desarrollaban cada mañana, cuando Miranda se echaba en su camastro, con una pierna alargada y la otra apoyada en el piso de cemento y clavaba la mirada triste en el artista que, sentado en un taburete, hacía el esbozo de lo que más tarde trabajaría en su improvisado taller, en un cortijo cercano al puerto.

El guardián velaba que no se entablasen diálogos subversivos, pero bien por no entenderlos o porque disfrutaba con lo que, en breve, devino casi el bochinche que tanto repugnó en Venezuela al prisionero sexagenario, se hacía la vista gorda con aquella mamadera de gallo que sacaba a Miranda lágrimas de contento.

Pocas personalidades eran tan diferentes como aquellas y, sin embargo, la nostalgia del país aceleró una divertida intimidad en que don Francisco se aprovechaba de la edad para chancearse con el muchacho pintor, sonrojándolo con sus evocaciones eróticas de una Caracas aún provinciana pero que ofrecía las distracciones más gratificantes a quien supiera buscarlas.

¿Cómo –solía atacar– es que nunca estuvo usted en el gabinete de la doctora Ruiz o en los arrocitos de las Bejarano, en La Pastora, junto al puente Miraflores?

– General, ya conoce usted mi lealtad hacia Lastenia Tello, mi novia, con quien me casaré al retornar a Venezuela, respondía Michelena con embarazo.

– Pero antes debía usted aprender todo cuanto París ofrece, para que pueda satisfacer plenamente a su Dulcinea valenciana, concluía el Generalísimo, con un guiño travieso.

Otro día en que el modelo parecía absorto en las más profundas reflexiones, sorprendió al pintor con una demanda excepcional:

Dibújeme unas arepas, Arturito, o mejor el pabellón completo. ¡Qué diera por comerlo con un batido de catuche!

Y venía la pausa refrescante mientras el artista plasmaba sobre el muro aquel retablo gastronómico, con tanta veracidad que el Generalísimo se sentía ahíto de sólo contemplarlo, y exigía cada vez un postre diferente: un manjarete, un bienmesabe, o un quesillo como el que solía prepararle doña Irmita Valeriana en los prados del este de Caracas.

Pero el manjar más anhelado debía proporcionárselo el papelito que Michelena le pasó en la sesión del 8 de abril, a espaldas del carcelero, revelando al Generalísimo los planes para su fuga con el auxilio de los agentes de Skorzeny, el abnegado sirviente Pedro Manuel Morán y el apoyo financiero de Peter Turnbull desde el enclave británico de Gibraltar.

Es fácil imaginar la agitación que hizo presa del veterano luchador al saberse protegido por amigos tan consecuentes, que no sólo le giraban las remesas para sobornar a los guardianes y proveerse de alimentos y libros que atenuaron el peso de los grillos y el aburrimiento mortal del encierro, sino que le permitirían, si el plan funcionaba, recuperar la libertad.

– No se olvide de Luisa Cáceres, la margariteña, y del marinero peruano Manuel Sauri, que comparten conmigo esta cárcel abominable, fue la única sugerencia, ya que del resto se ciñó a las instrucciones que Morán le transmitía cada vez que el corazón de Chacín, sobornado con algunas libras esterlinas, le franqueaba el acceso del calabozo.

Un mes después, bien entrada la noche, el héroe que agonizaba entre vómitos de sangre recibió los últimos sacramentos del capellán de la prisión y exigió quedarse solo. Como el diestro que se enfrenta al último y definitivo burel de la faena.

Un repentino acceso de bondad del sargento limitó la vigilancia a un vistazo esporádico por el ojo de la cerradura; un error que habría de pagar con el pelotón de fusilamiento como colofón de los tantos que antes le costó el cargo ministerial en Madrid. Y es que cuando los gallos saludaron el alba, no se encontró ni rastro del héroe moribundo.

En el proceso que se abrió a Chacín para castigar tal negligencia, se descubrió que don Francisco había fingido la enfermedad y abandonó el presidio vestido con un balandrán adicional que el capellán –un curita polonés de apellido Wojtila, que echaría después otras vainas de mayor envergadura- escondió debajo del suyo propio, y que la silueta melancólica que parecía a sus vigilantes congelada correspondía en realidad al cuadro de Michelena, colgado como una escenografía teatral…

Skorzeny aguardaba en una goleta surta en una playa próxima a Cádiz, donde embarcaron los alegres viajeros (ebrios, metafóricamente, con la libertad, y literalmente con una damajuana de brandy que les obsequió el flemático Turnbull) y se echaron a la mar, viento en popa a toda vela, con rumbo hacia Gibraltar…

(De vuelta al futuro)

– No fue Grouchy, ya lo sabe usted, quien llegó a Waterloo en aquel momento crucial en que la batalla comenzaba a favorecer a los ingleses, me recuerda Víctor Hugo mientras comemos un bocadillo y una copa de Burdeos bajo un olmo, centenario como todos los olmos.

