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Liberalismo y populismo en su complejidad

Entre los múltiples debates sobre ideas o nociones políticas que existen actualmente en la vida pública mexicana destaca, a mi parecer, el que se da entre “el liberalismo” y “el populismo”. Una discusión que, desafortunadamente, ha estado plagada de simplificaciones y descalificaciones. Teniendo esto en mente, el objetivo de estas líneas es proporcionar elementos al debate en cuestión, así como materia para la reflexión. Esto lo haré mediante la revisión de dos libros de teoría política que fueron publicados en 2019: se trata de Liberalismo. Una introducción de Michael Freeden y de Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma la democracia de Nadia Urbinati.

 

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

 

Creo que los dos libros referidos aportan elementos que evidencian lo estéril que ha sido la discusión que hemos tenido en México sobre el debate entre el liberalismo y el populismo desde hace un par de años. Hay elementos para pensar que esta discusión nos acompañará hasta 2024, cuando menos.

Michael Freeden es un profesor emérito de la Universidad de Oxford que tiene más de cuatro décadas escribiendo sobre el liberalismo. El libro que nos ocupa es la traducción al castellano de Liberalism: A Very Short Introduction, publicado en 2015 en esa célebre colección de dicha universidad titulada Introducciones muy breves (o VSI por sus siglas en inglés). En español lo publicó en Barcelona una editorial relativamente pequeña: Página Indómita. Además de su relativa brevedad, este libro tiene, en mi opinión, una serie de virtudes, algunas de las cuales refiero someramente en los párrafos siguientes.

En primer lugar, su claridad; un aspecto que nunca me cansaré de subrayar ante la cantidad de académicos que siguen creyendo que la nebulosidad lingüística es un signo de sofisticación intelectual. En segundo lugar, destaco la manera en que mezcla la teoría política con la historia del pensamiento político. Además, Freeden incluye aspectos que normalmente son ignorados en muchas obras sobre el liberalismo. Por ejemplo, son pocos los autores anglosajones que reconocen y consignan que el término “liberal” surgió en España, concretamente en las Cortes de Cádiz, a finales de la primera década del siglo XIX, como hace Freeden en su libro. Detalles como éste pueden parecer irrelevantes, pero no creo que lo sean; sobre todo quizás cuando son tantos los “expertos” en la historia del liberalismo que simplemente ignoran este dato, que no me parece menor. Otro elemento original de Liberalismo es la aparición del concepto alemán de Bildung o de ciertos aspectos del pensamiento de Hegel en el rastreo que hace Freeden de la genealogía liberal. Igualmente original me parece la crítica del autor al liberalismo supuestamente pluralista de Isaiah Berlin, que tantos elogios recibe de muchos sedicentes liberales, sobre todo latinoamericanos, en parte porque deciden ignorar que la tolerancia que debiera desprenderse del pluralismo que Berlin dice defender deja de ser tal en cuanto el autor se topa con lo que él denomina, de modo simplificador, “libertad negativa”. También me parece original la crítica de Freeden al neoliberalismo, así como su manera de ver al “peculiar” liberalismo político estadunidense y, por último, su reconocimiento explícito de las enormes limitaciones de la tradición liberal en cuanto a las cuestiones de género (pese a contar con tres antecedentes históricos importantes: Mary Wollstonecraft, John Stuart Mill y Harriet Taylor). Como plantea el autor en la última parte de su libro, fue la desatención de la tradición liberal respecto al tema de la mujer lo que llevó a muchas autoras feministas de la segunda mitad del siglo XX a acercarse a tradiciones políticas más radicales, como el marxismo y el posmodernismo, en busca de respuestas a sus inquietudes.

