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Libertad, igualdad y propiedad (4)

Opinion | Is Donald Trump an American Hugo Chávez? - The New York Times

 

“Ellos eran todo frente a los que no eran nada, pero, no eran nada, frente a los que lo eran todo.”

Nelson Chitty La Roche. Discurso ante el Congreso de la República, Sesión Solemne, 5 de Julio de 1995

 

El hijo de esta tierra en el siglo XVIII era español, pero, no lo era realmente o, no lo era enteramente. El descendiente de españoles que habitaba en los territorios que el reino de España tenía en América se tomaba español. Empero, era extraño para la corte y su compleja relación de poder. Simplemente, era un súbdito al que se le exigía lealtad absoluta y provecho económico, visto, además, cómo un subordinado de allá, de las lejanas tierras y nada más.

El margen de maniobra era entonces, para el español de América, reducido. La decisión sobre cualquier asunto se tomaba en la metrópolis o acaso, en los representantes enviados desde Madrid para velar por los intereses de España que a menudo limitaban el natural crecimiento comercial y económico de las provincias, controlándolo todo, mirando los asuntos únicamente desde la perspectiva del otro lado del atlántico y, con escasa audiencia para las solicitudes de los mantuanos.

La realidad arrostraba a los mantuanos que vivían una paradoja; acá eran más que los demás, tenían entidad, pero allá en España, eran menos que aquellos.  Se fue engendrando entonces un contencioso de identidad que, además, se alimentaba de las lecturas que la ilustración y las glosas revolucionarias traían del norte de América y de Europa. Ebullian pues en la mente y en el corazón del criollo sentimientos encontrados que ciertamente soliviantaban su espíritu y lo hacían sedicente.

En paralelo, las tensiones sociales se manifestaban a veces claramente y otras solapadamente. El episodio de Gual y España y la forma cruenta como se resolvió fue un recordatorio que, sin embargo, no impidió que la trama en ciernes de un proyecto libertario floreciera y con la ayuda del destino detonara a partir de 1810 y 1811.
No obstante, cabe señalar que, en la capitanía general, la conflictividad social era una centrifuga que debilitaba el proyecto y que explicó y sustentó toda una motivación, según se vea legítima, para la promoción y los enfrentamientos entre blancos y oscuros, entre ricos y pobres y entre españoles y leales al rey y los jóvenes y cultivados vástagos que enhebraban en cada reunión su ideal y su ambición. Querían ser, tener una especificidad cónsona con lo que en sus realidades asumían que eran y que debía imponerse.

El parto de una unidad política independiente era la de una identidad “in statu nascendi” y de ello darán cuenta los escritos pioneros en América hispánica de la más brillante generación de nuestra historia probablemente, con ese gigante universal al frente, hoy manipulada su imagen y falseado su legado, pero de indudable trascendencia, el inmarcesible genio de Simón Bolívar.

Ahora bien, la independencia se logró de la España madre patria. Se cortó el cordón umbilical; sin embargo, el venezolano fue descubriendo que había dos ideales que le serían esquivos y que estaban en el avío ideológico con el que todo había comenzado a saber: Una república y la ciudadanía.

Los hombres de armas se hicieron del poder como un botín ganado por algunos en las guerras de independencia y los otros, por su fuerza y su ambición. El común no contaba para nada, dado su origen modestísimo y a ratos mísero o, por la cultura de que el liderazgo era por naturaleza autoritario y blanco. La guerra federal aparentó y en alguna forma rompió cadenas, pero, sembró rencores y tampoco trajo ni mas república ni mucho menos ciudadanía.

En la historia de las ideas políticas, el término república designó un régimen político o bien la forma o la esencia de la política, e igualmente un régimen de libertades fundado en la igualdad ante la ley y el ejercicio de derechos políticos, pero especialmente, la constitución de un sistema que no admite dominio alguno sobre el ciudadano. En ello se funda la ontología republicana.

En paralelo la ciudadanía debe ser vista como el ejercicio de la soberanía dentro de un régimen de libertades y respeto al ser humano como persona, al miembro del cuerpo político y a las decisiones propias del control sobre el poder que hacen posible vivir libres, en paz y con dignidad.