Caía la tarde, los coraceros de Ney habían intentado una carga espectacular (por la que Cecil B. de Mille habría pagado todos los dólares del mundo) hasta caer diezmados; Wellington, imperturbable, ignoraba la lluvia de obuses mientras Gordon, su edecán, yacía sin vida, y ordenaba al general Clinton (¿bisabuelo, tal vez, del Braghettone?) mantenerse allí hasta el último hombre, mientras al pie del Mont Saint-Jean ensayaba un oscuro oficial llamado Cambrone la frase que Víctor Hugo convertiría en celebérrima, antes que rendirse a los pérfidos británicos.

¡Es Miranda, sire, el venezolano, con una banda de irregulares! ¡Lo sé por la bandera tricolor que él mismo diseñó para su patria!, exclamó con alborozo el duque de Dalmacia.

El resto –Hugo dixit- es cosa sabida: la irrupción de un tercer ejército, la batalla desconcertada, ochenta y seis bocas de fuego atronando de repente, una nueva batalla lanzándose al anochecer sobre los demolidos regimientos, toda la línea gala recobrando la iniciativa y avanzando, una brecha abierta en el ejército inglés, la metralla francesa y los güaimaros criollos ayudándose recíprocamente; el exterminio, el desastre de frente, el desastre de flanco, la guardia imperial entrando impetuosa en aquel glamoroso despelote.

El cielo había estado cubierto durante todo el día. De pronto, en aquel mismo momento, a eso de las ocho de la tarde, separáronse las nubes en el horizonte y dieron paso a través de los olmos del camino de Nivelles, a los siniestros rayos rojos del sol poniente. ¡En Austerlitz se le había visto nacer!

No más que un puñado eran los efectivos que Miranda encabezaba. Trescientos combatientes que cayeron como un vendaval sobre los infantes prusianos; una carga al machete como no se vería hasta ser reeditada en Cuba por los mambises de Antonio Maceo, salpimentada con todos los coños e improperios (¡Viva Napoleón! ¡Viva Venezuela, carajo!, ¡Muera Chávez! ¡Magallanes será campeón!) que engalanan nuestra lengua nacional, y un merengue inspirador interpretado por la banda marcial. Algo apoteósico, para cortar el aliento del Emperador, que en ese momento se creía derrotado.

Pero nada alegró tanto al Generalísimo como capturar al duque de Wellington, que le había regateado el apoyo de Inglaterra mientras Miranda se desvivía en Londres por la causa americana.

– ¡Os jodisteis, querido duque!, le saludó con sarcasmo al recibir el bastón de mando en señal de rendición que, acto seguido, entregó a Napoleón con una operática reverencia.

– Habeis cumplido una acción extraordinaria, mon cher camarade, y con ella cambiasteis el curso de la historia, le respondió el Emperador.

Pero cómo, inquirió, había levantado una tropa tan exigua aquella nube de tierra que infundió el pavor en las fuerzas enemigas y esperanza en las líneas francesas.

Era una estratagema de la primera lanza de los venezolanos, José Antonio Páez, con arbustos atados a las colas de un rebaño de bueyes, para magnificar el estrépito y la polvareda.

El centauro y los demás valientes criollos fueron presentados al Emperador, cubiertos aún de la mugre de la jornada, con heridas de mosquete algunos de ellos y otros tasajeados con arma blanca: Simón Bolívar, que saludó en impecable francés; Antoñito Sucre, ingeniero cumanés; Piar, el mulato fanfarrón; el ciclópeo Bermúdez; el negro Camejo; Santiago Mariño, egregio riocaribero; Luisa Cáceres, dama antañona y cuatriboleada, y el doctor Vargas, médico militar.

Una pléyade, en resumen, reclutada en las islas del Caribe una vez que colapsó la primera república, que acudió al llamado del Generalísimo a combatir por Napoleón a cambio de su respaldo a la independencia venezolana.

A todos se les ascendió en el campo de batalla, incorporándolos a la Grande Armee, y se les ofreció que sus nombres serían grabados con el del Generalísimo en lugar prominente, en un Arco triunfal que el Emperador ordenó construir en la capital francesa, junto a la estación homónima del Metro para facilitar el acceso a los turistas. Y esa noche, en un rumboso sarao en lo que hasta la víspera había albergado al Estado Mayor del duque de Wellington en el camino a Bruselas, ocuparon lugar de honor junto a las personalidades más notables del jet-set.