En cuanto al neoliberalismo, Freeden es muy claro en varias partes de su libro. Para él, esta ideología ignora por completo la complejidad, la diversidad y la fuerza ética del legado liberal. Además, es muy crítico de la manera en que el neoliberalismo hace énfasis exclusivamente en los mercados, en el espíritu emprendedor y en la acumulación de riquezas, ignorando muchas otras facetas de la tradición liberal que a él le parecen fundamentales. Entre ellas, la sociabilidad natural del hombre y las corrientes liberales que han subrayado el progreso social y el bienestar del conjunto de la sociedad. En suma, para Freeden el neoliberalismo difícilmente encaja dentro de la familia liberal. Para él, la defensa que hacen los neoliberales de las corporaciones, del “gerencialismo” y de un mercado supuestamente natural se inscribe mucho mejor dentro del conservadurismo. Al respecto, concluye: “En resumen, los neoliberales no reúnen las características necesarias para poder ubicarse directamente en el núcleo del liberalismo del siglo XXI. Dicho de manera más rotunda, la compleja morfología del liberalismo se ve destrozada [por los neoliberales] y apenas resulta reconocible”. Lo anterior podría parecer poco importante, si no fuera porque desde hace tiempo en América Latina existe una marcada tendencia a equiparar el liberalismo con el neoliberalismo. Quienes hacen esta equivalencia ignoran o quieren ignorar la enorme distancia que existe entre ambas ideologías. Esta ignorancia permite simplificar al liberalismo a niveles que a muchos latinoamericanos les pueden parecer normales, pero lo cierto es que la tradición liberal es mucho más diversa de lo que se plantea a menudo en la región (así como en Estados Unidos). Me parece pues indispensable una reevaluación crítica-histórica de esta tradición.

Freeden también me parece original cuando insiste en que, desde hace décadas, en el debate público estadunidense el término “liberalismo” está cargado de connotaciones peyorativas y recalca las consecuencias de esto para la conversación pública en el vecino país del norte, no sólo sobre cuestiones específicamente políticas, sino en general. En enorme contraste con lo que sucede en Europa, en Estados Unidos la carga negativa del vocablo es tal que, en palabras del autor, “resulta difícil emplearlo en forma positiva”. Este aspecto es llamativo, sobre todo si recordamos que con enorme frecuencia se considera a Estados Unidos no sólo una de las cunas de la tradición liberal, sino también una de las manifestaciones más elevadas del liberalismo, tanto desde una perspectiva política como social, cultural e intelectual.

En cuanto a la morfología del liberalismo que propone Freeden, se trata de un tema del que se ha ocupado en otros libros suyos y que resumiré aquí en dos planos: el de las cinco capas del liberalismo y el de los siete conceptos que conforman lo que él denomina el “núcleo” de la morfología liberal. Ambos planos considerados en conjunto me llevan a la que me parece la más importante aportación de este libro (sobre todo si tomamos en cuenta los tiempos políticos que corren): poner de manifiesto la complejidad, variedad y pluralidad del liberalismo en los ámbitos histórico, político, social, doctrinal e ideológico.

Las cinco capas del liberalismo son: 1) el constitucionalismo y el Estado de derecho; 2) la libertad individual y la libertad de comercio; 3) la libertad de expresión y la libertad para desarrollarse expresivamente; 4) la libertad respecto a las necesidades sociales y, por último, 5) la libertad como pluralidad y reconocimiento. Estas capas siguen un orden histórico sólo de manera aproximada, pues las condiciones concretas de cada liberalismo histórico modifican este supuesto orden cronológico. En cuanto a los siete conceptos aludidos son los siguientes: 1) libertad; 2) racionalidad; 3) individualidad; 4) progreso; 5) sociabilidad; 6) interés general, y 7) poder. No es éste el lugar para detenerse en las capas y en los conceptos que acabo de enumerar. Las primeras, es importante señalar, pueden ser incompatibles en ciertos momentos y contextos, como lo reconoce al autor abiertamente. Aquí está, por cierto, parte de esa labilidad que siempre ha caracterizado al liberalismo.

