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María José Solano: Papá

Cuando se jubiló construyó un jardín, rescató viejos poemas y siguió viajando con su mujer (en realidad, la verdadera viajera de su larga historia juntos)

Papá

 

Llevaba el nombre de su hermano muerto y tal vez por eso, la suerte del que se sabe protegido por criaturas extraordinarias, le acompañó siempre. O tal vez fuese porque en el fondo, era un hombre de valentía tranquila, y a esos siempre les sonríen las damas, incluida la esquiva Fortuna. Tenía hechuras de señorito andaluz, mirada de torero guapo y curiosidad de archivero silencioso. Aventurero en tiempos en los que la aventura era una imposición, se forjó en la certeza de la Guerra Civil, que nunca llegó a comprender del todo. Quizás porque la vivió siendo un niño y ya nunca fue capaz de apartar su mirada infantil de aquel tiempo de persecución y huida; hambre, pérdida, venganza y destino. Ante éste se rebeló con astucia, trabajo y cierta chulería, tratando de desdecir a Cervantes en eso de que «no está en mi mano detener el tiempo». Vive Dios que él lo detuvo, engañando a la vejez con el enigmático empeño de quien sabe que tiene un retrato propio que rejuvenece, cada día, escondido en un armario. Murió con casi 100 años y digo casi porque nadie supo nunca, ni los más cercanos, cual había sido su fecha real de nacimiento. En esa vida amó y fue amado, conoció el triunfo de superarse a sí mismo y la desdicha de la pérdida de algún amigo joven, así como la maldición de la desaparición paulatina de los amigos viejos. Le gustaba leer libros de historia y arreglar relojes. También adoraba alimentar cierta romántica melancolía recordando un pasado que conservaba, con celo de entomólogo, en las miles de fotografías que, (siempre cámara en mano) había registrado a lo largo de su agitada biografía.

Cuando se jubiló construyó un jardín, rescató viejos poemas y siguió viajando con su mujer (en realidad, la verdadera viajera de su larga historia juntos). Una historia que incluyó, además de un matrimonio elegantemente prohibido, seis estupendos hijos, varias casas y una descendencia de nietos que hoy confiesan que quisieran parecerse en mucho a él. En mi caso, desearía imitarlo al menos en una cosa: en el momento final. Ese en el que la muerte venga y me encuentre apasionadamente enamorada de la vida, como él lo estaba.

 

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