Mauricio Rojas: Adam Smith, liberal y humanista
Adam Smith representaba exactamente lo contrario de la caricatura que muchos liberales —y también los adversarios del liberalismo— han hecho de sus ideas. No defendía en absoluto una versión dieciochesca del neoliberalismo y nada tenía que ver con ese tipo de liberales panglossianos que tanto han perjudicado, y siguen perjudicando, la causa del liberalismo.

Este mes de marzo se cumplen 250 años de la publicación de una de las obras más célebres e influyentes de todos los tiempos: La riqueza de las naciones o An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations como reza su título completo en inglés.
Su autor fue un recatado escocés llamado Adam Smith que había nacido en Kirkcaldy, una pequeña pero dinámica ciudad portuaria en la costa sureste de Escocia. Nadie conoce la fecha exacta de ello. Lo que sí se sabe es que Adam fue bautizado en la Old Kirk de la ciudad el 16 de junio de 1723 (el 5 de junio según el entonces vigente calendario juliano). Y fue a Kirkcaldy adonde regresó en 1766 para dedicarse a redactar La riqueza de las naciones, publicada en marzo de 1776 y convertida de inmediato en un éxito de ventas.
Contaba con una generosa pensión tras sus años como mentor de un joven duque de Buccleuch. Anteriormente había sido profesor de lógica y filosofía moral en la Universidad de Glasgow y en 1759 había publicado la obra que lo dio a conocer en Gran Bretaña, La teoría de los sentimientos morales. Murió en Edimburgo en 1790, “de un modo tan discreto como había vivido”, como ha señalado Carl Rudbeck, uno de sus muchos atentos lectores. Ello ocurrió apenas seis años después de la muerte de su único amor conocido, su madre Margaret Douglas. El apóstol del libre comercio había llegado, entre otras cosas, a ser Comisario de Aduanas de Escocia, miembro de la prestigiosa Royal Society de Londres y rector de la Universidad de Glasgow.
Que las ideas de Smith desempeñaron un papel considerable en el desarrollo posterior es indiscutible, especialmente en el movimiento reformista en favor de la economía de mercado y el libre comercio que marcó profundamente a Europa a mediados del siglo XIX. El liberalismo económico avanzó en país tras país, pero la victoria de las doctrinas de Smith se logró a un alto precio: sus ideas fueron reducidas cada vez más a una alabanza acrítica del mercado del tipo que hoy asociamos con el neoliberalismo. De este modo, el filósofo moral Adam Smith fue transformado en el economista Adam Smith. Del humanista que quiso explicar los principios multifacéticos que rigen la acción humana y las diversas dimensiones de la vida social quedó un predicador unidimensional de las virtudes del libre mercado, que redujo al ser humano a un Homo economicus egoísta y estrictamente calculador.
Lo que entonces se perdió no fue solo un legado intelectual extraordinariamente rico, sino también una capacidad nada común de elogiar y, al mismo tiempo, mantener una actitud crítica frente a los grandes avances que la economía de mercado indudablemente trae consigo. Eso sería muy necesario hoy para volver a darle vida al liberalismo humanista frente a aquellas versiones brutalistas y reduccionistas que tanto abundan en nuestros días.
Según Smith, la división del trabajo es la fuerza decisiva detrás del aumento del bienestar material. Esta conduce a una producción cada vez más especializada y eficiente, limitada únicamente por la extensión del mercado. Por ello, la ampliación del mercado, tanto nacional como internacional, es la mejor manera de incrementar la prosperidad de los países. Eso es lo que dicen los tres primeros capítulos del primer libro de La riqueza de las naciones, y eso es lo que la mayoría sabe de Smith, además de la existencia de una mano invisible que, de algún modo misterioso, ordenaría todo para obtener el mejor resultado posible.
Lo que no tantos conocen es que la misma fuerza que impulsa el aumento de la riqueza material provoca también, según Smith, un alarmante empobrecimiento de las capacidades humanas de la mayoría trabajadora y es, además, la causa de una gran desigualdad que no guarda relación alguna con las desigualdades naturales que existen entre las personas. Es decir, la división del trabajo es una espada de doble filo, y el progreso material tiene un coste que podría llevar a la ruina de las naciones industrialmente más avanzadas, ya que la mayoría de su población estaría tan embrutecida —“tan estúpida e ignorante como pueda llegar a ser una criatura humana”, escribe Smith en el libro quinto de La riqueza de las naciones— que ni siquiera serviría como soldados para la defensa del país.
