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Mastretta: La muerte enamorada

Tengo el cuerpo en vilo y una tristeza enceguecida que se estrella contra mí. Así que vengo a contárselos para ver si escribiendo me aclaro este desfalco. Durante estos 8 meses he tenido muchos encuentros en Zoom, he estado en tres ferias del libro y con varios clubes de lectura. He viajado por el cristal a España, Italia y Argentina. En todos estuve a tiempo y en forma. ¿Cómo fue entonces que me confundí con el encuentro de hoy? Si no tenía nada qué hacer más que esperar a que dieran las siete de la noche para encontrarme con el profesor Rodrigo Esparza Pargo, organizador del evento, buen y prudente maestro que me pidió hace tantos meses una conversación, con alumnos y maestros del @TecdeMonterrey, que hasta la habíamos imaginado presencial. El le dio seguimiento al asunto como nadie. Nos escribimos cada quince días, yo le pedí que, como faltaba mucho tiempo para la fecha, él me tuviera con marcaje personal y me la fuera recordando. Eso estuvo haciendo. Lo hizo incluso antier y yo le respondí que no se preocupara. Lo tenía más que presente.

De lo que hablamos poco fue de la hora y yo la convertí en las ocho de la noche. Es más, mi hija me encargó una luz de “influencer” porque mi estudio que tanta luz tiene de día, no brilla en las noches más que para leer. ¡Qué horror! Me van a decir que si soy idiota. Y voy tener que responderles: sí. Estoy como para preocuparme. ¿Acabará teniendo razón mi amiga Adriana, cuando dice que me voy a volver loca si sigo sin salir a la calle?

No sé. La mañana de hoy la dediqué a distraer el tiempo. No faltó con qué. Mi tocaya puso un dinero en el banco hace cinco años y el banco ha dado el uno por ciento anual. Criticamos a los bancos, al sistema que los protege, le conté que mi certeza es que mínimo deberían devolver la inflación dado que si alguien quiere un préstamo el interés nunca es menor al diez por ciento. Mi opiniones cayeron en sus oídos y las de ella en los míos como si no tuviéramos otra cosas qué hacer. Luego pasó por aquí Doña Sofi, con su cubre bocas, a dejarme un helecho. Yo la recibí con mi careta, mi cubre boca y mi calma chicha. Ella me contó que a su hijo se le había inundado su casa en  Tabasco. Lamentamos como pocos la pérdida del refrigerador que él se acababa de comprar hace un mes. Compartimos el llanto y tantísimo de todo lo demás. Luego se fue con la promesa de mandarme un video del muchacho saliendo en cayuco con lo poco que pude recoger para irse a un refugio. Lo veré como por primera vez, aún cuando en los últimos días hayamos visto tantas hileras de pequeños barcos bogando tristes en las aguas de Carlos Pellicer.

Y más. La mala inversionista que sostiene mi casa andando se va a ir a descansar y yo voy a hacerme cargo por completo de esta vivienda para evitar que también se hunda. Nos distrajimos con los detalles. Dio la una. Yo vi el aire resplandeciente y caminé hacia el estudio de un escritor que bien conozco. Dirimimos la gracia y las desgracias de la patria durante  hora y media.

Luego cada uno volvió a su trabajo y yo por fin decidí revisar mi correo electrónico. Entonces, arriba de todos los mensajes había uno diciendo que ojalá y me encontrara bien y que los había preocupado mucho mi ausencia y lamentaban.. ¿qué? Me cayó encima una culpa como de diez abismos. La conferencia estuvo desde el principio acordada para la una y se iba a trasmitir a todos los planteles del instituto. Dejé quién sabe a cuántas personas esperando. Yo ¿de dónde saqué que sería en la noche? Unos minutos estuve quieta y en silencio. Luego di un grito. ¿De dónde me lo saqué? Avergonzada con quien me invitó no tenía ni cómo disculparme de viva voz,  escribí un correo mandándole mi número de celular porque, como él es una persona educada en las épocas del buena educación, no me había pedido mi teléfono, ni yo tenía el suyo. Cuando me llamó estaba yo de tal modo afligida que no dejaba de hablar, no me detenía ni a tomar aire entre una frase y otra. Me dije estúpida una treinta mil veces. Tenía pena con él y pena conmigo. También pena por mí. Olvidar es un privilegio, pero no así. Los olvidos son avisos de la vejez, son las arrugas del cerebro. Y qué vieja me sentí, que tan cercana de la muerte enamorada. Ya sé, van a decirme que a todo el mundo se le olvidan cosas. Y abu, dijeron mis nietos que aparecieron cuando la certidumbre de mi torpeza estaba por todo lo alto: el planeta Tierra se puso a dar vueltas hasta que se hicieron los continentes. Son seis.
Seis, me dije. Ojalá y no me pregunten en cuál queda mi casa, porque para mí el planeta Tierra sigue dando vueltas.

Et punto, amigos, et punto.

 

 

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