 

Cierro estos párrafos dedicados al libro de Freeden subrayando aspectos que me parece importante recuperar si queremos tener una conversación pública más informada y más rica sobre el liberalismo y sobre el populismo. Entre ellos, destaco la pluralidad de liberalismos (en términos históricos y sociopolíticos), el liberalismo social como una rama tan legítima del liberalismo como cualquier otra y la importancia del bienestar de todos para la democracia liberal desde sus orígenes históricos, que se ubican al final de la Segunda Guerra Mundial. Estos aspectos y otros a los que he aludido en los párrafos anteriores proporcionan una visión del liberalismo llena de matices y con claras connotaciones sociales, las cuales, me parece, se ignoran alegremente con tal de llevar agua al molino ideológico de supuestos liberales ortodoxos o, peor aún, para convertir al liberalismo en ese hombre de paja al que se puede criticar sin reparos ni matices. Ésta ha sido una tendencia de la izquierda latinoamericana desde hace tiempo, especialmente desde que terminó la Guerra Fría; justo el momento en el que, creo, el liberalismo tuvo la oportunidad de reinventarse; optó, en cambio, por el hubris o arrogancia de declararse “vencedor absoluto”.

Paso ahora al libro de Nadia Urbinati, Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma la democracia publicado por la editorial de Ciudad de México Grano de Sal. En los párrafos que siguen doy a los lectores una visión panorámica de un libro que pese a su calidad, nunca se convertirá en superventas ni nada parecido, pues se trata de un escrito académico de una profesora de teoría política de la Universidad de Columbia, cuya lectura puede resultar por momentos pesada para quienes no están versados en la materia (me refiero tanto a la teoría política como a la literatura sobre populismo). Al igual que con el texto de Freeden que acabo de revisar, no haré en lo que sigue un resumen, sino que señalaré elementos políticos y teóricos que ponen sobre la mesa aspectos o facetas, en este caso del populismo, que claramente pueden servir para que tengamos un debate menos simplista y, por tanto, más fructífero sobre una manera de pensar la política y de hacer política que podemos ignorar o descalificar bajo nuestro propio riesgo.

Como plantea la autora en más de una ocasión a lo largo de su libro, no estamos ante un reto pasajero a la democracia representativa, sino ante una nueva manera concebir la política y de gobernar una vez que el populismo alcanza el poder. De hecho, Urbinati se centra en el populismo convertido en gobierno, no en el populismo como movimiento de oposición. Conocer el populismo, plantea la autora al inicio de su libro, es indispensable para entender el funcionamiento de la política contemporánea, nada menos. El populismo tiene motivos y motivaciones detrás y, además, responde a situaciones sociales y políticas concretas. Solamente estudiándolo estaremos en condiciones de entablar un debate con los representantes políticos, defensores y simpatizantes del populismo que estén interesados en pasar de la descalificación y la diatriba a las razones y los argumentos. Aquí está la vertiente política que Urbinati reconoce explícitamente respecto a su libro: dialogar con los ciudadanos que ven en el populismo algo más que un movimiento de denuncia, es decir, que están preocupados por la democracia contemporánea.1

Ante las afirmaciones tan repetidas en los medios, incluyendo revistas supuestamente serias, sobre el populismo como algo relativamente nuevo y como algo peculiarmente latinoamericano, conviene comenzar con la frase con la que empieza Urbinati su libro: “El populismo no es nuevo”. No sólo no es nuevo, sino que tiene más de siglo y medio de existencia, pues surgió en Rusia en la década de 1860. No voy a entrar aquí en una relación histórica del populismo, pero sí conviene mencionar que ese populismo ruso de mediados del siglo XIX, si bien se inspiraba en el campesinado ruso y supuestamente se interesaba profundamente en él, en sus inicios fue un movimiento de intelectuales urbanos. El primer partido político populista sería entonces el People’s Party, que surgió en algunos estados del Medio Oeste de Estados Unidos a principios de la década de 1890. Las manifestaciones del populismo en el mundo fueron muchas y muy variadas durante las últimas décadas del siglo XIX, lo mismo durante el XX. Sin embargo, el libro de Urbinati no es sobre la historia del populismo o sobre sus diversas manifestaciones políticas, aunque varias de ellas aparezcan aquí y allá (de hecho, los movimientos Cinque Stelle y Podemos ocupan un lugar destacado en el capítulo 4). En todas esas manifestaciones aparece un elemento que para la autora es lo que define al populismo: deshacerse del establishment o poder establecido y de todo lo que supuestamente representa.