(La escena se desplaza a un palacio iluminado con radiantes candelabros, donde corre el champán y se consumen los platos más exquisitos y los héroes venezolanos, que reemplazaron sus guayaberas y sombreros de cogollo por entorchados dignos del brigadier de Luisa Fernanda, son objeto de las máximas adulancias de la neoaristocracia napoleónica. En suma, un decorado digno del Gattopardo de Visconti)

El ahora general de división Simón Bolívar busca en el regazo de una linda ragazza el premio a las hazañas de aquel día.

Se llama Manuelita y llegó a París al escapar de un convento, seducida por un apuesto oficial bretón que cayó esa tarde en Waterloo, y bien valen las penurias y tantos días a salto de mata las caricias de la chispeante quiteña y su risa angelical.

– Eres mi libertadora, le susurra al oído y ella lo apurruña aún con mayor ilusión.

La pasión lo domina, pero no tanto para que se le escape la plática que don Francisco sostiene un poco más allá con Bonaparte sobre un asunto que mortifica al Emperador, quien cree llegado el momento de enfrentar la insurrección anticolonial de Haití y liquidar a su cabecilla, el sedicente general Alexandre Petión, ahora que ha metido en cintura a los monarquistas decrépitos y consolidado Francia como la única superpotencia mundial.

– Es un político ambicioso, engatusado con la cháchara igualitaria de nuestra revolución, que ya me hincha las pelotas, a quien quisiera borrar de la faz del planeta así tenga que devolver Haití a la época de las cavernas, afirma el corso, añadiendo que así se sentirían a sus anchas esos negritos parejeros.

Ha pensado en Miranda para comandar una expedición punitiva de quince mil veteranos y pretende seducirle con el rango de almirante y el virreinato de la isla, no más yugular la revuelta; pero el Generalísimo se muestra dubitativo, y es Bolívar quien, sin haber sido consultado, interviene en la conversación.

Perdóneme, majestad, pero sería más que un crimen una estupidez ahogar en sangre el ansia de independencia de ese pueblo que atesora sus vínculos con Francia y abreva en los enciclopedistas el culto a la libertad.

Empalidece Miranda cuando el Emperador se encoleriza con la intromisión de este mozalbete a quien nadie ha pedido la opinión, y, sin embargo, atrae a Bonaparte el porte menudo del criollo de voz chillona y verbo latigueante.

Así, reflexiona, era él cuando como simple teniente de artillería soñaba con la gloria en la guarnición de Toulon, y antes que sancionarle le exhorta a continuar su exaltado discurso.

– Conozco Haití, majestad, porque su pueblo respaldó siempre nuestra lucha contra los Borbones. Su presidente, el noble Petión, es mi amigo personal y protector y gracias a él pudimos invadir Venezuela en un par de ocasiones. De aquel país pobre, el primero en sacudirse el yugo colonial en el continente, salieron las armas y los voluntarios, con una condición que acepté de buen grado: proclamar la libertad de los esclavos negros una vez independizada Venezuela.

Bien sabía, piensa Napoleón, que aceptar cualquier sugerencia de Fouché equivaldría a un mal mayor que cualquier beneficio. Pero fusilar ahora por hablachento a este mequetrefe dejaría una impresión miserable que explotarían los malditos ingleses que ya desinformaban en los noticieros de la BBC, atribuyendo el triunfo de la jornada a los guerrilleros de Miranda.

Y, al fin y al cabo, se dice, si tuviese razón este muchacho y yo lo catapultase a la fama, persuadido de que algún día me rivalizará, patrocinando sus proyectos de libertad y transformando en cooperantes las legiones francesas en un Haití soberano, capitalizaríamos la derrota española en el nuevo mundo, golpearíamos a Inglaterra en su expansión comercial y, por qué no (y se ríe de su propia malicia) podría despachar a esa nueva república, como banqueros, ministros y agricultores, a sus compatriotas corsos, a esos Lucianis, Pietris y Grisantis, que no cesan de alborotar con su habladera de pendejadas.

Y fue así como Bonaparte hizo un alto en la velada para proclamar la independencia haitiana y el criollo soñador torció la historia, y después, admitido en el círculo íntimo del Emperador del universo, bailó hasta el amanecer, jubiloso e ilusionado, abrazado a la mujer que en adelante le acompañaría en todas sus quijotescas aventuras.

 

Del libro “Déjame que te cuente”, Macondo.com, Caracas 2002

 

 

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