María José Solano: El diablo y la carne
El patrón se repite hasta el aburrimiento: hombres con poder, estructuras que encubren, mujeres reducidas a moneda de cambio

‘Geografía del deseo’, un compendio de relatos eróticos firmado con los seudónimos de I. Adler y J. C. Pursewarden, fue rechazado por la única editorial a la que se envió. El correo (escueto) venía a decir que el sexo no interesaba. Que aquello era un género sin lectores. Los autores aceptaron el veredicto con la resignación de quien sabe que discutir con el mercado es perder el tiempo, y guardaron el manuscrito en un cajón.
Siete años después, con el libro publicado elegantemente por Reino de Cordelia, me acuerdo de aquel ‘mail’. «No interesa». Quizá no interese lo que exige algo al lector: el refinamiento del sexo convertido en literatura y no en producto de usar y tirar. Tal vez la ausencia de esas lecturas (y otras) nos haya traído hasta este estercolero de escándalos sexuales.
Porque no es una suma de casos. Es un paisaje. En Francia, la infamia cometida contra G. Pelicot ha dejado a un país sin coartadas. La patria autoproclamada de los derechos humanos descubrió que también sabe mirar para otro lado. En Reino Unido, la Corona se ve embarrada por su proximidad a la lista de Jeffrey Epstein, proxeneta de élites. Y en España, los escándalos brotan sin cesar. El DAO acusado de violación. Ministros vinculados a prostíbulos y ‘escorts’ financiadas con dinero público. No es solo corrupción: es abuso e impunidad.
El patrón se repite hasta el aburrimiento: hombres con poder, estructuras que encubren, mujeres reducidas a moneda de cambio o daño colateral. Y una sociedad que consume titulares, se indigna en redes y sigue adelante, como si esto no fuera con ella.
No estamos ante anécdotas, sino ante una crisis ética profunda. Quizás el problema no sea que el sexo no interese a nadie, sino que hemos dejado de interesarnos por el lenguaje con el que lo pensamos, por la cultura que lo civiliza y la literatura (esa que «no tiene lectores») que cumple con la importante tarea social de enseñar a desear sin poseer y a mirar sin destruir. Cuando el sexo deja de ser palabra y se convierte solo en poder, el resultado no es libertad. Es barbarie.