Como quedó dicho, este libro es un intento por construir una teoría política del populismo. El esfuerzo es de la mayor importancia, sobre todo por dos razones: porque el populismo ha sido hasta ahora un término o concepto muy elusivo (lo sigue siendo) y porque no son pocos los autores que hasta la fecha echan de menos una “teoría” sobre el populismo (por ejemplo, Jan-Werner Müller y Pierre Rosanvallon). En otras palabras, se requieren de análisis y argumentos que reduzcan el “impresionismo” que ha acompañado al estudio del populismo como una sombra. Esto es lo que intenta hacer Urbinati en su libro y, en mi opinión, aquí reside gran parte de su valor.

Para la autora, el populismo transforma y en ciertos sentidos desfigura a la democracia representativa, pero al mismo tiempo representa un esfuerzo por llenar muchas de las promesas incumplidas que ha hecho la democracia liberal en Occidente desde 1945. En particular, terminar con la desigualdad política y social, y, más adelante en términos cronológicos, no permitir que el crecimiento de una oligarquía global convierta a la soberanía en un fantasma. Como expresé, esta transformación de la democracia representativa no es algo contingente, es decir, no desaparecerá en el corto plazo. Aceptar estas dos premisas, el carácter transformativo y la no contingencia, le parece fundamental a Urbinati no sólo desde una perspectiva teórica, sino también para la conversación pública que ella plantea. Su “proyecto” en este libro, como lo expresa al inicio del mismo, es enmendar la debilidad conceptual que ha mostrado hasta ahora el estudio del populismo. Lo que se propone es superar el uso puramente polémico del término y empezar a considerarlo una categoría analítica (insisto, desde el momento en que se convierte en poder político). El populismo hecho gobierno transforma a la democracia constitucional en lo que respecta a la representación política y a la soberanía popular. Básicamente, mediante el desarrollo de una relación directa entre un líder, sin duda “carismático” (un término que a Urbinati le resulta demasiado subjetivo y, por lo tanto, poco útil) y el pueblo. Por cierto, el título de su libro (Yo, el pueblo), muy elocuente, hace referencia a este aspecto crucial de la teoría y la práctica populistas.

Para ella, el populismo no es ninguna panacea, pero tampoco representa la muerte de la democracia, como muchos medios repiten con una constancia que resulta sospechosa, por lo menos a quien esto escribe. De entrada, por una razón muy simple: el populismo presupone a la democracia representativa. En última instancia, plantea Urbinati, el populismo nos brinda una oportunidad para conocer mejor a la democracia representativa y sus virtudes, pero también sus fallas y limitaciones. Entre ellas, de manera destacada, haberse convertido con enorme frecuencia en una sucesión de oligarquías electas. No obstante, como veremos, este hecho no implica que el populismo no tienda a convertirse también en un gobierno “faccioso” o, mejor dicho, en el gobierno de una facción.

De lo anterior se desprende que, si bien la autora muestra sus profundos desacuerdos con el populismo a lo largo del libro y saca a la luz los peligros que entraña (no sólo para el liberalismo, como se sugiere a menudo mediante la expresión “democracia iliberal”, sino también para la democracia), también es crítica de las promesas incumplidas de la democracia liberal. Para ella, es importante despejar diversas confusiones respecto al populismo; por ejemplo, la tendencia a equiparar al populismo con la democracia directa, pues, como demuestra en su libro, el plebiscito y el referendo no significan democracia directa (al menos no en el sentido en que se plantea a menudo). De hecho, nos dice Urbinati, este tipo de consultas son una especie de distractor del hecho de que el pueblo, por más ensalzado que sea en términos discursivos por la retórica populista, con frecuencia deja todas las decisiones importantes en manos del líder populista y de su voluntad personal.

