Mariana Mazzucato: Repensar la economía de la cultura

LONDRES – La semana pasada terminó el Carnaval de Brasil, la fiesta más grande del mundo. Para quienes nunca han estado allí, ninguna descripción le hace justicia. Los blocos tocando en las calles, el desfile de las escolas de samba por el Sambódromo de Río de Janeiro, las batucadas, los disfraces y la alegría colectiva de millones de personas son un espectáculo en sí mismo. En tiempos de oscuridad y división, el Carnaval nos recuerda que la participación, la creatividad y la celebración compartida no son aspectos periféricos de la vida económica, sino parte de su razón de ser.
Pero el apoyo financiero a las artes y a la cultura se suele considerar gasto y no inversión. Es la primera partida presupuestaria que se recorta cuando los gobiernos enfrentan presiones fiscales; mientras que a las finanzas, la tecnología y la defensa se las protege como motores de la economía real «real».
Esta priorización refleja un error conceptual. La cultura no es un sector al modo de la industria o la construcción. Es una fuerza omnipresente que moldea las destrezas, la creatividad y el tejido social de los que depende toda la actividad económica.
En Londres, cuando se habla del Carnaval de Notting Hill es común poner el acento en la delincuencia, los trastornos y el costo de las medidas de seguridad (en el peor de los casos) o en la afluencia de visitantes y los ingresos turísticos (en el mejor). El evento genera unos 400 millones de libras (536 millones de dólares) de valor económico directo. El Carnaval de Brasil atrae a 1,36 millones de visitantes extranjeros y genera unos 2200 millones de dólares en actividades relacionadas en forma directa con el turismo.
Pero en ambos casos, estas cifras son sólo la punta del iceberg. Como el artista Alvaro Barrington y yo demostramos en 2024, el Carnaval de Notting Hill crea un valor público inmenso (a través del desarrollo de habilidades, la cohesión social, la identidad cívica y la infraestructura comunitaria) que ningún análisis estándar de costo-beneficio puede expresar. El músico y productor Brian Eno sostiene que los mejores carnavales son aquellos en los que «la cantidad de participantes no es demasiado pequeña respecto de la de espectadores»; es decir, cuando personas de todas las edades, formaciones y aptitudes no se limitan a mirar, sino que participan y aportan algo propio.
Eso es una descripción del concepto de «cocreación», en vez del mero consumo. Pero la cocreación es precisamente lo que pasan por alto las métricas económicas estándar. Cuando las estadísticas oficiales muestran que en 2025 la economía creativa de Brasil generó 75 000 millones de dólares (3,59 % del PIB) y dio trabajo a 7,8 millones de personas, todavía no tienen en cuenta la economía productiva extraordinariamente compleja que sostiene esta actividad durante todo el año. Por ejemplo, en la Ciudad de la Samba en Río, la evaluación de impacto estándar ignora la construcción de carros alegóricos, el diseño y la fabricación de fantasias (trajes), cuya calidad alcanza el nivel de la haute couture, la formación de passistas (bailarines de samba) y las redes logísticas que sostienen todo eso.
Una parte del problema es que los eventos e instituciones culturales (ya sean museos o carnavales) se evalúan por la venta de entradas, y no por el aprendizaje, el bienestar y la conexión social que generan. Las salas de concierto se evalúan por los ingresos que generan, no por las industrias creativas que alientan o la identidad cívica que sostienen. Como demuestro en un informe reciente, aquello que medimos determina aquello en lo que invertimos; y los parámetros actuales subestiman en forma sistemática los réditos dinámicos y duraderos de la cultura. Festivales como el Carnaval sirven a la vez de ejemplo y correctivo para esta falencia.
Además, el Carnaval no es sólo un evento cultural: también es un campo de entrenamiento para el Estado. Los funcionarios públicos y líderes culturales de Bahía consideran el Carnaval como una plataforma pública para la innovación: una prueba real de iniciativas interdepartamentales para obtener resultados de alta calidad bajo presión. Un Carnaval exitoso demanda una coordinación interdepartamental de sistemas sanitarios, medidas de seguridad, trabajadores, medios de transporte y comunicaciones, todo ello en tiempo real y a gran escala.
