CulturaGente y SociedadOtros temas

Murillo: Encendí un recuerdo

Los días de enero en esta ciudad huelen a naufragio que no acaba pero desde el que se vislumbra hace tiempo la orilla, y huelen también a anhelo de humedad, a sol que ama los caminos de los mayas como dice el poeta Adonis. A alcantarilla chilanga, a algún pino de navidad tirado en el parque como si estuviera crudo o borracho, a tabaco.

Tenía nueve años cuando descubrí que el maestro Sergio salía del salón cada tanto para fumar. Era un buen tipo, oscurísimos bigotes de brocha gruesa, piel blanca y esas manchas rojas que le salían en el cuello cuando le ganaba el entusiasmo explicando algo. Una paleta de colores para no olvidarse.

Sergio tenía una peculiaridad de la que, según me dijo, solo yo me atreví a preguntar la razón. Movía los dedos de las manos al hablar trazando imaginariamente las palabras que decía. Su recuerdo me llega nítido, el dedo índice de la mano derecha al principio, luego el meñique, el anular, al final los diez dedos, como un pianista falso dando un concierto de humo. Ahora sé que era su personalísimo método para evitar el siguiente cigarro.

Hace dos tardes salí a caminar para despejar esta cabeza que a menudo quisiera arrancarme y colocarla frente a mí para ver si por una vez podemos tener una conversación como la gente. Esta cabeza que a veces es única compañera en eternas jornadas, en fin, ella y yo recién tomamos una decisión importante y, me ocurre poco, pero sentí la necesidad de salir a fumar y caminar un rato. Cruzaba el camellón salpicado con dos o tres jacarandas prematuras cuando vi delante de mí a un hombre que hacía con los dedos exactamente lo mismo que Sergio, ese profe al que todos respetábamos.

Hay imágenes que sacuden los basamentos de lo que fuimos, de lo que somos.

Me detuve a contemplar al hombre que caminaba despacio y movía los dedos como hacía aquel maestro, uno de los pocos que sostenía conmigo conversaciones dando su verdadero peso a las palabras, sin reparar en mis nueve años. Tenía un sombrero panamá que usaba en verano y me fascinaba, una vez me dejó usarlo, todavía veo mi rostro anguloso y pequeño bajo ese tocado que me hacía parecer una tachuela de ojos asombrados.

Lo supe, lo intuí, lo pude zurcir con los años, no olvidé nunca a Sergio porque mi cabeza, esa que no se sienta a tener conmigo una conversación en forma, encontraba calma con un interlocutor que me tomaba en serio. Cuando eres una niña como la que fui yo, te cambia la vida que alguien te muestre un poco de respeto.

Me hice mayor, y tanto, que el horizonte se ha estrechado a un enero de 2022 que a ratos parece ser el mismo enero de 2020 mientras camino esta calle adoquinada.

Así mayor, descubrí aquella canción: “Quedamos de acuerdo, lo dejé tomando, yo encendí un recuerdo y me lo fui fumando”.

El hombre avanzó lento pero constante, cruzó la avenida. Yo regresé a habitar esta, la mía no cabeza. Terminé el cigarro y pensé que quería otro pero me dije que no. ¿Cómo sería fumar un cigarro liado de palabras escritas con las yemas de los dedos?

De modo que mi segundo cigarro fue sólo un recuerdo, como aquel de la canción de Jacinto Cenobio que me conmueve porque soy hija, como tantos, de campesinos que migraron de sus tierras y sus paisajes verdes con manchas de garzas a esta ciudad naufragio, bellísima y reseca, rota y mutilada pero que provoca una sensación de completud como ninguna. Ciudad amada por el sol, ese quinto sol bajo el que seguimos esperando a que enero cambie de página y las calles sean un tapiz de jacarandas, y los camellones proclamen a Pellicer convertidos en un azul que se cae de morado.

 

 

Botón volver arriba