Para la autora, la debilidad central del populismo está en considerar que sólo una parte del pueblo es el soberano legítimo. Por supuesto, esta parte sería la fracción “buena” del pueblo (todo populismo está cargado de moralismo) y, por lo tanto, su legitimidad es esencialmente ética, lo que lleva al populismo a una serie de críticas radicales a la democracia representativa; sobre todo con base en la noción del poder establecido como sinónimo de corrupción. Ahora bien, el populismo no carece de un modelo sobre la representación, al que Urbinati denomina representación como “encarnación” (embodiment). Aspecto que nos devuelve directamente al líder populista, al que ella concede una importancia central en su libro.

 

 

En su opinión, de la visión pretendidamente holística del pueblo (que en realidad es parcial) que proponen todos los populismos, deriva necesariamente un liderazgo irresponsable y despreocupado por completo respecto a la rendición de cuentas. Para la autora, éste es un aspecto que, más que ningún otro, aleja al populismo de la democracia y lo acerca al fascismo. No obstante, debemos que ser precavidos al respecto, pues este término debe ser empleado con mucho cuidado. Urbinati piensa que confundir al populismo de derecha con el fascismo impide concebir las estrategias necesarias para confrontarlo. Por lo demás, desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, los líderes populistas han evitado caer en el fascismo. Al respecto, no se olvide que, como quedó dicho, el populismo presupone la democracia representativa.

Por último, antes de pasar a las valoraciones generales que Urbinati hace en el epílogo de su libro, conviene subrayar que para ella internet y las redes sociales representan una plataforma populista inmejorable, así como un enorme impulso para los objetivos de muchos líderes populistas. Basta ver el uso que algunos de ellos han hecho de las redes sociales en el mundo entero durante los últimos tres lustros para darse cuenta de las posibilidades que pone a su disposición. A tal punto que, como señala la autora, la “democracia de audiencia” (audience democracy) que las redes promueven lleva a partidos no populistas a emplear propaganda de tipo populista, aunque no corresponda con sus programas políticos.

Urbinati extrae varias conclusiones en la parte final de su libro, algunas de las cuales he adelantado. En primer lugar, si el populismo nos interpela como ciudadanos e interpela a la democracia representativa es porque las democracias liberales del siglo XXI muestran que la democracia de los partidos y la sociedad supuestamente pluralista de Occidente se han quedado cortas en muchos sentidos. El discurso sobre el Estado de derecho y los derechos civiles no puede seguir enmascarando situaciones sociales inaceptables, una desigualdad ofensiva y un elitismo que no tiene nada de democrático o de pluralista. Esto no quiere decir que, repito, estemos ante la agonía de la democracia, mucho menos ante su muerte. Lo que es cierto, nos guste o no el populismo, estemos de acuerdo con él o no, es que las democracias liberales ya no pueden seguir siendo lo que han sido hasta ahora. Si una parte de las élites privilegiadas de las sociedades occidentales actuales cree que tachando al populismo de “fascista” vamos a volver a vivir como por ensalmo bajo la democracia liberal anterior al final de la Guerra Fría, anterior a los cambios sociopolíticos que muchas sociedades occidentales han experimentado desde entonces, anterior a la democracia de audiencia, anterior a las redes sociales y anterior al empoderamiento de amplias capas de la población que el populismo ha impulsado en ciertos países, yerran su diagnóstico por completo.