Es decir que deberíamos invertir en las artes y la cultura para generar oportunidades y construir una economía más creativa, donde la cultura guíe el crecimiento general y no sólo dentro de las «industrias creativas». El programa Brasil Criativo, desarrollado en colaboración con la UNESCO, es un gran paso en esta dirección, ya que plantea el apoyo a la cultura y las artes como un motor con efectos derrame en toda la economía. Se basa en el trabajo de Paulo Miguez, rector de la Universidad Federal de Bahía, quien en 2007 defendió la importancia central de la cultura en todas las dimensiones de la vida económica y social.
O como me dijo Rafaela Bastos, presidenta de la Fundação João Goulart en Río y ex passista: el Carnaval es un «laboratorio estructural para el sector público». Enseña a los gobiernos a planificar, escuchar, cumplir y aprender. Esto es exactamente el tipo de capacidad dinámica del sector público que es tan difícil construir, y tan fácil destruir mediante la austeridad y la subcontratación. Como mis colegas y yo estamos descubriendo en un proyecto financiado por Bloomberg Philanthropies con ciudades de todo el mundo, un evento como el Carnaval puede ser un laboratorio donde reaprender las capacidades de un Estado moderno.
Pero este argumento sobre la capacidad estatal viene con una advertencia importante: su obtención no debe ser en desmedro de la justicia. En Río, los camarotes (palcos VIP corporativos a lo largo del recorrido del desfile en el Sambódromo) son un claro símbolo de un riesgo más amplio. Mientras las comunidades de algunas de las favelas más pobres de la ciudad producen el espectáculo, un público adinerado paga grandes sumas para consumirlo en forma pasiva. En Bahía, el Carnaval genera unos 1560 millones de dólares en ingresos turísticos, pero una buena parte va a parar a quienes ya son ricos. Muchas veces, el valor creado en forma conjunta queda en manos privadas.
Pero esta pauta tan conocida no es inevitable. La desigualdad y la mercantilización del Carnaval son decisiones de diseño. Se puede estructurar la gobernanza para promover el valor compartido, de modo tal que los beneficios vuelvan a las comunidades que los crearon.
Para ello, los gobiernos deben tener en cuenta tres lecciones. En primer lugar, usar para el valor cultural métricas dinámicas, que tengan en cuenta la formación de habilidades, la cohesión social, la confianza cívica y las capacidades estatales, y no sólo los ingresos por turismo. En segundo lugar, se necesitan mecanismos de gobernanza comunitaria y condicionalidades que garanticen el acceso de los creadores al valor generado por el apoyo público a la cultura y las artes. Y en tercer lugar, las autoridades deben considerar la cultura como un lente a través del cual imaginar y diseñar estrategias industriales, el desarrollo urbano y la inversión social.
Una colaboración entre el Ministerio de Cultura de Brasil y el Instituto para la Innovación y el Interés Público del UCL usa el Carnaval como estudio de caso para mejorar la medición del valor público de las artes y la cultura. Esperamos que la metodología que estamos desarrollando (que pasa de la evaluación de impacto estática a la medición dinámica del valor público) influya en los modos de pensar sobre la economía de las artes y la cultura en todo el mundo. Como señaló hace décadas el gran economista brasileño especializado en desarrollo Celso Furtado, «la cultura no es un sector del desarrollo. Es la base misma del desarrollo». Los marcos económicos que ignoran esta verdad fundamental nos están fallando.
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Mariana Mazzucato, Professor in the Economics of Innovation and Public Value at University College London, is Founding Director of the UCL Institute for Innovation and Public Purpose, Co-Chair of the Global Commission on the Economics of Water, and Co-Chair of the Group of Experts to the G20 Taskforce for a Global Mobilization Against Climate Change. She was Chair of the World Health Organization’s Council on the Economics of Health For All. She is the author of The Value of Everything: Making and Taking in the Global Economy (Penguin Books, 2019), Mission Economy: A Moonshot Guide to Changing Capitalism (Penguin Books, 2022), and, most recently, The Big Con: How the Consulting Industry Weakens Our Businesses, Infantilizes Our Governments and Warps Our Economies (Penguin Press, 2023). A tenth anniversary edition of her book The Entrepreneurial State: Debunking Public vs. Private Sector Myths was published by Penguin in September.
