María José Solano: Leer a ciegas
Los tres volúmenes de Borges publicados por Alfaguara no son libros, sino un inventario conjetural del universo

Olvídense de todas las novedades editoriales de primavera, incluida la mía. Vayan a la primera librería que encuentren a pie de calle y compren (más bien, inviertan) en los tres volúmenes de Borges publicados por Alfaguara, porque no son libros, sino un inventario conjetural del universo.
Atrévanse y encontrarán un jardín de senderos que se bifurcan‘ donde cada decisión engendra otra y el tiempo no es un río sino un solo libro repleto de simultaneidades. Una biblioteca infinita, cuyos anaqueles contienen todos los libros posibles, incluso el que narra este instante en que usted duda si seguir leyendo.
Un Aleph, minúsculo y vertiginoso, donde caben todos los puntos del orbe vistos desde todos los ángulos, sin superposición ni confusión. Un tigre, que no es el del zoológico ni el de las rayas amarillas, sino el otro, el simbólico, el que acecha en la memoria y en los sueños. Un espejo, que duplica el mundo y lo pone en entredicho, porque todo reflejo es una sospecha.
Un cuchillero de arrabal, que pelea por un código que ya no comprendemos del todo, pero cuya dignidad persiste como un eco en la noche de Buenos Aires. Un hereje y un teólogo, que discuten sobre la naturaleza de Dios hasta confundirse con aquello que buscan. Un hombre que recuerda absolutamente todo, condenado a la infinita y minuciosa cárcel de su memoria. Un traidor y un héroe, que acaso sean la misma persona bajo la máscara del destino. ‘Un poema sobre la luna, el tiempo o el ajedrez, que no pretende explicar el universo, sino insinuar su orden secreto. Una enciclopedia apócrifa, que describe animales imposibles y clasifica lo inclasificable, recordándonos que todo sistema es una ficción laboriosa. La sospecha de que usted, lector, también es leído, porque el libro le observa mientras lo abre.
Tal vez no hallarán distracción que supere a internet, pero sí la sospecha (para mí absoluta certeza) de que la dicha se reduce a pocas cosas: Una biblioteca. Un patio ajedrezado de San Telmo, donde una vez vi a Borges de tu mano. Tal vez también el mar breve de un velero y un verano.
Lean a este ciego inmortal y abran de una vez los ojos a la ceguera del mundo. Lean y aprenderán a extraviarse. Porque perderse en sus libros, les doy mi palabra de honor, es la forma más noble de encontrarse.