Ahora bien, como afirma categóricamente la autora al final de su libro, el populismo no representa una solución, aunque sí una llamada de atención que no debemos ignorar, pues a menudo el populismo pone el dedo en la llaga respecto a los niveles de inadecuación que han alcanzado las instituciones representativas en Occidente. La democracia representativa, concluye Urbinati, ha probado ser inadecuada, entre otros motivos, porque “perpetúa una corrupción política rampante”. La democracia de partidos (party democracy) se ha convertido en una democracia facciosa. Sin embargo, previene la autora, el populismo no sólo termina llevando a resultados que los ciudadanos no pueden controlar, sino que él mismo representa también una política facciosa; de hecho, una política explícitamente facciosa, en la medida en que afirma abiertamente estar al servicio de una parte de la sociedad. Sobra decir que los dos “faccionalismos” mencionados, el demócrata-liberal y el populista, colocan a las sociedades actuales y a sus gobernantes en una situación complicada, por decir lo menos.

Una de las consecuencias inevitables y más graves de la parcialidad populista que acabo de referir es algo que, en mi opinión, no recibe atención suficiente por parte de la autora: la polarización social (que tan costosa ha resultado ser en casos como el estadunidense y, en menor medida, el mexicano). Sea como sea, la magnitud del reto político que tienen por delante las sociedades actuales y sus gobernantes queda en evidencia en una oración que prácticamente cierra el libro de Urbinati: “El populismo es, en todos sentidos, un producto de las fallas de la democracia de partidos”. El populismo implica una serie de riesgos para el funcionamiento de la democracia representativa, esto lo expresa la autora de forma meridiana en diversas ocasiones y de distintos modos a lo largo de su libro; sin embargo, una de las razones que hacen que este libro me parezca tan sugerente es que al mismo tiempo plantea que las cosas tienen que cambiar en las democracias liberales contemporáneas.

 

Roberto Breña
Profesor investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Sus últimos libros son: Las revoluciones hispánicas y la historiografía contemporánea y Liberalismo e independencia en la Era de las revoluciones (México y el mundo hispánico).


1 Debo advertir a los lectores que la literatura actual sobre el populismo es enorme y que, además, desde hace un lustro aproximadamente crece de modo exponencial. Sin ser experto en el tema, aquí sólo refiero algunos títulos que he leído y que pueden ser útiles para los lectores. Desafortunadamente, la mayoría de lo publicado no está traducido al castellano. Comienzo señalando que entre quienes han contribuido al debate mundial sobre el populismo se cuentan un académico mexicano y una académica mexicana: Benjamín Arditi y Paulina Ochoa Espejo. Procedo a las recomendaciones bibliográficas: de Benjamín Arditi, quien tiene muchos años tratando el tema, recomiendo los dos capítulos dedicados al populismo (4 y 5) en su libro La política en los bordes del liberalismo (Gedisa, 2010); de Ochoa Espejo como coeditora, el Oxford Handbook of Populism (OUP, 2017), cuyo capítulo 1 ofrece un panorama muy útil y muy completo. Dos introducciones al tema son ¿Qué es el populismo? de Jan-Werner Müller (Grano de Sal, 2017), que a mí no me convence mucho, y Populismo. Una breve introducción de dos reconocidos expertos en el tema: Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (Alianza Editorial, 2019). Desde una perspectiva eminentemente europea, una buena opción es Populismos de Fernando Vallespín y Máriam M. Bascuñán (Alianza Editorial, 2017). Este año apareció, rápidamente traducido del francés, El siglo del populismo del célebre historiador y politólogo Pierre Rosanvallon (Galaxia Gutenberg, 2020), que en la parte teórica y de las propuestas me parece mucho más flojo que en la parte histórica. Para constatar que el estudio del populismo está presente en el debate académico mexicano desde hace tiempo, así como para poder calibrar su evolución en los últimos lustros, vale la pena revisar Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos, Guy Hermet, Soledad Loaeza y Jean-François Prud’homme eds. (Colmex, 2001). Entre los estudiosos del populismo es imposible omitir a Ernesto Laclau. Su sofisticación analítica, su énfasis en las problemáticas latinoamericanas y su perspectiva muy positiva sobre el populismo lo colocan en una categoría sui generis. Advirtiendo que por momentos el lenguaje de este politólogo argentino formado en Inglaterra es tan barroco que resulta abstruso, cito aquí un solo título: La razón populista (FCE, 2005).

 

 

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