El hegemón no obstante merodeaba, sus latidos siempre estuvieron allí para enervar la aspiración. Como caudillo o como caudillo de los caudillos, señores feudales y monarca absoluto, “mutatis mutandis” vimos pasar, pero, también experimentamos en el lance histórico la erupción remodeladora y renovadora de los liderazgos emergentes que contra viento y marea y valga el lugar común, inventaron un porvenir o lo trajeron en sus alforjas existenciales para apurar ese tiempo pesado que se hacía insoportable y/o ese giro tantas veces mencionado por algunos de los heraldos intelectuales que elevaron y sustanciaron la esperanza.

La generación del 28 merece una mención especial. A mi juicio, fue la segunda camada a la que le debemos buena parte de lo mejor que hemos tenido, y ello porque se atrevieron a idealizar un cambio que no era novedad pero que torcía un curso histórico que lo negaba; y vuelvo a recordar a la república y a la ciudadanía, con errores y defectos, pero, con indudables y valiosísimos aciertos.

La universidad militante, el plan de Barranquilla, la elaboración de políticas sectoriales de avanzada y la programación de estas, se acompañó de la rompimiento del cepo gomecista y luego de los armados, y en el camino, la fragua de una ciudadanía para todos y una república como premio por los años y las vidas dedicadas a cimentarlas.

El fruto fue también la libertad, la igualdad, la educación, la salud, la movilidad social, la participación, el Estado de derecho y dentro, la democracia constitucional. Fuimos ejemplo en el continente e incluso los estudiosos de las ciencias políticas nos distinguieron destacando paradigmáticamente algunas de nuestras ejecutorias surgidas de la experiencia puntofijista y la republicanización de la sociedad y de la vida pública.

Así llegamos, con tardanza manifiesta es cierto, a vivir con libertad, igualdad, propiedad, justicia y echamos a andar un sistema republicano quizás y que me disculpen Roscio, Yanes, Mendoza, Bello, Miranda y Bolívar entre otros, por primera vez en nuestra historia y por cuatro décadas fuimos destinatarios de sus virtudes.

Cuando veo lo que pasa en Estados Unidos de América con el arribo de Trump y sus plutócratas, desafiando precisamente el ideal republicano de los padres fundadores, su institucionalidad, sus valores, agrediéndolo todo, con la rabia como alimento espiritual, con la antipolítica y el racismo, la xenofobia, la intolerancia, a flor de piel, comprendo lo que nos pasó en 1998 y cómo sobrevino el cataclismo de una revolución de todos los fracasos y el retorno a los autoritarismos que tristemente caracterizaron nuestro devenir ineluctablemente.

Dejamos de escucharnos y dejamos fuera de la agenda personal a nuestros compatriotas, dejamos que la ira nos guiara y la amargura nos convenciera. Malignidad a cambio de catarsis irresponsable. Todos fuimos responsables.
¿Tenemos aún república? ¿Somos soberanos? ¿Somos ciudadanos? ¿Qué queda de la democracia que otrora nos lleno de orgullo? Más grave todavía, ¿Qué seremos si se impone una reforma constitucional cuyo contenido apenas conocemos y que se maneja en secreto? ¿Es verdad como imaginamos algunos que la nueva constitución sería, muy probablemente, ideologizada como en Cuba o degenerada como en Nicaragua?

Una vez escribí sobre un interesante y repetido trance que suele anunciarle al mundo en distintos momentos y lugares que el fin de la vida esta cerca. Recuerdo a Bodino referirse al tema hace mas de cinco siglos y, en este instante de convulsión universal y amenazas de guerras atómicas, con autócratas desaforados jugando la ruleta de sus bajas pasiones, medito sobre la agonía en que se encuentra nuestro país, el olvido de la palabra y de la idea misma de patria y la resignación de muchos.

Me rebelo ante ese drama. Aún podemos, siento, sueño, volver a la utopía. ¿Qué seriamos sin una utopía alojada en el espíritu? La utopía de volver a ser una república, soberano su pueblo, dignos sus ciudadanos, con instituciones decentes y una justicia justa, con progreso y respeto para todos y cada uno, con movilidad social. Esa es la tarea por emprender, para los que aun osan retar ese nefasto pasado y presente que quiere eternizarse. Tal vez esa empresa sea, concluyo, la mejor razón para vivir.

La utopía es una doble negación, como leí alguna vez en Ranciere; niega la realidad porque no la acepta y niega que no se le pueda sustituir porque quiere precisamente remplazarla. No con palabras ni quimeras porque, la utopía como la esperanza, requiere de trabajo, esfuerzo, sacrificio. ¡Manos a la obra!

Nelson Chitty La Roche, nchittylaroche@hotmail.com, @nchittylaroche

 

 

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