Smith sostenía que esto ocurriría inevitablemente si este desarrollo no era frenado mediante intervenciones políticas: “a menos que el gobierno se tome algún trabajo para impedirlo”. Es decir, el Estado (al que Smith denomina alternativamente “the sovereign”, “the commonwealth” y “the public”) debía intervenir para corregir las consecuencias negativas del orden espontáneo del mercado. Así se expresaba tajantemente este hombre al que muchos han considerado un enemigo irreconciliable del Estado y el principal apologista del laissez-faire.
Su solución “para impedir una casi total corrupción y degeneración de la gran mayoría de la población” consistía en una educación básica obligatoria y en gran medida financiada públicamente, en la que todos pudieran aprender a leer, escribir y contar: “con un coste muy pequeño, el Estado puede facilitar y fomentar la adquisición de estos conocimientos e incluso imponer a casi toda la población la obligación de adquirir las partes más esenciales de la educación”.
Smith llega incluso a recomendar la introducción de exámenes o pruebas para garantizar que estos conocimientos se hubieran adquirido antes de poder ejercer determinadas profesiones o iniciar un negocio propio.
Se trataba de medidas revolucionarias en una época en la que el analfabetismo era la norma, y aún pasarían casi cien años antes de que Escocia contara con una educación básica de este tipo, y aún más en el caso de Inglaterra y Gales. Eran también intervenciones políticas que durante mucho tiempo fueron consideradas casi blasfemas por la mayoría de los liberales de la época.
Estas medidas eran importantes para Smith no solo por compasión o por razones prácticas. Toda su idea de lo que era una buena sociedad descansaba en la existencia de ciudadanos virtuosos y educados, muy distintos de los trabajadores embrutecidos que, según él, eran producidos en masa por el avance de la división del trabajo.
El argumento se basa en las ideas sobre el ciudadano virtuoso, el vir virtutis del Renacimiento, que Smith había desarrollado en La teoría de los sentimientos morales y sobre lo que nuestro Leonidas Montes ha escrito magistralmente. Esto constituye el núcleo de su concepción de la buena sociedad, que en absoluto es una sociedad de mercado individualista. En este sentido, el futuro líder laborista y primer ministro británico Gordon Brown, también hijo de Kirkcaldy, tenía razón cuando señaló en 2006 que “Adam Smith siempre creyó que el centro de la ciudad era mucho más que un mercado”.
El ideal de Smith era una sociedad impregnada de las virtudes del humanismo, en la que ciudadanos considerados, decentes y sensatos combinaban el amor propio (“self-love”) con el altruismo, el interés por su propio bienestar con lo que Smith denominaba “simpatía”, es decir, el interés desinteresado por la felicidad de los demás, “aunque lo único que se obtenga de esa felicidad sea el placer de contemplarla”, como se afirma en el párrafo inicial de La teoría de los sentimientos morales. Se trataba, sobre todo, de individuos responsables y capaces de autocontrol, ese self-command que Adam Smith, profundamente influido por los estoicos, valoraba tanto y que, como todo lo indica, practicó durante toda su vida.
Para sostener una sociedad así y formar a ciudadanos de este tipo, el Estado debía intervenir y los impuestos debían pagarse, y los más acomodados, naturalmente, debían contribuir más que los demás mediante una forma de tributación progresiva. Como puede leerse en La riqueza de las naciones a propósito de los impuestos sobre la propiedad: “No es tan falto de razón que los ricos contribuyan a los gastos públicos no solo en proporción a sus ingresos, sino algo más que en esa proporción”. Un razonamiento similar sustentaba la aceptación de Smith de impuestos que gravaran más el consumo de lujo, dado que “los artículos de lujo y las vanidades constituyen los principales gastos de los acomodados”.
En resumen, Adam Smith representaba exactamente lo contrario de la caricatura que muchos liberales —y también los adversarios del liberalismo— han hecho de sus ideas. No defendía en absoluto una versión dieciochesca del neoliberalismo y nada tenía que ver con ese tipo de liberales panglossianos que tanto han perjudicado, y siguen perjudicando, la causa del liberalismo. Smith fue, en cambio, un humanista profundamente compasivo, una suerte de social liberal adelantado a su tiempo, con una aguda capacidad para iluminar las sombras del progreso de su época —y del progreso en general— y una igualmente aguda conciencia de la necesidad de una mano visible que afrontara los problemas que la mano invisible generaba.