
Hay consignas que se repiten con la obstinación de un loro amaestrado y la convicción del que no ha abierto un libro de historia ni por accidente. Una de ellas, muy popular en redes, reza así: «En Navidad se celebra el nacimiento de un palestino». La frase, difundida con entusiasmo militante por los cuñados –y cuñadas– de turno es un ejemplo perfecto de cómo la ignorancia, combinada con propaganda, adquiere peligrosa categoría de dogma. Como veo que la cosa se reaviva cada Navidad y yo también tengo mi corazoncito, me he decidido a hacer, a toro pasado, la primera buena obra del año. Para empezar, conviene recordar –dato histórico incómodo número uno– que Palestina no existía como tal en tiempos de Jesucristo. El nombre Syria Palaestina fue un invento administrativo del emperador Adriano en el año 135 d. C., tras aplastar la revuelta de Bar Kojba y con el muy romano objetivo de borrar del mapa cualquier referencia a Judea y a los judíos. Castigo político mediante toponimia: nada nuevo bajo el sol imperial. Antes de eso, aquella franja de tierra había sido Canaán para los egipcios, Israel y Judea para los hebreos, y una provincia más para Roma. Lo demás es retroproyección ideológica, o como se diga. O sea, colocar conceptos modernos en épocas donde no encajan ni con calzador.
Dato histórico incómodo número dos: Jesús era judío. Judío practicante, circuncidado y criado en la Ley Mosaica. No musulmán –porque Mahoma nacería más de cinco siglos después, en el año 570– ni palestino, porque nadie podía serlo en un territorio que aún no había recibido ese nombre. Pretender lo contrario es como llamar eurodiputado a Julio César. Y ya que hablamos de Roma, recordemos el detalle final. Cuando los romanos crucificaron a Jesús, clavaron sobre su cabeza un cartel con la inscripción INRI: Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, Jesús de Nazaret, rey de los judíos. No rey de los palestinos, no líder anticolonial, no mártir de ninguna causa del siglo XXI. Así lo entendieron sus verdugos y así lo registró la historia. Pero claro, la historia exige lectura y un mínimo respeto por los hechos. Mucho más cómodo es el eslogan. Cabe en un tuit, no obliga a pensar y permite sentirse moralmente superior sin despeinarse.
